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Sanado en todo sentido

“Un hombre que tenía lepra se le acercó, y de rodillas le suplicó:
—Si quieres, puedes limpiarme.
Movido a compasión, Jesús extendió la mano y tocó al hombre, diciéndole:

—Sí quiero. ¡Queda limpio!
Al instante se le quitó la lepra y quedó sano. Jesús lo despidió en seguida con una fuerte advertencia:
—Mira, no se lo digas a nadie; sólo ve, preséntate al sacerdote y lleva por tu purificación lo que ordenó Moisés, para que sirva de testimonio.
Pero él salió y comenzó a hablar sin reserva, divulgando lo sucedido. Como resultado, Jesús ya no podía entrar en ningún pueblo abiertamente, sino que se quedaba afuera, en lugares solitarios. Aun así, gente de todas partes seguía acudiendo a él”.

 

Marcos 1:40-45

Cuando las personas se acercan a Jesús, muchas, muchas veces lo hacen por sus propias debilidades y enfermedades, no obstante allí comienza una nueva relación entre Dios y el ser humano. Cuando le entregamos a Jesús nuestro pecado por medio del arrepentimiento él nos renueva esa relación. Y la falta de fe y confianza en Dios también es un pecado. Tengo un versículo de cabecera sobre el cual medito mucho que dice: Sólo con fe se puede agradar a Dios (Heb 11:6). Si no tenemos fe, no estamos poniendo contento a Dios.
Queremos hoy salir renovados, para eso debemos llegar a Dios y dejarle nuestros pecados y el pecado de la falta de confianza, para que él nos perdone, y remueva esa carga. Sólo así podremos luego seguirlo y vivir en esa vida abundante de la cual habla también el evangelio.
Jesús quiere transformarnos a partir de nuestra fe. Pueden suceder incluso milagros de sanidad en nuestra vida. Pero el milagro más importante, es que podamos arrepentirnos de nuestros pecados, creer en Jesucristo como nuestro Señor y Salvador y comenzar a seguirlo a él.

Qué bueno puede ser vivir una vida junto al amparo y la bendición de Dios. No una vida excluida de la bendición de Dios, tan excluida como la vida que llevaba aquel leproso. Este leproso comienza, podemos decirlo así, a vivir otra vez. Sabemos que los leprosos, no sólo eran enfermos, sino que estaban excluidos de la sociedad y aparte de considerarlos enfermos, el aislamiento no era sólo para protegerse de los contagios, sino porque se pensaba que estaban enfermos porque habían pecado; estaban impuros en cuerpo y espíritu. Jesús viene a liberarlo; para ello lo primero que hace es sanarlo, liberarlo de esa exclusión.
Sólo al sentir que Dios nos acepta, nos perdona, nos limpia, nos sana, nos hace puros, no necesariamente en cuerpo, sino sobre todo en espíritu, podremos aceptar a los demás, amar a los demás y tener la capacidad para no excluir a nuestro prójimo.
Algo acerca de la curación por fe:
Hace tiempo tuve la oportunidad de escuchar una reflexión sobre la sanidad en la iglesia. El predicador, tenía una perspectiva acerca del poder sanador de la fe un tanto deprimente. Lamentablemente, no sabemos por qué, no tenía confianza en absoluto. Tenía más fe en el destino infortunado de la enfermedad que, en la posibilidad de milagros en la iglesia. Su predicación deprimió a todos. Y allí me puse a pensar: Es cierto, no podemos manejar a Dios ni a su voluntad. Casi seguro habrá casos donde sea hasta ‘quizás’ voluntad de Dios la no curación de una persona.
Pero hubo algo que no me dejaba tranquilo: ¿Qué es mejor, predicar sobre la desesperanza y el destino desventurado o debemos darle más lugar al poder de Dios en la iglesia? El poder milagroso de Dios comienza a actuar en las iglesias donde la fe es verbalizada, pronunciada, puesta en la boca, cultivada y vivida por cada uno de los creyentes y en especial por los que tienen la responsabilidad de predicar. El poder de Dios se invoca por medio de la fe, no la desesperanza. El poder de Dios se lo percibe en la iglesia cuando se da lugar a la oración por los enfermos en la iglesia (Sgo 5:14s), cuando se comparten testimonios públicos de fe, cuando hay perdón y reconciliación entre los miembros, etc.
Muchas veces me pregunto a qué le estamos dando más lugar en nuestras comunidades y si de veras nos comprometemos con la manera de vivir de los primeros cristianos de la iglesia.

Ya bien conocemos lo que no podemos hacer, conocemos nuestras limitaciones, pero no por ello vamos a cercenar más nuestra fe. Debemos tener la valentía de cambiar nuestra vida y nuestra congregación haciendo y “diciendo” las cosas que Dios le pide a su iglesia.

Por la fe del leproso, Jesús se conmovió: “Si quiere puedes limpiarme”. Y el v. 41 dice así: “Movido a compasión, Jesús extendió la mano y tocó al hombre, diciéndole: —Sí quiero. ¡Queda limpio!”

Este es un versículo extraordinario por varias razones. En primer lugar: Vemos la compasión de Cristo. El siente de veras por lo que nosotros estamos pasando. Y a él de veras le importa.

Y notemos que Jesús se acercó y lo tocó al hombre. Estuvo dispuesto a hacer lo que de acuerdo a la religión era impuro para que el leproso pudiera ser purificado. Esto es un anticipo de lo que pasaría en la cruz. Cuando Jesús murió por nuestros pecados, el llevó consigo toda nuestra impureza. De forma que, podamos ser limpiados por su sangre.

Otra cosa que vemos es que, Jesús no necesitaba tocar al hombre para sanarlo, Podría haberlo sanado a distancia. Pero Jesús extiende su mano y toca a este hombre como una expresión palpable de su compasión. Recordemos: este hombre no había sido tocado por muchos años. Porque sí tocabas a un leproso, eras separado de tu familia. Y eras considerado impuro por la religión por una semana.
Pero Jesús no iba a dejar que la ley religiosa le impida mostrarle a este hombre la abundancia de su amor. Con cuatro simple palabras y un toque de su mano, Jesús salvó a este hombre en la mejor forma que un hombre puede ser salvado. Lo sanó desde el punto de vista físico, espiritual y emocional.

Estimados hermanos en Cristo, este pasaje no tiene la intención de enseñarnos que siempre la voluntad de Dios sanar toda enfermedad. La intención es enseñarnos que, Jesús está dispuesto a hacer lo que sea para limpiarnos delante del Dios todopoderoso. La palabra de Señor para nosotros es que: “Estoy dispuesto a engalanar tu vida una vez más. Soy capaz de salvarte en la mejor forma que una persona pueda ser salvada. Estoy dispuesto a hacer actos de justicia tremendos en tu vida”

Eso es lo que Jesús hace por nosotros. Y noten en el versículo 42 que se nos dice que: “Al instante se le quitó la lepra y quedó sano”. Cuando Cristo toca nuestras vidas, hay efectos inmediatos. Nuestros pecados son limpiados y lavados. Somos adoptados en la familia de Dios. El Espíritu Santo viene sobre nosotros. Todas estas cosas son el resultado instantáneo de la intervención de Cristo en nuestras vidas.

Luego en el versículo 43, Jesús le dice al hombre: “Lo despidió en seguida con una fuerte advertencia: —Mira, no se lo digas a nadie; sólo ve, preséntate al sacerdote y lleva por tu purificación lo que ordenó Moisés, para que sirva de testimonio”. En otras palabras, cuando el sacerdote vea por qué estás allí, se va a dar bien cuenta que, tú eres un hombre cumplidor de la ley judía. Pero también se va a dar cuenta que, Dios ha hecho algo espectacular en tu vida. No vas a necesitar contarle al sacerdote sobre esto, porque él lo va a ver con sus propios ojos.
Pero hay otras razones por las cuales Jesús le dijo a él que cerrara la boca. Número Uno: Jesús no estaba interesado en llegar a convertirse en un curandero famoso. Hay predicadores que disfrutan su fama asociada con sus ministerios. Pero a Jesús no le gustaba esto.
Número dos: Jesús no quiere impresionar a la gente para que crea. El sabe que la fe verdadera tiene lugar, cuando la gente está convencida de su enseñanza. No sólo por el espectáculo de ver a alguien ser sanado. Romanos 10:17 dice “Así que la fe viene como resultado de oír el mensaje, y el mensaje que se oye es la palabra de Cristo”.

Se suponía que el leproso se quedaría callado. Pero estaba tan contento por lo que había sucedido con él que no pudo mantener su boca cerrada. Vemos en el versículo 45 que, el salió y comenzó a hablar libremente.

Cuando somos transformados por la intervención directa y salvadora de Jesucristo, no es fácil mantenerlo oculto. Todos quieren contar que se sienten como nuevas personas.

Dios estaba dispuesto a hacer algunas cosas maravillosas en la vida de aquel leproso judío. Y debemos saber que con nosotros también Dios está dispuesto a hacer cosas grandes en nuestras vidas y en nuestra iglesia. Todo lo que tenemos que hacer es acercarnos humildes a Cristo como aquel leproso lo hizo. Y decir: “Señor, si tu quieres, puedes purificarme. Puedes hermosear mi vida. Puedes hacer que valga la pena vivir mi vida. Puedes hacer cosas maravillosas a través de mi”. Sigamos el ejemplo del leproso. Y vayamos a Jesús en oración hoy mismo.

 

La familia espiritual


“En eso llegaron la madre y los hermanos de Jesús. Se quedaron afuera y enviaron a alguien a llamarlo, pues había mucha gente sentada alrededor de él.
—Mira, tu madre y tus hermanos están afuera y te buscan —le dijeron.
—¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? —replicó Jesús.
Luego echó una mirada a los que estaban sentados alrededor de él y añadió:

—Aquí tienen a mi madre y a mis hermanos. Cualquiera que hace la voluntad de Dios es mi hermano, mi hermana y mi madre”.

 

Marcos 3:31-35

No creo que, Jesús haya querido darle la espalda a su familia. El amaba a sus hermanos carnales tanto como a todas las personas y también honraba a su madre. Seguramente que después de haberse expresado así, acerca del parentesco en el reino de los cielos ante la multitud de oyentes, se dirigió a la entrada de la casa, donde se encontraban su madre y sus hermanos que querían hablarle. Pero de esto nada ha informado el evangelista Marcos, pues no era de interés comunitario. Hasta nuestros días, son por el contrario son de gran significado las palabras dichas por Jesús: “Cualquiera que hace la voluntad de Dios es mi hermano, mi hermana y mi madre”

¿Y qué significa „hacer la voluntad de Dios“? En otra ocasión Jesús predicó: “—Esta es la obra de Dios: que crean en aquel a quien él envió” (Jn 6:29). Hacer la voluntad de Dios significa, creer en Jesús y seguirlo. Quien haga esto, entonces es un discípulo de Jesús, en otras palabras: un cristiano. Simón Pedro pertenecía a los seguidores de Jesús, así como Juan y Santiago, también María y Marta. Usted y yo, tú y yo, pertenecemos también junto con todos los cristianos a aquellos que creen y siguen a Jesús. Y de esta forma, Jesús es nuestro hermano y por eso somos también entre nosotros hermanos y hermanas. Todos los cristianos forman junto a Jesús una gran familia. Esta familia se llama “cristiandad” e “Iglesia” y “comunidad de Jesucristo” o como lo afirma nuestro Credo: “comunión de los santos”. Quien haga la voluntad de Dios, quien crea en Jesús y le siga, ese es su hermano y su hermana y pertenecen a la familia de Dios. Cuando tomamos esto en serio, entonces se pueden deducir un montón de cosas para nuestra comunión cristiana en la congregación cristiana. Quisiera mencionar algunas.

Uno pertenece a una familia sin condiciones, sin tener que hacer nada, pues ha nacido dentro de esa familia. De la misma forma sucede con la congregación cristiana: nacimos en ella, a través del nuevo nacimiento, por medio del bautismo y la instrucción cristiana correspondiente y perseverante que, nos permitió conocer el real significado de nuestro bautismo. Hay que agradecer sólo a la Gracia de Dios que, podamos pertenecer a esta familia y de esa forma ser aceptados en el Reino de Dios. Para hacer posible este regalo, nuestro hermano Jesucristo se sacrificó llegando a morir. Qué bueno es que, no hayamos tenido que pelear o trabajar por un lugar en el cielo y que aquí en la tierra no se trata de un demostrar buenas obras o producirlas para la salvación; ¡de la misma forma que sucede en una verdadera familia! También nos damos cuenta que la fe cristiana no es para nada una cosa privada que, cada uno practica sólo con Dios en la intimidad de su corazón. Ser cristianos y tener fe son por el contrario un asunto comunitario, siempre relacionados con una congregación visible y con la iglesia universal. Cuando Jesús designa a alguien como su hermano, éste no debe negar a los otros como hermanos y hermanas y no debe tampoco retirarse de la comunión con ellos.

En una buena familia, cada uno está a disposición del otro. La madre cuida del bebé, el padre se ocupa de trabajos en la casa, los hijos mayores se encargan de la limpieza; los hijos adultos se ocupan de los padres ancianos y débiles. También sucede lo mismo en una congregación cristiana: Cada uno está a disposición del otro, cada uno se ocupa de los otros. Quien puede ayudar, mira y se informa de dónde se le puede necesitar. Quien necesita ayuda, lo expresa sin vergüenza, pues en una familia se puede confortar a todos los que pidan ayuda. Yo también quiero estar como su hermano en la fe allí con ustedes y dar mi tiempo y mis dones, en cualquier situación donde se me necesite. Y yo lo digo aquí: No sean tímidos en llamarme, cuando necesiten un consejo o ayuda pastoral.

Hacia afuera la familia se muestra como una unidad; esto se muestra especialmente por medio de un apellido en común y una única dirección. Aunque los miembros de la familia son diferentes entre sí: cada uno tiene una personalidad única. Es por eso sorprendente que, haya hermanos de temperamento y caracteres diferentes. Y es lógico que estén también las diferencias en edad y sexo. Tampoco tienen todos los miembros de la familia las mismas tareas y las mismas responsabilidades; por el contrario la familia vive y obra en una variedad multicolor. Lo mismo sucede en la congregación cristiana. Nosotros cristianos somos uno en el Señor, un cuerpo con la cabeza que es Cristo. Al pertenecer a esta unidad, en primer lugar, será bien irrelevante quiénes somos o qué somos: hombre o mujer, joven o viejo, negro o blanco, gordo o flaco, poco o muy inteligente, extravertido o tranquilo. Esto tampoco significa que, la fe quita todas estas diferencias y nos hace a todos iguales. Somos sí uno, pero no somos iguales y esto está muy bien. A la multicolor variedad de Dios le corresponde también que cada persona tenga su propia personalidad con sus dones y habilidades especiales y también con sus debilidades y necesidades especiales, así como sus cualidades humanas especiales. A partir de esto, notamos que, tampoco todos hacen las mismas cosas en la congregación cristiana, sino que Dios le muestra a cada uno su propio lugar.

En toda familia hay conflictos y también peleas. Y en la congregación cristiana no es tampoco diferente, por lo menos será así hasta tanto se llegue al cielo. Por tanto no tenemos que asustarnos cuando en la congregación haya tensiones o discusiones. Sería irrealista pensar que todos los miembros de la congregación deberían tratarse con simpatía y que todos tengan que tener una relación íntima y cordial entre sí. No, también en la iglesia y en la congregación hay enojo y peleas y por cierto que no pocas. Lo importante es que, jamás olvidemos que: somos una familia, somos hermanos y hermanas. Entre los hermanos no puede haber engaño, la amabilidad hipócrita no tiene lugar en la congregación. Cuando se vive juntos, pronto se descubren las fallas de cada uno. Allí es donde debe comenzar a sentirse el amor fraternal. Si siempre fuéramos todos de una misma opinión, y si fuéramos siempre simpáticos unos con otros entonces el amor a los hermanos sería un juego de niños. Pero porque somos distintos y porque hay opiniones diversas y hay también tensiones, es por eso el amor fraternal más bien un desafío que un juego de niños. Y en especial ante tensiones y dificultades es que hay que cuidar de éste. Se lo debe cuidar cuando se habla en público sobre los conflictos, cuando se buscan soluciones, cuando se hacen compromisos y ante todo pedirse siempre perdón unos a otros. El perdón es el secreto para el éxito en una congregación. Sólo cuando se está dispuesto a la reconciliación, la familia podrá prosperar y permanecer junta.

 

En cierto sentido una familia es mundo chico, sin embargo no es una burbuja, ni un mundo encapsulado. Hay siempre muchas relaciones con el mundo externo. No se es sólo madre, padre, hermanos o hermanas, sino también, vecino, patrón, alumno y ciudadano. Se sale de la casa y a la vez se reciben visitas. Puede pasar también que familias numerosas sean anfitrionas, siempre que haya una atmósfera serena y armoniosa.
Esto es también lo que anhelamos de una congregación cristiana. No sólo nos interesan las tareas sociales de la congregación y los beneficios especiales. Ya en la misma forma de ser de nuestra congregación, debiera advertirse como una especie de rayo de luz que se irradia hacia afuera de forma que las visitas que vengan se sientan bien con nosotros. Y esto no es sólo porque queremos ser bien vistos ante la sociedad y porque queremos mostrarnos como una buena iglesia; no, tenemos un encargo, la misión que nos encarga nuestro Señor y hermano Jesucristo. Queremos ser sal de la tierra y luz del mundo. Tenemos que llevar el amor de Dios en palabras y en hechos hacia afuera, ésta es nuestra misión, nuestro testimonio. Queremos que esta familia de Dios crezca y que los de afuera no se pierdan, sino que al igual que nosotros hallen la vida eterna.

Pues a diferencia de todas las familias del mundo, la familia de Dios perdurará por siempre. Por eso es tan importante, pertenecer a la familia de Dios. Y es por eso que, cuando los miembros de su familia querían hablar con él, él dijo primero: “Cualquiera que hace la voluntad de Dios es mi hermano, mi hermana y mi madre” y luego sí, seguramente se ocupó de su madre y sus hermanos carnales.
Amén.

13º Domingo después de Trinidad/Ciclo III 2017

Un mundo transformado


“Dentro de muy poco tiempo el Líbano se convertirá en un campo fructífero, y el campo fértil será considerado bosque. Cuando llegue ese día, los sordos oirán las palabras del libro, y los ojos de los ciegos verán en medio de la más densa oscuridad. Aumentará en el Señor la alegría de los humildes, y aun la gente más pobre se alegrará por el Santo de Israel. Porque el violento será aniquilado, y el cínico será consumido; todos los que no duermen por cometer iniquidades serán eliminados; todos los que hacen pecar de palabra a la gente; todos los que tienden trampas a los que defienden una causa ante el tribunal de la ciudad, los que con falsedades pervierten la causa del hombre justo.

Por eso el Señor, el que rescató a Abrahán, dice así a la casa de Jacob:

«Jacob ya no será avergonzado, ni su rostro volverá a palidecer  cuando vea lo que yo voy a hacer en medio de ellos: sus hijos santificarán mi nombre; santificarán al Santo de Jacob, ¡temerán al Dios de Israel!  Entonces los de ánimo extraviado aprenderán a ser inteligentes, y los que hablaban mal de mí recibirán mi enseñanza.»

Isaias 29:17-24

Para aquellas personas que les gusta estar informadas o ‘conectadas’ con los sucesos del mundo existen hoy muchas posibilidades. Tenemos a nuestra disposición la manera más moderna de comunicaciones que el mundo jamás ha conocido. Ni que imaginar lo que vendrá de aquí en más.
Pero a la vez estamos corriendo un grave peligro. El peligro de no tener control sobre esa inmensa corriente de información que nos envuelve cada día. Y muchas veces esa tecnología es aprovechada por los poderosos para influir en las masas y cambiar su manera de pensar, y ver las cosas que en verdad suceden. Es por eso un buen consejo que se dice que no todo lo que vemos y escuchamos por los medios de comunicación es la pura verdad. Sino más bien una verdad relativa, exagerada, manipulada y muchas veces distorsionada. Por eso es bueno aquel viejo consejo de darle más tiempo a nuestra lectura de la Biblia y a la interacción con personas de carne y hueso de nuestra sociedad que a los medios de comunicación y a las redes sociales. Allí podremos ver ‘en verdad’, la verdad de nuestro mundo.
Si dedicamos más tiempo a los medios de comunicación y a las redes sociales que a la lectura de la Palabra de Dios y las necesidades de nuestro prójimo, entonces, como cristianos, no estamos llevando una vida sabia.

En los medios de comunicación todo parece estar mal. Durante un mes seguido he hecho la prueba de analizar las noticias matutinas que llegaban a mí. Me di cuenta que el 90% de ellas eran noticias negativas. Y el 90 % de ellas eran noticias que poco y nada tenían que ver con mi vida concreta de todos los días y con mi comunidad en la cual estoy inserto. Y la mayoría de estas noticias eran vistas desde un punto de vista parcial y dudoso, hasta tendencioso. ¿Es que acaso no pasan cosas malas? Sí, claro que pasan cosas malas. Pero las buenas también suceden y sin embargo no son publicadas y quizás las cosas buenas puedan incluso superar a la cantidad de cosas malas que suceden, en realidad, y no según los medios. Independientemente de esto, lo que descubrí en ese mes es que, cada mañana que iba a los medios de comunicación para “ver qué pasaba en el mundo”, terminaba desanimado, negativo, por no decir triste. Esto con el tiempo afecta no sólo la salud mental de la persona sino también su manera de observar y considerar al mundo, y cercena su fe y confianza en Dios, pues ese parece ser el único y principal “alimento espiritual” que muchas personas reciben a diario.
Y la pregunta puede ser hoy: ¿Pero acaso no hay que atender lo que dicen los medios? Sí, claro que se puede, pero hoy más que nunca hay que ser extremadamente instruido y cauteloso. Cada una de las informaciones que recibimos debe ser tomada con pinzas, y sopesada a partir de las enseñanzas de las Sagradas Escrituras. Y tenemos que tener en cuenta dónde pasamos más tiempo: ¿escuchando las noticias o meditando acerca de la palabra de Dios? ¿Qué es lo que fundamenta nuestro estado de ánimo? ¿De qué depende que estemos mal o bien? ¿Qué es lo que nos da la fuerza para vivir?, ¿cuál es la mayor influencia en nuestro diario vivir, lo que proviene de Dios, de nuestra comunión con Dios o lo que nos “predican” los medios de comunicación? Esta es una pregunta urgente para el cristiano de hoy.

Pero miremos más bien a todo el párrafo de la lectura bíblica para la predicación de este domingo. Si así lo hacemos, vamos a comprobar: aquí se habla en el texto de una poderosa trasformación de nuestra sociedad, más allá de la tergiversación o tendencias de los medios de comunicación. Es sí una realidad que nuestro mundo está impregnado de maldad, aunque también de cosas muy buenas. A partir de la lectura se dice que aquí nada volverá a ser como fue. Pero se trata de un cambio global hacia lo bueno que ningún otro que no sea Dios en persona podrá llevarlo a cabo. El mensaje de esta transformación hacia lo bueno es muy importante. Haremos bien en escucharlo con atención y confiar en él. En especial en estos tiempos de terrorismo, tergiversación de la información guerras, crisis económicas y otras carencias.

El profeta Isaías anuncia este mensaje de salvación en tres fases y con cada uno de ellos se clarifica mejor. Es como cuando uno ajusta los lentes de un larga vista, la agudeza visual cambia: cada vez que graduamos algo se ven más claramente las cosas. Hay tres niveles de agudeza con los cuales Isaías nos muestra la gran transformación de Dios y su salvación por venir.

En primer lugar, Isaías nos pinta un paisaje un tanto nebuloso. El dice: imagínense las montañas del Líbano. Estas son agrestes montañas boscosas llenas de rocas, raíces grandes árboles y matorrales. Nadie puede llegar a pensar de sembrar allí grano o de tener la intención de cosechar frutas. Pero luego de un tiempo todo será diferente: en lugar de tierra rocosa, habrá tierra fértil para labranza, un jardín encantador, un paraíso, más lindo que todo lo que se haya visto. Lo que crece en los jardines aparecerá en la espesura del bosque montañoso. Sí, es que Dios comenzará a actuar. Así como una vez creó el jardín del Edén para Adán y Eva con sus árboles y frutos espectaculares, así transformará Dios a la tierra cubierta de pecado y la sanará y la hará otra vez en tierra fértil de labranza. Eso nos promete Dios; ¡ya podemos alegrarnos de corazón por esto!

Pero podemos reconocer mejor el magnífico cambio de Dios con la imagen del jardín en las frases siguientes, Isaías nos describe aún de forma más vívida lo que Dios hará. No se trata ya más de un vago paisaje, sino se trata en concreto de gente. De repente los sordos oirán, los ciegos verán, los pobres volverán a alegrarse en el Señor, los más necesitados se regocijarán por lo que reciban de Dios. En este contexto está la frase sobre los despiadados y los insolentes que serán exterminados. Hay que observar que: no se trata de que habrá venganza y satisfacción porque se eliminó a los enemigos, sino se trata de que los oprimidos y sufrientes respirarán aliviados.

Con este anuncio de salvación podemos ver el corazón de Dios. Dios sólo tiene en mente lo bueno para nosotros. Dios quiere ayudar a todos los que sufren y promete que las carencias tendrán su fin. Las enfermedades y las imposibilidades terminarán, el sufrimiento y la miseria se transformarán en alegría. Haremos bien si nos sostenemos de estas promesas de salvación de Dios y no contagiarnos de la desesperación sobre todo imperante en nuestro mundo y exacerbada y tergiversada por los medios. Más que nada cuando estás enfermo o desanimado o pobre o triste u oprimido o cargado por lo que sea: ten en cuenta que Dios te anuncia un gran cambio, un giro de 180º para mejor y que él mismo se encargará de ello.

Vale la pena seguir mirando con más detalle. Isaías profetizó:
“En aquel día podrán los sordos oír la lectura del rollo”.
¿A qué ‘rollo’ se refiere? Hay sólo un rollo, o libro que se llama sólo el libro, es decir la Biblia. Allí vemos que, en primer lugar no se trata de una sordera corporal, sino de una sordera espiritual la que Dios quiere sanar. Aquí se trata de que las personas que hasta el momento no hayan atendido a la Biblia, de repente reconozcan las riquezas espirituales de la palabra de Dios que, se encuentra en la Biblia. Así también Dios sana la ceguera espiritual; se amanece con el sol del Evangelio:
“Y los ojos de los ciegos podrán ver desde la oscuridad y la penumbra”.
Y al final para los oprimidos y tristes no se les profetiza sólo un poco de alegría, sino que Isaías les promete:
“Los pobres volverán a alegrarse en el Señor, los más necesitados se regocijarán en el Santo de Israel”
Y todo eso porque el poder de los despiadados y los insolentes se quebrará, eso nos echa luz, sobre quienes se está hablando: no se habla de terroristas del ISIS o incluso cualquier otro despiadado oculto por un manto de democracia, sino de tiranos que no son de carne y sangre. Dios vencerá a Satanás y a todos sus demonios que nos alejan de Dios y nos quieren llevar a la perdición.

Hemos llegado casi al tercer nivel, con la clara imagen de Dios según la profecía de Isaías. Pero aún hay más por visualizar. Isaías se alegra por el mensaje revelado de alegría de Dios:
“el Señor, el redentor de Abraham, dice así…”
Cuando hablamos de redención, es la liberación que ha venido al mundo por medio de Jesucristo. Isaías profetizó que los hijos de sus contemporáneos verán ya los hechos de Dios en su tiempo. Sí, los descendientes de aquel pueblo de Israel experimentaron 700 años después las poderosas predicaciones de Jesús, sus increíbles milagros, como redimió en la cruz a la humanidad del poder del diablo y se irguió como vencedor sobre todo mal en su resurrección. Allí se estableció el nuevo pacto, allá se produjo el gran giro, esta es la magnífica buena nueva y nueva era del reino de Dios. Allí la humanidad pudo llegar al arrepentimiento, allí el Espíritu Santo les permitió creer de corazón, allí reconocieron el amor de Dios, allí fueron conducidos de sus caminos errados y pecaminosos hacia las buenas sendas de Dios, así como profetizó Isaías:
“Santificarán al Santo de Jacob, y temerán al Dios de Israel. Los de espíritu extraviado recibirán entendimiento; y los murmuradores aceptarán ser instruidos”

Estimados hermanos y hermanas en Cristo, ahora vemos más claro: el cambio de Dios ya ha tenido lugar, pues Jesús ha resucitado de entre los muertos y vivimos con él y por medio de él en el reino de Dios. Sabemos que el diablo ya no tiene poder sobre nosotros, y creemos que junto a Dios estamos a salvo y seguros. El nos podrá aún asustar, pero no necesitamos preocuparnos, aunque el mundo a nuestro alrededor se vuelva loco y sea maligno, Dios nos ha redimido y nos dará la vida eterna prometida. Estamos bautizados, y si alguien está bautizado y ha verdaderamente comprendido de qué se trata ese bautismo, es decir si tuvo también la posibilidad una vez en su vida de aceptar a Jesucristo como su Señor y Salvador, –y eso significa convertirse– entonces a partir de allí en su vida ‘ya nada será como antes’- todo se ha bañado con la luz gozosa del evangelio. Aún la muerte no podrá separarnos de la mano de Dios – aunque muramos jóvenes o viejos, de forma violenta o natural. Dios nos conducirá hacia allá, donde al fin también nuestros ojos naturales podrán ver con total agudeza y claridad, el amor que él sí nos tiene. Amén.

12do. Domingo después de Trinidad– [Ciclo III del Leccionario Evangélico Sexenal de textos para la predicación dominical].