El amor + la verdad, siempre triunfa

3er Domingo de Trinidad

Éste es el mensaje que hemos oído de él, y que les anunciamos a ustedes: Dios es luz, y en él no hay tiniebla alguna.  Si decimos que tenemos comunión con él, y vivimos en tinieblas, estamos mintiendo y no practicamos la verdad.  Pero si vivimos en la luz, así como él está en la luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesús, su Hijo, nos limpia de todo pecado.  Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros.  Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad.  Si decimos que no hemos pecado, lo hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros.

Hijitos míos, les escribo estas cosas para que no pequen. Si alguno ha pecado, tenemos un abogado ante el Padre, a Jesucristo el justo. Y él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo.  Con esto podemos saber que lo conocemos: si obedecemos sus mandamientos.  El que dice: «Yo lo conozco», y no obedece sus mandamientos, es un mentiroso, y no hay verdad en él.  El amor de Dios se ha perfeccionado verdaderamente en el que obedece su palabra, y por esto sabemos que estamos en él.  El que dice que permanece en él, debe andar como él anduvo.

 

1 Juan 1:5-2:6 (RVC)

Cualquiera que haga trabajos ocasionales de pintura sabrá que: Una superficie recién pintada puede verse bien a la luz de una lámpara, pero a plena luz del día descubrimos que la pintura todavía no había tapado todo. El sol saca todo a la luz. La iluminación artificial es solo un débil sustituto de la gran luz que Dios ha creado. Es por eso que la luz del sol también es excelente como parábola acerca del ser de Dios. El apóstol Juan escribe: “Dios es luz y en él no hay ninguna oscuridad”. Dios es la mega-luz absoluta; nada puede superar su brillo.

¿Qué significa eso? Hagamos algunas matemáticas y formulemos una ecuación. No se preocupen, es una ecuación muy simple, y tampoco necesitamos números para eso. La ecuación es: la luz es igual a la verdad más el amor. Si Dios es la mega-luz absoluta, entonces eso significa: Que Él es absolutamente verdadero y absolutamente amoroso. Así como la brillante luz del sol expone la más mínima inexactitud de una obra imperfecta de pintura, no hay la más mínima deshonestidad con Dios. Y así como la luz del sol calienta nuestros cuerpos y almas como ninguna otra cosa, así somos amados por Dios. La luz es igual a la verdad más el amor: esta ecuación se hizo hombre en Jesucristo. Él dijo de sí mismo: “Yo soy la luz del mundo” (Juan 8:12). Y de él se dice en Juan: “Éste es el mensaje que hemos oído de él, y que les anunciamos a ustedes: Dios es luz…” Dios nos ha revelado a través de su Hijo unigénito la absoluta mega verdad de su evangelio, y a través de él nos demostró ese mega-amor absoluto. De esta manera, él nos reconcilió con nuestro Padre Celestial. La verdad y el amor siempre crean comunión, mientras que la mentira y el odio destruyen la comunidad tarde o temprano. Es por eso que confesamos que a través de Jesús tenemos comunión con Dios, y para siempre, incluso más allá de la muerte.

De esta confesión se desprende lo que el apóstol Juan describe: ” Si decimos que tenemos comunión con él, y vivimos en tinieblas, estamos mintiendo y no practicamos la verdad”. En otras palabras, cuando reconocemos por medio de Jesús qué bueno y qué edificante es para la comunidad tener la luz de la verdad y el amor, entonces sería totalmente una mentira si nos negáramos vivir sin la verdad y sin el amor. En la Biblia en alemán de la versión de Lutero se dice “caminar en la oscuridad”, por el cual “caminar” simplemente denota nuestro comportamiento. A la inversa es: “Pero si vivimos en la luz, así como él está en la luz, tenemos comunión unos con otros” Entonces, si nos comportamos según Dios y el ejemplo de Cristo como “la luz del mundo”, es decir, vivir en la verdad y el amor, entonces comprobaremos cuánto se beneficia nuestra relación humana.

Esto también y especialmente se aplica a nuestro comportamiento diario, a los contactos corrientes con otras personas. Veamos un ejemplo. Un cristiano llamado Juan tiene un vecino llamado Pedro. Pedro está desempleado y vive gracias a un plan de seguridad estatal básica. Es decir, en realidad tiene otro ingreso. Cuando Juan se encuentra con él por casualidad y dice: “Bueno, no nos hemos visto durante mucho tiempo”, Pedro responde: “Sí, ando bastante bien. Se ha corrido la voz de que estoy empapelando por poco dinero, y desde entonces apenas puedo cubrir con los pedidos de trabajo”. Así que Pedro trabaja en negro. Por un lado, recibe la seguridad básica del estado para los indigentes y, por otro lado, tiene un ingreso adicional considerable, sin pagar un solo centavo de impuestos. Pedro le explica a Juan: Con el dinero del estado, nadie vive; y en casa, no alcanzaría para cubrir a todos, de todos modos.

Juan busca la verdad. Él sabe: lo que hace Pedro es hacer trampa. A Jesús no le gustaría porque dijo claramente: “Pues bien, den al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios.» (Mateo 22:21); y el apóstol Pablo enseñó: “Paguen a todos lo que deban pagar, ya sea que deban pagar tributo, impuesto, respeto u honra” (Romanos 13: 7). Es por eso que Juan le dice a Pedro: ¡Deberías avergonzarte de engañar al público en general y mentirle a los ciudadanos honestos! Luego se va, distanciándose de él. Él piensa para sí mismo: ¿Por qué la gente se comporta mal? La relación entre los dos ahora está dañada. El domingo siguiente, Juan le cuenta a un compañero cristiano después del culto sobre este prójimo fraudulento. Sin lugar a dudas, Juan les contó la verdad a todos; él está en contra de la mentira. ¿Pero se mantiene así en la luz? ¿Ha actuado según el ejemplo de Cristo? Cristo también tuvo que verse con estafadores, por ejemplo, con el oficial de aduanas Zaqueo. Él no se apartó de él indignado, ni lo despreció en su corazón. Por el contrario, lo amó y, por lo tanto, quiso ser su invitado. Juan obviamente carece de tal amor. El resultado no fue “el vivir en la luz” sino mala fe. Podemos poner esto en la siguiente ecuación: Verdad menos amor es igual a mala fe. Es cierto: la verdad más el amor es igual a la luz, pero la verdad sola sin amor no es ni la mitad de la luz, sino oscuridad.

Le damos a Juan una segunda oportunidad y a nuestra historia de ejemplo una conclusión diferente. Juan ahora quiere ser amoroso. Él no quiere lastimar a Pedro. Cuando Pedro le cuenta acerca de su trabajo no declarado Juan lo justifica, asiente y dice monosilábicamente: ‘Y sí, así son las cosas’. Amistosos, se despiden, y Juan piensa en su casa: No me importa lo que haga; ese es su problema, él tendrá que responder por eso. Pero cuando el próximo domingo un colega cristiano regaña indignado a los “parásitos” del estado y que encima trabajan en negro, y viven del dinero del estado entonces el ‘cristiano amoroso’ también lo avala: ‘Y, sí, así son las cosas’. Quiere evitar cualquier disputa con miras a una buena convivencia. Pero, ¿camina en la luz así? ¿Se ha conducido él mismo según el ejemplo de Cristo? Jesús se encontraba con los pecadores, pero eso no quiere decir que les dijo que sí a todo y aprobaba sus actividades pecaminosas. Por el contrario, Jesús llamó claramente al pecado por su nombre. Llamó a los pecadores a arrepentirse y, en el caso de Zaqueo, tuvo éxito. Después de la visita de Jesús, Zaqueo devolvió todo el dinero adquirido fraudulentamente. Es decir reconoció el pecado. Llamar al pecado por su nombre y pedir arrepentimiento es una parte integral de la verdad del Evangelio. Tal valiente veracidad ha estado ausente en la segunda versión de la historia de Juan. El resultado entonces no fue “vivir en la luz”, sino hipocresía. Podemos resumir esto en la siguiente ecuación: amor menos verdad igual a hipocresía. Es cierto que el amor y la verdad equivalen a la luz, pero el amor sólo sin verdad ni siquiera es la mitad de la luz, ni siquiera es amor verdadero, sino oscuridad.

¿Cómo se supone que debería comportarse el pobre cristiano? Debería tratar de reconciliar la verdad con el amor de alguna manera. Tal vez podría decir de forma amable a Pedro que él ve las cosas de manera diferente, y luego mostrarle a Pedro si le gustaría saber más sobre el tema. O podría hablar de su confianza en que Dios lo ayudará incluso en tiempos de problemas. Depende de qué tipo de persona sea Juan, qué clase de persona es Pedro y cómo es su relación. Es importante que Juan no desprecie a Pedro, no importa lo que Pedro haya hecho y lo que todavía haga. Porque ese es el principio básico de la luz de Dios, de la verdad y del amor de Dios: nunca despreciar al hombre mismo, sin embargo, no llamar a su pecado tampoco algo bueno. Dios diferencia entre la persona y su comportamiento. Todo cristiano debe aprender eso y esforzarse por ser verdadero y amoroso sobre esa base. Porque solo la verdad y el amor juntos corresponden a la luz del Padre celestial y de su Hijo unigénito: la verdad más el amor es igual a la luz. Por supuesto, es difícil hacer eso en la vida cotidiana, y siempre cometemos errores. Pero la verdad del Evangelio de Dios y la gracia de Dios unida al amor siempre triunfa. Iluminados por esta luz, siempre podemos aprender a vivir mejor en la luz. Es por eso que al final de nuestro texto del sermón lo que se nos dice es muy reconfortante: “la sangre de Jesús, su Hijo, nos limpia de todo pecado”. Amén.

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