La actitud de tu corazón es lo que cuenta

Adán conoció a Eva, su mujer, y ella concibió y dio a luz a Caín, y dijo: «Por la voluntad del Señor he adquirido un varón.» 2 Después dio a luz a Abel, hermano de Caín. Abel era pastor de ovejas, y Caín cultivaba la tierra. 3 Andando el tiempo, sucedió que Caín llevó al Señor una ofrenda del fruto de la tierra. 4 Y Abel también llevó algunos de los primogénitos de sus ovejas, de los mejores entre ellas. Y el Señor miró con agrado a Abel y a su ofrenda, 5 pero no miró con agrado a Caín ni a su ofrenda. Y Caín se enojó mucho, y decayó su semblante. 6 Entonces el Señor le dijo a Caín:

«¿Por qué estás enojado? ¿Por qué ha decaído tu semblante? 7 Si haces lo bueno, ¿acaso no serás enaltecido? Pero, si no lo haces, el pecado está listo para dominarte. Sin embargo, su deseo lo llevará a ti, y tú lo dominarás.»

8 Dijo entonces Caín a su hermano Abel: «Vayamos al campo.» Y sucedió que, mientras estaban ellos en el campo, Caín se levantó contra su hermano Abel, y lo mató. 9 Y el Señor le dijo a Caín:

«¿Dónde está tu hermano Abel?»

Y él respondió:

«No lo sé. ¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?»

10 Y el Señor le dijo:

«¿Qué es lo que has hecho? Desde la tierra, la voz de la sangre de tu hermano me pide que le haga justicia. 11 Ahora, pues, ¡maldito serás por parte de la tierra, que abrió su boca para recibir de tus manos la sangre de tu hermano! 12 Cuando labres la tierra, no te volverá a dar su fuerza. Y andarás por la tierra errante y extranjero.»

13 Caín le dijo al Señor:

«Mi castigo es muy grande para poder soportarlo. 14 Tú me echas hoy de la tierra, y tendré que esconderme de tu presencia. Errante y extranjero andaré por la tierra, y sucederá que cualquiera que me encuentre, me matará.»

15 Pero el Señor le respondió:

«Pues cualquiera que mate a Caín será castigado siete veces.»

Y el Señor puso en Caín una señal, para que cualquiera que lo encontrara no lo matara.

16 Caín salió de la presencia del Señor y habitó en la tierra de Nod, al oriente de Edén.

Genesis 4:1-16

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Caín y Abel: a primera vista, una historia bien conocida; en segundo lugar, una historia extrañamente oscura; en tercer lugar, una historia con un mensaje claro: ¡La actitud de nuestro corazón es muy importante! Dios está probando nuestros corazones con esta historia, ya sea que la consideremos buena o mala. De la misma manera que se dice en el salmo utilizado para nuestra confesión: ” Señor, examina y reconoce mi corazón: pon a prueba cada uno de mis pensamientos.” (Salmo 139: 23).

Adán y Eva habían sido expulsados del paraíso por sus pecados. Sin embargo, Dios permaneció fiel a su bendición de la creación, que les había pronunciado: ” «¡Reprodúzcanse, multiplíquense…” (Génesis 1:28). Adán y Eva tuvieron hijos: Caín, Abel e hijas, de quienes se hablará en el siguiente capítulo de la Biblia. Los niños crecieron. Caín y Abel compartieron el trabajo agrícola: Caín cultivó el campo, y Abel se encargó del ganado. También debemos suponer que ambos eligieron mujeres de entre sus hermanas y tuvieron hijos. Luego tuvo lugar el acontecimiento con la ofrenda. Caín tomó parte de su cosecha y la puso en un altar para Dios. Abel eligió animales de sacrificio de su rebaño, los mejores animales primogénitos. La Biblia dice, “de los mejores entre ellas”. Abel también coloca sus regalos en un altar. Y luego dice: ” Y el Señor miró con agrado a Abel y a su ofrenda, pero no miró con agrado a Caín ni a su ofrenda”. Cómo Dios se los hizo saber a los dos, no figura allí, sólo podemos conjeturar. Lutero, en su interpretación, dijo que Dios encendió a las ofrendas de Abel con fuego del cielo, como lo hizo muchas veces en el pasado, pero no encendió el sacrificio de Caín. De todos modos, le hizo saber a Abel que aceptó su sacrificio, pero no a Caín. ¿Por qué Dios hizo eso? Porque Abel ofreció su sacrificio con un corazón creyente, pero Caín no lo hizo así. En Hebreos leemos, “Por la fe, Abel ofreció a Dios un sacrificio más aceptable que el de Caín, y por eso fue reconocido como un hombre justo, y Dios aceptó con agrado sus ofrendas. ” (Hebreos 11: 4). Abel realmente quería agradar a Dios y agradecerle por todo. También esperaba que Dios le fuera misericordioso a pesar de sus muchos pecados. Caín, por otro lado, no ofrendaba con corazón puro. Lutero dijo que Caín no era humilde y estaba orgulloso de su preferencia como primogénito; tal vez miró despectivamente a su hermano. También es digno de mención que Caín no trajo las primicias de sus cosechas, mientras que Abel escogió amorosamente lo mejor para Dios. En cualquier caso, Dios no miró con gracia la ofrenda de Caín debido a la impureza de su corazón.

Queridos hermanos y hermanas, si ofrendamos, ¡ofrendemos con corazones creyentes! ¿Qué podemos ofrendar? Por ejemplo, nuestro tiempo y nuestro dinero. Permitamos ofrendar tiempo para Dios para que lo alabemos de corazón. Permitamos ofrendar el tiempo para la Palabra de Dios, para que Dios pueda aumentar nuestra fe por medio de sus buenas nuevas. Si ofrendamos el tiempo que sea con un corazón creyente, ofrezcamos las “primicias” de nuestro tiempo al Señor, lo más “gordo”: comencemos cada día con un devocional matutino y comencemos la semana adorando a Dios en la iglesia todos los domingos. Pero si el corazón no es puro, o cuando las alegrías o tristezas del mundo tienen más importancia y nuestra fe queda soslayada, entonces sólo tendremos poco tiempo para Dios, quizás unos minutos antes de dormirnos, o una ocasional asistencia a la iglesia. Tal sacrificio de Caín no es agradable a Dios, por la impureza de corazón. Y pasa lo mismo con el dinero: “Dios ama a quien da con alegría” (2 Corintios 9: 7) – el que da por agradecimiento y con alegría; es el que realmente ofrenda: para la congregación, la misión y los necesitados. También querrá dar una parte importante de su dinero, ya que Abel dio lo mejor de sus animales de su rebaño. Pero a quien no le importa mucho el Señor y la construcción de su reino, no tendrá más que una propina para él. Esas ofrendas directamente habría que guardárselas; pues no hay bendición en eso. Dios mira el corazón. Quizás te estás preguntando alarmado ahora: ¿cómo puedo hacer para dar una ofrenda como la de Abel? La respuesta es: Observa cuidadosamente el sacrificio del Hijo de Dios Jesucristo, que ha sido entregado por ti. Mira cómo hizo todo por ti y cómo se hizo pobre para hacerte rico. Entonces, con la actitud correcta de corazón, darás así alegremente de tu riqueza y usarás tu vida para Dios.

Pero veamos cómo sucedió con la historia de Caín y Abel. “y decayó su semblante”, dice. Se puso celoso de su hermano y enojado con Dios. Frunció el ceño, revelando cómo era su corazón. Entonces Dios lo cuestionó. No sabemos cómo Dios le habló a Caín, ya sea por una voz del cielo o por la voz de su conciencia. Lutero dijo que su padre Adán había hablado con Caín en el nombre de Dios. Como sea que haya sido Dios cuestionó a Caín. Dios tenía buenas intenciones con él. Quería evitar que Caín fuera destruido por la mala actitud de su corazón, y por lo tanto le advirtió que no lo hiciera. Él dijo: “¿Por qué estás enojado? ¿Y por qué estás frunciendo el ceño? Si haces lo bueno, ¿acaso no serás enaltecido? Pero, si no lo haces, el pecado está listo para dominarte. Sin embargo, su deseo lo llevará a ti, y tú lo dominarás”. Caín, sin embargo, no se entregó a la razón, sino que se dejó llevar por su enojo. Su malvado corazón lo llevó aún más al pecado. Finalmente, Caín mató a su hermano inocente. ¡Lo que un ser humano es capaz de hacer, llegar hasta matar por no querer humillarse ante Dios!

Queridos hermanos y hermanas, estamos consternados por tal acto. Estamos impactados cuando experimentamos en nuestros días, cuando escuchamos de: niños que matan a sus padres, hermanos que se matan en las guerras, sí, incluso padres que ponen las manos sobre sus hijos. Quizás pensamos: no son normales, ya no son humanos. Y, sin embargo, desafortunadamente, es demasiado normal y demasiado humano todo lo que vemos a través sensacionalismo de los medios. Aparece un corazón malo, un corazón malo, que puede vivir en cualquier ser humano. “desde su juventud las intenciones del corazón del hombre son malas”, dice Dios (Génesis 8:21). Todos conocemos el odio y los celos contra nuestros hermanos, ya se trate de hermanos biológicos, o los hermanos cristianos o simplemente del ser humano. A los ojos de Dios, podemos llegar a ser asesinos, porque Dios ve el corazón. “Todo aquel que odia a su hermano es homicida”, escribió el apóstol Juan en su primera carta con referencia a Caín (1 Juan 3:15). Y Jesús dejó en claro en el Sermón del Monte que aquel que está enojado con su hermano no es mejor ante Dios que el que mata. Sí, también esto está en nuestros corazones y puede surgir con frecuencia. Aunque no aplastemos el cráneo de nadie, porque tenemos demasiada educación y también tememos las consecuencias, pero dejamos que otros sientan nuestro odio de otras maneras: con comentarios agudos, con chismes o habladurías tal vez, o por desprecio, o por una cortesía hipócrita. “El pecado está listo para dominarte. Sin embargo, su deseo lo llevará a ti, y tú lo dominarás”, le dijo Dios a Caín, y él también nos lo dice a nosotros. ¡Oh, que nuestro mal corazón no determine nuestro hablar y nuestras acciones! Pero no podemos hacerlo solos. Debemos tener nuestros corazones limpios por medio de Dios, a través de su Hijo, Jesucristo. Purificados por lo que pedimos al Padre celestial: “No nos dejes caer en tentación” ¡No dejemos que la iniquidad nos domine, sino que pidamos que Dios nos libre!

Veamos ahora como termina la historia. Es bastante oscuro, por supuesto. Dios le preguntó a Caín acerca del vil fratricidio. Caín inicialmente dio una respuesta desvergonzada: “¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?” Y Dios fue claro: “«¿Qué es lo que has hecho? Desde la tierra, la voz de la sangre de tu hermano me pide que le haga justicia” y luego del castigo, Dios le dijo a Caín: “¡Maldito serás por parte de la tierra, que abrió su boca para recibir de tus manos la sangre de tu hermano! Cuando labres la tierra, no te volverá a dar su fuerza. Y andarás por la tierra errante y extranjero”. Entonces un horror helado se apoderó de Caín: ahora estaba consciente de lo que había hecho. “Mi castigo es muy grande para poder soportarlo”, gimió. También se podría traducir: “Mi pecado es demasiado pesado”. En hebreo, hay una y la misma palabra para la acción y la consecuencia, pecado y castigo. El conocimiento del pecado siempre sucede en conexión con el juicio de Dios. No sabemos si Caín se arrepintió verdaderamente. El arrepentimiento va un paso más allá e incluye la confianza de que Dios perdonará la culpa. Lutero y muchos comentaristas de la Biblia dicen que Caín no pudo encontrar la penitencia; la falta de arrepentimiento lo habría conducido solo a la desesperación y finalmente a la condenación, como fue el caso, por ejemplo, con Judas Iscariote. Tengo un poco de esperanza de que tal vez Caín finalmente haya encontrado la penitencia y su alma haya sido salvada a pesar de su grave culpa. Sin embargo, Dios lo liberó un poco de esa pesada maldición. Caín tenía miedo de la venganza sangrienta de los descendientes de Abel, pero Dios lo protegió con una señal. Eso también es oscuro, qué clase de signo fue ese no lo sabemos. Lo que sí está claro es que Dios en su gran misericordia también pudo perdonar a un gran pecador como Caín.

Queridos hermanos y hermanas en Cristo, este es nuestro gran consuelo y nuestra esperanza cierta: A pesar de que hayamos caído en la tentación, incluso si el pecado nos hubiera vencido, podemos arrepentirnos mediante la penitencia y la confesión con la esperanza del perdón de Dios. Ningún pecado es tan pesado que no pueda ser perdonado. Sólo el corazón obstinado, que no puede encontrar el regreso a Dios quien reconoce las profundidades de la culpa y el castigo, no puede creer en la misericordia de Dios. Cuando estás en peligro, cuando tu fe amenace con extinguirse y solo haya oscuridad y desesperación en ti, recuerda la señal de misericordia que Dios te ha hecho: tu fe en él en primer lugar y tu santo bautismo. Esta es la señal de Dios de que la muerte y el pecado no deberán prevalecer sobre ti, en virtud de la sangre de Jesucristo, que también fluyó por ti. ¡Piensa en este signo, ten en cuenta el amor de Dios! ¡Mantén tu corazón limpio y renovado y lleno de fe! Porque la actitud del corazón sí importa; Dios mira tu corazón. Amén.

Soy bueno por la fe que tengo en Cristo

Sin embargo, al reconocer que nadie es justificado por las obras que demanda la ley sino por la fe en Jesucristo, también nosotros hemos puesto nuestra fe en Cristo Jesús, para ser justificados por la fe en él y no por las obras de la ley; porque por éstas nadie será justificado.

»Ahora bien, cuando buscamos ser justificados por Cristo, se hace evidente que nosotros mismos somos pecadores. ¿Quiere esto decir que Cristo está al servicio del pecado? ¡De ninguna manera! Si uno vuelve a edificar lo que antes había destruido, se hace transgresor.  Yo, por mi parte, mediante la ley he muerto a la ley, a fin de vivir para Dios.  He sido crucificado con Cristo, y ya no vivo yo sino que Cristo vive en mí. Lo que ahora vivo en el cuerpo, lo vivo por la fe en el Hijo de Dios, quien me amó y dio su vida por mí.  No desecho la gracia de Dios. Si la justicia se obtuviera mediante la ley, Cristo habría muerto en vano.»
Gálatas 2:16‑21

Vivimos en una sociedad de rendimientos o de productividad. Ya desde niños se nos pide que produzcamos: Hay que comer todo lo que está en el plato, hay que agradecer cuando se recibe un regalo, hay que atarse bien los cordones de los zapatos. Al alumno se lo juzgará con calificaciones conforme a sus exámenes. Lo mismo sucede al estudiar para un oficio, en los exámenes que tengamos que pasar contará sólo el rendimiento que hayamos alcanzado. En el trabajo, el empleado será tan importante como lo sea su rendimiento y para los cuentapropistas, su existencia financiera dependerá también de su productividad. Aún en el área del hogar, puede suceder que, se exija también rendimiento, en el matrimonio y en la familia y puede hasta suceder que, se ame al otro por lo que llegue a rendir y no por como sea como persona. Hay expectativas tanto de la esposa como del esposo, de los padres y de los hijos, de los suegros y de los yernos. Hay muchos que hasta piensan así: Si el otro hace lo que yo espero de él, todo va a estar bien; si no lo hace, me decepcionará y se lo haré notar.

Puesto que toda nuestra vida está impregnada del principio del rendimiento, se nos hace difícil creer que, Dios no tenga en cuenta también nuestro propio rendimiento. Y este principio no es ningún invento nuevo, lo mismo sucedía en los primeros siglos de nuestra era. Por ejemplo en siglo I después de Cristo, pasaba lo mismo con los creyentes de la región de Galacia, hacia quienes Pablo dirige su epístola. El motivo por el cual Pablo escribe esta carta, es por las malas noticias provenientes de Galacia. Pablo no podía creer lo que escuchaba. Había gente que le decía a esta congregación de los Gálatas que si querían ser salvos tendrían que cumplir con ciertas leyes de los judíos. Y los gálatas no eran judíos de nacimiento sino paganos. Muchos de los gálatas estaban a punto de creerle a esta gente. Era siempre más fácil creer que, Dios requiera cierto sacrificio de ellos, para que pueda aceptarlos que, pensar que él los aceptaría sin ningún tipo de méritos. Pablo debe haberse sentido bastante molesto, al recibir estas noticias, e hizo uso de todo su fervor para explicarles a los gálatas el evangelio de Jesucristo. Y así fue la manera en la cual él aportó a la edificación de esta congregación. No se cansaba de anunciar que, había que liberarse de esa presión del rendimiento delante de Dios que, por otro lado los gálatas también conocían de sus dioses paganos. No se cansaba de resaltar que, no es por medio de las obras de la ley, sino que, ¡sólo serían considerados justos por la fe que tenían en Jesucristo! ¿Lo habrán entendido o será que lo habían olvidado?
Creo que, puedo entender bien a Pablo. Cuando preparo mis predicaciones, a veces pienso: ¡pero, si estas cosas tanto la congregación como yo las conocemos bien! Sabemos bien que sólo vamos a llegar a ser buenos delante de Jesucristo por medio de nuestra fe; ¿es que tengo que volver a repetir este tema?, no será que se cansarán? Sin embargo, compruebo por medio de las conversaciones que, hay miembros de la iglesia que todavía no han entendido cabalmente lo que el evangelio dice. Siguen pensando que, se van a ganar un lugar en el cielo portándose bien en esta vida, es decir esforzándose en producir. Y una vez más compruebo que, ese principio de rendimiento sigue arraigado profundamente.

Cuando Pablo recibe estas noticias amargas desde Galacia, se pone a escribir su epístola y se las envía a los gálatas. Hay una parte que me interesaría especialmente resaltar, comienza así: “…al reconocer que nadie es justificado por las obras que demanda la ley…” Las obras de la ley son aquella forma de rendimiento con las cuales el ser humano quiere alcanzar el favor de Dios. “Justificado”, significa en el lenguaje de la Biblia, “inocente”, como el que es hallado inocente en un juicio, es decir libre de condena. Podríamos ligeramente traducirlo como ‘bueno’. Lo que está queriendo decir Pablo con esto es que, nadie podrá vivir su vida en una forma que verdaderamente agradará a Dios. El dice: “al reconocer”, es decir que no tenemos duda ya, y de esto da fe la Biblia. Y toda persona que tome con seriedad los mandatos de Dios y sea lo suficientemente autocrítica, va a poder constatar que, Dios nunca va a poder estar conforme con mi rendimiento, ni tampoco con el rendimiento de los demás.

Y puesto que es así, hay sólo un camino hacia la salvación que es el que la palabra de Dios dice: el camino de la fe hacia Jesús. Pablo escribe: “Al reconocer que nadie es justificado por las obras que demanda la ley sino por la fe en Jesucristo, también nosotros hemos puesto nuestra fe en Cristo Jesús, para ser justificados por la fe en él y no por las obras de la ley”. ¡Qué paciente que es Pablo con lo gálatas! En todo momento está repitiendo lo más importante: no por medio de las obras de la ley, sino por medio de la fe. Y agrega: “también nosotros hemos puesto nuestra fe”, y con ello él piensa en los cristianos de origen judío que, habían crecido con las leyes judías. Hasta los judíos, dice Pablo, reconocieron que, toda la obediencia que yo puedo tener a la ley y toda mi piedad son “estiércol”, así se expresa en otra epístola (Flp 3:8) Es por eso que, el único camino para lograr pararme delante de Dios e ir al cielo es Jesucristo. Al final del versículo lo resalta: “Porque por éstas [las obras] nadie será justificado”. Literalmente se lo machaca a los gálatas y así también lo hace con los que aún lo necesitan saber.

En el versículo 18 dice Pablo: “Si uno vuelve a edificar lo que antes había destruido, se hace transgresor”. Piensa lo que sucedería si los gálatas volverían a sus antiguas creencias y muestra lo tonto que eso sería. Y dice: yo había abandonado ese concepto de la justificación por las obras. Como judío que era, intenté por medio de mi piedad ser reconocido delante de Dios. Pero imagínense, volvería a aquello que antes abandoné. Me hubiera dado la cabeza contra la pared. Yo diría que, lo que creía como cristiano era falso, lo que creía como judío era correcto. Nada más y nada menos llegaría a rotular mi cristianismo como algo pecaminoso; llegaría a convertirme en un infractor.

Lo que Pablo escribe es una especie de suposición, como si él quisiera justificarse como los gálatas por medio de las obras de la ley, y demuestra que, así la cosa no funciona. Para él la fe cristiana significa que: “Yo, por mi parte, mediante la ley he muerto a la ley, a fin de vivir para Dios”. Pablo había estudiado bien la ley y se dio cuenta que, es imposible llegar a cumplirla; nunca podría por medio de la ley mostrarme justo delante de Dios. Por eso casi enloqueció queriendo justificarse por medio de ésta y por eso comenzó a andar por el otro camino, el único camino que, conduce a una vida con Dios: el camino de la fe en Cristo. A través del estudio de la ley llegó a abandonar la posibilidad de justificación por esta misma. Es por eso que dice “morir” a la ley. Y ese morir, lo ve en estrecha relación con la cruz de Cristo. Así dice: “He sido crucificado con Cristo”, y piensa en su bautismo. Y acerca de su bautismo escribe en otra epístola: “Mediante el bautismo fuimos sepultados con él en su muerte, a fin de que, así como Cristo resucitó por el poder del Padre, también nosotros llevemos una vida nueva” (Ro 6:4).

Esta vida nueva es cuando dice: “He sido crucificado con Cristo, y ya no vivo yo sino que Cristo vive en mí. Lo que ahora vivo en el cuerpo, lo vivo por la fe en el Hijo de Dios, quien me amó y dio su vida por mí”.
¡Cristo vive en mí, eso es la fe! Cuando Dios me mira, no me está viendo sólo a mí sino que, está viendo también a su Hijo Jesucristo quien, desde el momento del bautismo vive en mí. Y dice: “Tú estás justificado, estoy contento contigo”. Pero, no porque yo soy bueno, sino porque Jesús es bueno y ha dado su vida por mí. Tener fe significa que, yo pertenezco a Jesús y Jesús pertenece a mí. Vivo en él y él vive en mí. Tener fe es tener comunión de vida con Jesucristo, por eso es que leo la Biblia, por eso es que quiero pertenecer a una congregación, por eso es que voy a la iglesia, por eso es que recibo la Santa Cena: para poder vivir esta comunión con mi Señor y no para que la gente me vea como alguien piadoso porque sino volveré a caer en ese círculo vicioso de pensar en rendimientos que, no salvan. Pablo escribe: “Lo que ahora vivo en el cuerpo, lo vivo por la fe en el Hijo de Dios, quien me amó y dio su vida por mí”

En el último versículo Pablo resume lo importante: “No desecho la gracia de Dios. Si la justicia se obtuviera mediante la ley, Cristo habría muerto en vano”. Con esto quiere decir: ‘Sí, queridos gálatas, entiendan de una vez por todas que lo que ustedes hacen cuando quieren ser justificados por las obras es: tirar por la borda la Gracia de Dios. La gracia de Dios es su última oportunidad para la vida. Porque sino Jesucristo habría muerto en vano por ustedes y todos sus hechos y palabras serían de balde, tranquilamente podrían volver a adorar a sus dioses paganos o directamente no necesitarían creer en más nada’.

Estimada comunidad: dejémonos interpelar a fondo por las urgentes palabras del apóstol Pablo. Mantengámonos en la verdadera fe en Jesucristo. No nos hagamos ilusiones de que Dios nos llevará al cielo por las obras que hagamos o que nos dicen que hay que hacer. Quien deposite sus esperanzas en cosas tales, echa por tierra la gracia de Dios. Para quien tenga tales esperanzas, Cristo ha muerto en vano. Quien tenga tales esperanzas no comprendió aún de qué se trata el evangelio y de qué se trata la iglesia. En resumen: quien tenga tales esperanzas, no cree en Jesucristo. Acerquémonos por tanto el Único, mantengámonos en él, el fiel salvador Jesucristo, permanezcamos en una fe estrecha junto a él, pongamos nuestra esperanza en él, vivamos con él y muramos con él. Amén.

El regalo de la salvación

La vida luego del bautismo

Un ángel del Señor le habló a Felipe, y le dijo: «Prepárate para ir al desierto del sur, por el camino que va de Jerusalén a Gaza.»  Felipe obedeció y fue. En el camino vio a un etíope eunuco, funcionario de la Candace, reina de Etiopía. Era el administrador de todos sus tesoros, y había venido a Jerusalén para adorar;  y ahora iba de regreso en su carro, leyendo al profeta Isaías.  El Espíritu le dijo a Felipe: «Acércate y júntate a ese carro.»  Cuando Felipe se acercó y lo oyó leer al profeta Isaías, le preguntó: «¿Entiendes lo que lees?»  El etíope le respondió: «¿Y cómo voy a entender, si nadie me enseña?» Y le rogó a Felipe que subiera al carro y se sentara con él.  El pasaje de la Escritura que leía era éste:

«Como oveja fue llevado a la muerte,
como cordero delante de sus trasquiladores
se callará y no abrirá su boca.
Sufrirá la cárcel, el juicio y la muerte;
¿y quién entonces contará su historia,
si él será arrancado por completo
de este mundo de los vivientes?»

El eunuco le preguntó a Felipe: «Te ruego que me digas: ¿De quién habla el profeta? ¿Habla de sí mismo, o de algún otro?»  Entonces Felipe le empezó a explicar a partir de la escritura que leía, y le habló también de las buenas noticias de Jesús.  En el camino encontraron agua, y el eunuco dijo: «Aquí hay agua; ¿hay algo que me impida ser bautizado?» Felipe le dijo: «Si crees de todo corazón, puedes ser bautizado.» Y el eunuco respondió: «Creo que Jesucristo es el Hijo de Dios.» Y el eunuco mandó detener el carro, y ambos descendieron al agua y Felipe lo bautizó.  Cuando salieron del agua, el Espíritu del Señor se llevó a Felipe y el eunuco no volvió a verlo, pero siguió su camino lleno de gozo.

 

Hechos 8:26-39

Esta historia de los Hechos de los Apóstoles la queremos leer a la luz de la temática del domingo que es “La vida a partir de nuestro bautismo”. En este día queremos reflexionar acerca de lo que significa ser bautizados y como llevamos nuestra vida de allí en más.
Por supuesto queremos entender el mensaje particular de esta historia y por qué ha sido incluida en el libro de los Hechos de los Apóstoles y por qué nos llega hasta nosotros hoy y aquí.

Muchas personas paganas, o gentiles, es decir aquellos que no profesaban la fe judía eran atraídas también por aquel particular Dios de los judíos que era invisible intocable y único. La mayoría de los pueblos paganos de aquel tiempo poseían un panteón de dioses y muchas veces eran representados por estatuas o por los astros del cielo. Muchos de esos dioses casi podían tocarse concretamente. Pero hoy sabemos que todo ídolo ideado por el hombre no pasa de ser una creencia basada en la superstición humana y no en la verdadera esencia de Dios. Y hasta el día de hoy pasa lo mismo con las personas de nuestra época que dicen no creer en nada o que han renegado de Jesucristo. El ser humano tiene una necesidad innata de creer en algo superior, pues en realidad somos creación de algo superior. Y en esa búsqueda muchos se vuelvan a dioses paganos o las llamadas supersticiones. Tienen esas supersticiones algún tipo de poder sobrehumano, sí muchas veces sí, pero ese poder no viene de Dios sabemos muy bien de donde proviene.

Este funcionario de la reina de Candace se nos dice que provenía de Etiopía en África al sur de Egipto. Era un diplomático que, seguramente habrá llegado a Jerusalén por asuntos de estado. Y dice que había venido al templo a adorar. De seguro era una persona devota en su fe y abierta espiritualmente a lo divino. Y seguramente habrá tenido curiosidad por conocer la espiritualidad del pueblo judío y no sólo eso sino que Dios por medio de su Espíritu Santo había planeado que esa persona abierta a lo espiritual pueda recibir el mejor regalo en su estadía allí.
Cuando somos personas abiertas a lo espiritual abiertas y respetuosas a la posibilidad de la existencia de un Dios, aún si no hemos conocido al Dios vivo tenemos una gran posibilidad de encontrarlo. También pasa lo mismo en los cristianos. Si tenemos humildad para con Dios y buscamos de su presencia, aún seamos débiles y con muchas fallas, Dios está dispuesto a regalarnos más de su Espíritu y de su bendición por nuestra propia entrega. Ser abiertos a Dios significa que, a pesar que sabemos que no leemos la Biblia o no oramos mucho o no vamos mucho a la iglesia, pero si en nuestro corazón se encuentra el deseo ardiente de hacerlo y nos sentimos mal cada vez que no podemos hacer las cosas que le agradan a Dios, él nos va a ayudar en esa debilidad por la actitud de nuestro corazón.

Allí vemos según nos cuenta la historia que el funcionario está volviendo a su patria e iba leyendo en voz alta una parte del libro del profeta Isaías que decía: Como oveja fue llevado a la muerte,
como cordero delante de sus trasquiladores
se callará y no abrirá su boca.
Sufrirá la cárcel, el juicio y la muerte;
¿y quién entonces contará su historia,
si él será arrancado por completo
de este mundo de los vivientes?»
El etíope necesitaba alguien que le interprete la Biblia. Las personas que nunca han leído la Biblia se encuentran mayormente frente a esta dificultad, leen pero no entienden. Es por eso que necesitamos de la comunión de los santos la iglesia, donde juntos podremos interpretar la Palabra de Dios. Es por eso que no se puede adorar a Dios sólo, sin asistir a la iglesia. Necesitamos de otros que nos expliquen muchas veces. En este caso se encuentra Felipe el discípulo, quien al escuchar las palabras y encomendado por el Espíritu le pregunta: «¿Entiendes lo que lees?» El etíope le respondió: «¿Y cómo voy a entender, si nadie me enseña?».

Entonces Felipe le cuenta que allí se trata de una profecía del Antiguo Testamento referida a Jesús. Allí Jesús le habló de las buenas noticias acerca de Jesús. Seguramente habrán estado un largo rato hablando mientras viajaban y el funcionario gracias a su apertura espiritual a su búsqueda pudo recibir el Espíritu y experimentar una conversión, un nacer de nuevo.

Lo mismo pasa con mucha gente que es humilde a la palabra de Dios. Lo mismo pasa cuando nos entregamos a la posibilidad de que hay un Dios que nos creó y desde nuestro propio espíritu reconocemos esa necesidad innata que hay en nosotros de reencontrarnos con nuestro Creador y Señor. Cuando tenemos la dicha de encontrar la iglesia donde se predica la pura palabra De Dios y accedemos a ella entonces somos realmente bendecidos. Hay personas que van a los tumbos por sus vidas pero tienen la capacidad de ser mansos espiritualmente. Incluso van a una iglesia, como fue el mismo caso del funcionario etíope que sin ser de la misma religión tuvo el respeto de participar de la vida del templo. Y también hay personas que sin entender acuden a la Biblia y con deseo y avidez quieren leerla y buscar la iluminación espiritual aunque puedan no entenderla; valoran la Biblia y buscan leerla con devoción y respeto. De la misma manera que sucedió con el funcionario. De esa única manera es que el Espiritu Santo de Dios puede obrar milagros en nuestras vidas, si primero hay en nosotros una entrega a la posibilidad del Espíritu Santo.

Luego de ello Felipe le dice: «Si crees de todo corazón, puedes ser bautizado.» Y el eunuco respondió: «Creo que Jesucristo es el Hijo de Dios.»
Y aquí en esta parte final viene vemos una parte muy importante: El ser conscientes de lo que hacemos. El bautismo es una parte importante de nuestra vida cristiana. Jesús mismo nos dice en otro lado: “El que crea y sea bautizado, se salvará; pero el que no crea, será condenado”. (Mc 16:16) Muchos de nosotros hemos sido bautizados de niños por la tradición y por la supuesta fe de nuestros padres. Algunos consideran que deben dar un paso más y quiere ser bautizados de grandes otra vez. Esto último es una decisión personal. Eso está bien, en tanto y en cuanto luego hayamos tenido un momento en nuestras vidas, de forma consciente, de aceptar creer en Jesucristo como el Hijo de Dios, así como lo hizo el funcionario y decidir poner mi vida en obediencia a su palabra. Si hemos tenido ese momento d conversión en nuestras vidas ese bautismo es válido, de otra manera debemos entregarnos a Dios por fe para ser salvos, de la misma manera que Jesús le invitó a hacerlo a Nicodemo: «De cierto, de cierto te digo, que el que no nace de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. (Jn 3:5)

La vida del eunuco cambió radicalmente a partir de aquel momento y de seguro el mismo habrá sido un multiplicador de entre los suyos; un misionero. Y habrá comprendido que luego de una conversión y un bautismo de estas características comienza una nueva vida en la persona, ¿y tú has experimentado esto mismo en tu propia vida? Has podido decirle a Dios: «Aquí hay agua; ¿hay algo que me impida ser bautizado?»–«Si crees de todo corazón, puedes ser bautizado.» Y así como el eunuco haber podido decir: «Creo que Jesucristo es el Hijo de Dios.».
Dios quiere regalarnos  la salvación si estás seguro de haber dado este paso entonces debes comenzar a vivir tu vida después del bautismo con total fe y confianza en Dios. Ya no es más la superstición o las ideologías o los dioses paganas o gurús que van a ayudarte durante tu vida sino que un Dios vivo va a tu lado, en tanto tú ejercites tu fe por medio de la oración. La lectura de la Palabra de Dios y de tu participación activa en la iglesia. La protección y los milagros de Dios está siempre a tu lado, pero ello depende de tu fe de tu confianza y de tu obediencia a Dios.
Amen

El amor + la verdad, siempre triunfa

3er Domingo de Trinidad

Éste es el mensaje que hemos oído de él, y que les anunciamos a ustedes: Dios es luz, y en él no hay tiniebla alguna.  Si decimos que tenemos comunión con él, y vivimos en tinieblas, estamos mintiendo y no practicamos la verdad.  Pero si vivimos en la luz, así como él está en la luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesús, su Hijo, nos limpia de todo pecado.  Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros.  Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad.  Si decimos que no hemos pecado, lo hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros.

Hijitos míos, les escribo estas cosas para que no pequen. Si alguno ha pecado, tenemos un abogado ante el Padre, a Jesucristo el justo. Y él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo.  Con esto podemos saber que lo conocemos: si obedecemos sus mandamientos.  El que dice: «Yo lo conozco», y no obedece sus mandamientos, es un mentiroso, y no hay verdad en él.  El amor de Dios se ha perfeccionado verdaderamente en el que obedece su palabra, y por esto sabemos que estamos en él.  El que dice que permanece en él, debe andar como él anduvo.

 

1 Juan 1:5-2:6 (RVC)

Cualquiera que haga trabajos ocasionales de pintura sabrá que: Una superficie recién pintada puede verse bien a la luz de una lámpara, pero a plena luz del día descubrimos que la pintura todavía no había tapado todo. El sol saca todo a la luz. La iluminación artificial es solo un débil sustituto de la gran luz que Dios ha creado. Es por eso que la luz del sol también es excelente como parábola acerca del ser de Dios. El apóstol Juan escribe: “Dios es luz y en él no hay ninguna oscuridad”. Dios es la mega-luz absoluta; nada puede superar su brillo.

¿Qué significa eso? Hagamos algunas matemáticas y formulemos una ecuación. No se preocupen, es una ecuación muy simple, y tampoco necesitamos números para eso. La ecuación es: la luz es igual a la verdad más el amor. Si Dios es la mega-luz absoluta, entonces eso significa: Que Él es absolutamente verdadero y absolutamente amoroso. Así como la brillante luz del sol expone la más mínima inexactitud de una obra imperfecta de pintura, no hay la más mínima deshonestidad con Dios. Y así como la luz del sol calienta nuestros cuerpos y almas como ninguna otra cosa, así somos amados por Dios. La luz es igual a la verdad más el amor: esta ecuación se hizo hombre en Jesucristo. Él dijo de sí mismo: “Yo soy la luz del mundo” (Juan 8:12). Y de él se dice en Juan: “Éste es el mensaje que hemos oído de él, y que les anunciamos a ustedes: Dios es luz…” Dios nos ha revelado a través de su Hijo unigénito la absoluta mega verdad de su evangelio, y a través de él nos demostró ese mega-amor absoluto. De esta manera, él nos reconcilió con nuestro Padre Celestial. La verdad y el amor siempre crean comunión, mientras que la mentira y el odio destruyen la comunidad tarde o temprano. Es por eso que confesamos que a través de Jesús tenemos comunión con Dios, y para siempre, incluso más allá de la muerte.

De esta confesión se desprende lo que el apóstol Juan describe: ” Si decimos que tenemos comunión con él, y vivimos en tinieblas, estamos mintiendo y no practicamos la verdad”. En otras palabras, cuando reconocemos por medio de Jesús qué bueno y qué edificante es para la comunidad tener la luz de la verdad y el amor, entonces sería totalmente una mentira si nos negáramos vivir sin la verdad y sin el amor. En la Biblia en alemán de la versión de Lutero se dice “caminar en la oscuridad”, por el cual “caminar” simplemente denota nuestro comportamiento. A la inversa es: “Pero si vivimos en la luz, así como él está en la luz, tenemos comunión unos con otros” Entonces, si nos comportamos según Dios y el ejemplo de Cristo como “la luz del mundo”, es decir, vivir en la verdad y el amor, entonces comprobaremos cuánto se beneficia nuestra relación humana.

Esto también y especialmente se aplica a nuestro comportamiento diario, a los contactos corrientes con otras personas. Veamos un ejemplo. Un cristiano llamado Juan tiene un vecino llamado Pedro. Pedro está desempleado y vive gracias a un plan de seguridad estatal básica. Es decir, en realidad tiene otro ingreso. Cuando Juan se encuentra con él por casualidad y dice: “Bueno, no nos hemos visto durante mucho tiempo”, Pedro responde: “Sí, ando bastante bien. Se ha corrido la voz de que estoy empapelando por poco dinero, y desde entonces apenas puedo cubrir con los pedidos de trabajo”. Así que Pedro trabaja en negro. Por un lado, recibe la seguridad básica del estado para los indigentes y, por otro lado, tiene un ingreso adicional considerable, sin pagar un solo centavo de impuestos. Pedro le explica a Juan: Con el dinero del estado, nadie vive; y en casa, no alcanzaría para cubrir a todos, de todos modos.

Juan busca la verdad. Él sabe: lo que hace Pedro es hacer trampa. A Jesús no le gustaría porque dijo claramente: “Pues bien, den al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios.» (Mateo 22:21); y el apóstol Pablo enseñó: “Paguen a todos lo que deban pagar, ya sea que deban pagar tributo, impuesto, respeto u honra” (Romanos 13: 7). Es por eso que Juan le dice a Pedro: ¡Deberías avergonzarte de engañar al público en general y mentirle a los ciudadanos honestos! Luego se va, distanciándose de él. Él piensa para sí mismo: ¿Por qué la gente se comporta mal? La relación entre los dos ahora está dañada. El domingo siguiente, Juan le cuenta a un compañero cristiano después del culto sobre este prójimo fraudulento. Sin lugar a dudas, Juan les contó la verdad a todos; él está en contra de la mentira. ¿Pero se mantiene así en la luz? ¿Ha actuado según el ejemplo de Cristo? Cristo también tuvo que verse con estafadores, por ejemplo, con el oficial de aduanas Zaqueo. Él no se apartó de él indignado, ni lo despreció en su corazón. Por el contrario, lo amó y, por lo tanto, quiso ser su invitado. Juan obviamente carece de tal amor. El resultado no fue “el vivir en la luz” sino mala fe. Podemos poner esto en la siguiente ecuación: Verdad menos amor es igual a mala fe. Es cierto: la verdad más el amor es igual a la luz, pero la verdad sola sin amor no es ni la mitad de la luz, sino oscuridad.

Le damos a Juan una segunda oportunidad y a nuestra historia de ejemplo una conclusión diferente. Juan ahora quiere ser amoroso. Él no quiere lastimar a Pedro. Cuando Pedro le cuenta acerca de su trabajo no declarado Juan lo justifica, asiente y dice monosilábicamente: ‘Y sí, así son las cosas’. Amistosos, se despiden, y Juan piensa en su casa: No me importa lo que haga; ese es su problema, él tendrá que responder por eso. Pero cuando el próximo domingo un colega cristiano regaña indignado a los “parásitos” del estado y que encima trabajan en negro, y viven del dinero del estado entonces el ‘cristiano amoroso’ también lo avala: ‘Y, sí, así son las cosas’. Quiere evitar cualquier disputa con miras a una buena convivencia. Pero, ¿camina en la luz así? ¿Se ha conducido él mismo según el ejemplo de Cristo? Jesús se encontraba con los pecadores, pero eso no quiere decir que les dijo que sí a todo y aprobaba sus actividades pecaminosas. Por el contrario, Jesús llamó claramente al pecado por su nombre. Llamó a los pecadores a arrepentirse y, en el caso de Zaqueo, tuvo éxito. Después de la visita de Jesús, Zaqueo devolvió todo el dinero adquirido fraudulentamente. Es decir reconoció el pecado. Llamar al pecado por su nombre y pedir arrepentimiento es una parte integral de la verdad del Evangelio. Tal valiente veracidad ha estado ausente en la segunda versión de la historia de Juan. El resultado entonces no fue “vivir en la luz”, sino hipocresía. Podemos resumir esto en la siguiente ecuación: amor menos verdad igual a hipocresía. Es cierto que el amor y la verdad equivalen a la luz, pero el amor sólo sin verdad ni siquiera es la mitad de la luz, ni siquiera es amor verdadero, sino oscuridad.

¿Cómo se supone que debería comportarse el pobre cristiano? Debería tratar de reconciliar la verdad con el amor de alguna manera. Tal vez podría decir de forma amable a Pedro que él ve las cosas de manera diferente, y luego mostrarle a Pedro si le gustaría saber más sobre el tema. O podría hablar de su confianza en que Dios lo ayudará incluso en tiempos de problemas. Depende de qué tipo de persona sea Juan, qué clase de persona es Pedro y cómo es su relación. Es importante que Juan no desprecie a Pedro, no importa lo que Pedro haya hecho y lo que todavía haga. Porque ese es el principio básico de la luz de Dios, de la verdad y del amor de Dios: nunca despreciar al hombre mismo, sin embargo, no llamar a su pecado tampoco algo bueno. Dios diferencia entre la persona y su comportamiento. Todo cristiano debe aprender eso y esforzarse por ser verdadero y amoroso sobre esa base. Porque solo la verdad y el amor juntos corresponden a la luz del Padre celestial y de su Hijo unigénito: la verdad más el amor es igual a la luz. Por supuesto, es difícil hacer eso en la vida cotidiana, y siempre cometemos errores. Pero la verdad del Evangelio de Dios y la gracia de Dios unida al amor siempre triunfa. Iluminados por esta luz, siempre podemos aprender a vivir mejor en la luz. Es por eso que al final de nuestro texto del sermón lo que se nos dice es muy reconfortante: “la sangre de Jesús, su Hijo, nos limpia de todo pecado”. Amén.

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Sermón para el día de la Reforma 500 años
 Mateo 10:26-33
»Así que, no los teman, porque no hay nada encubierto que no haya de ser manifestado, ni nada oculto que no haya de saberse.  Lo que les digo en las tinieblas, díganlo en la luz; y lo que oyen al oído, proclámenlo desde las azoteas.  No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Más bien, teman a aquel que puede destruir alma y cuerpo en el infierno.  ¿Acaso no se venden dos pajarillos por unas cuantas monedas? Aun así, ni uno de ellos cae a tierra sin que el Padre de ustedes lo permita,  pues aun los cabellos de ustedes están todos contados.  Así que no teman, pues ustedes valen más que muchos pajarillos.  A cualquiera que me confiese delante de los hombres, yo también lo confesaré delante de mi Padre que está en los cielos.  Y a cualquiera que me niegue delante de los hombres, yo también lo negaré delante de mi Padre que está en los cielos.


A cualquiera que me confiese delante de los hombres, yo también lo confesaré delante de mi Padre que está en los cielos. Y a cualquiera que me niegue delante de los hombres, yo también lo negaré delante de mi Padre que está en los cielos.
¡Qué versículo desafiante, especialmente pensando en nuestros días, donde hay tantos mártires en el mundo que aún siguen predicando al Dios vivo de la Biblia, y donde también hay tantas iglesias que diluyen el mensaje de la palabra de Dios, la Biblia!
Lutero supo muy bien qué quería decir esta palabra para hoy. Lo descubrió cuando pudo leer la Biblia por primera vez. Y sintió que todas las verdades claras y sencillas de la Biblia tenía que comunicarlas a su comunidad. La valentía de Lutero consistió en liberar el poder de la verdad clara y sencilla de la Biblia para y que sea entendible para toda la gente. Esta Palabra llegó a transformar el mundo en aquella época.
Y esa palabra también nos desafía hoy a seguir proclamando la única verdad de la Biblia de una forma clara, sencilla, directa pero desafiante. En la historia de la iglesia cristiana cada vez que hubo un movimiento de avivamiento y de fuerte presencia del Espíritu Santo fue cuando los creyentes volvieron a re-leer y a creer en la palabra de Dios, la Biblia, como verdadera Palabra de Dios por encima de los conocimientos del mundo.
Y eso está pasando lamentablemente en nuestra sociedad hoy en día donde muchos creyentes llegan a diluir el mensaje de la Biblia para adaptarlos a los caprichos de la sociedad de turno. Y Lutero se caracterizó precisamente en guiarse según las Sagradas Escrituras y no las enseñanzas del mundo de su época.
Cada uno de nosotros como creyentes y cada una de nuestras iglesias recibirá la bendición de Dios y recibirá la unción de Dios en tanto vuelva una y otra vez a poner la sola autoridad de las Sagradas Escrituras y así confesar a Jesucristo delante de los hombres.
Lutero, al comenzar a leer la Biblia, al volver a las fuentes del Evangelio, se sintió aliviado, reconfortado y amado por Dios y libre de los requerimientos que la iglesia decía que había que cumplimentar para “ganarse el cielo”. Se dio cuenta que las verdaderas buenas obras son las que brotan de un corazón agradecido producto de la fe en Jesucristo. Así como él dijo: “La fe en Cristo es el comienzo de todas las buenas obras”. Son obras de amor al prójimo y no una competencia hacia la salvación. Los sacrificios impuestos por las religiones y todas las exigencias (ayunos, celibato, renuncias, sacrificios personales, procesiones) no conducen a nada. Por el contrario, por una parte producen jactancia porque quien los practica se cree ya mejor que los demás y por otra parte llevan a la desesperación porque nadie puede llegar a cumplimentar todo a la perfección.
Es por eso que uno de los re-descubrimientos más grandes que hizo Lutero fue al leer la Biblia y comprobar la verdad hasta ese momento oculta de la misma y entonces así él resumió en cinco aspectos fundamentales que no tenemos que perder de vista para nuestra salvación:
Sólo por la fe
En la época de Lutero, la gente se acercaba a la iglesia por miedo a ir al infierno. La gente corría detrás de hacer todo lo posible para asegurar el perdón ya en esta tierra.
Es muy probable que en nuestros días poca gente corra detrás del perdón y se interese muy poco por la vida más allá de la muerte, pero casi todos corren detrás de ser reconocidos y valorados en la sociedad en que viven.
Lo que Lutero redescubrió fue que el reconocimiento y el valor en esta vida lo podemos recibir en un instante y de forma gratuita de parte de Dios. Ningún estudio o carrera, ningún sacrificio, ninguna vida de riquezas materiales, ningún esfuerzo de la voluntad nos podrá hacer perfectos. Ningún cumplimiento estricto de la religión nos asegura la vida eterna. Ninguna obra de bien en la sociedad o voluntariados o sacrificio nos acercará más a Dios o nos perdonará nuestros pecados. Sólo por la fe podemos acercarnos a Dios, obtener su perdón y vivir como cristianos. ¿Qué es la fe? No es una simple aceptación de alguna doctrina, sino una confianza profunda en Dios y nuestra decisión de entregar nuestra vida a EL. Es la confianza en que por la muerte sacrificial de Cristo mi culpa por mi pecado ya ha sido pagada y que Dios me transforma en una nueva. Es saber que soy indigno, pero que Dios me regala dignidad. Es confiar en que Dios me ama y me invita a su reino. La religión es muchas veces sólo un paquete de tradiciones heredadas y de ceremonias y ritos del pasado, pero la fe es una experiencia del perdón del pecado y de una vida nueva en comunidad. Es sabernos aceptados por Dios, e invitados a vivir en comunión con otras personas. Dios nos ama, Dios nos perdona por la obra de Cristo, Dios cambia nuestra vida. Dios nos coloca en una iglesia. Dios crea con nosotros y con los otros creyentes en Jesucristo una familia nueva que vive de manera distinta y hasta muy a menudo opuesta a la manera de vivir de la sociedad. Con los cristianos, Dios crea una alternativa al mundo, un mundo diferente, como decimos ‘santo”.
¿De dónde proviene la fe? Por la predicación y la enseñanza de la Palabra de Dios, aceptada precisamente con fe, en medio de una congregación en la que todos los discípulos se apoyan uno al otro.
“Sabemos que el hombre no es justificado por las obras de la ley sino por la fe de Jesucristo” (Gal 2:16)
Sólo por la Gracia
Quiere decir que Dios perdona al pecador gratuitamente y por misericordia, y no porque deba de hacer cosas. Hace quinientos años la gente no sabía cómo ganarse la bendición de Dios. Cuanto mayor era el sacrificio, tanto mayor se creía que sería la obra. Algunos hasta se auto flagelaban en extremo. La Reforma insistió en que Dios regala la salvación. Dios no tiene que recompensar nada a nadie. Lo que hace, lo hace sólo porque quiere. Así es el amor verdadero; no se vende ni se compra, sino que se regala, se acepta y se vive. Pero hay que resaltar algo muy importante que hay sólo una condición para que Dios nos regale esa salvación y esa condición es arrepentirnos de nuestros pecados y decidir comenzar a creer en Jesucristo como Señor y Salvador nuestro y decidir comenzar a comprometer nuestra vida a Dios por fe, ese el primer paso. La condición es por tanto la fe.
Ciertamente la gracia de Dios los ha salvado por medio de la fe. Ésta no nació de ustedes, sino que es un don de Dios (Ef 2:8)

Sólo la Palabra, las Sagradas Escrituras o la Biblia
¿De dónde provenían todas aquellas reglas y las enseñanzas sobre los castigos del purgatorio, las indulgencias, los sacrificios personales, la necesidad de obras buenas? ¿De dónde salió la el negocio del perdón de Dios? ¿De dónde salió el negocio con la gracia de Dios? ¿Fue acaso de la Biblia? Por supuesto que no.
Durante muchos siglos había crecido en la iglesia innumerables enseñanzas humanas, especulaciones, tradiciones populares, decisiones de la institución iglesia, creencias y costumbres. Esa selva había tapado el mensaje bíblico. La Reforma volvió a sostener que solamente la Biblia es la fuente y norma para la fe y la vida cristiana. Por ello rechazó todo lo que no se encontraba en la Biblia. Entre esas creencias rechazadas se hallan las obras que otorgan méritos, las indulgencias, el purgatorio. Sólo así pudo volver a enfatizarse la obra de Cristo. La Reforma colocó la predicación entendible, clara, sencilla y directa en el centro de la adoración y promovió la Biblia entre todos los creyentes. Todos los que creen en Cristo deben conocer la Palabra de Dios, alimentar con ella su fe y conducir su vida a partir de ésta. Sin la lectura de la Biblia es imposible la fe cristiana.
“Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia” (2 Tim 3:16)

Sólo por medio de Cristo
Durante la Edad Media se había formado la aceptación de un gran número de mediadores entre Dios y los seres humanos: vírgenes, santos y patronos de todo tipo, los sacerdotes mismos, las obras de sacrificio de los fieles, las indulgencias, las reliquias (sobre todo, huesos y otros restos de santos). Una vez redescubierto el valor incomparable de la obra de Cristo, la Reforma insistió en que solamente Cristo él es mediador y salvador de los que creen. La salvación es sólo su obra. Toda otra ayuda o intermediación es innecesaria y además contraria a la Biblia.
La reforma redescubrió que cada creyente puede y debe tener una relación viva con su Señor. Esa relación se mantiene a través de la oración, el estudio de la Biblia y la participación activa en la congregación.
Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, que es Jesucristo hombre (1 Tim 2:5)
Y el quinto aspecto:
Sólo a Dios sea la gloria
Todo lo que somos y hagamos lo hacemos para honrar a Dios y porque él nos lo permite.
Muchas de las prácticas equivocadas de aquella época ya han quedado en gran parte superadas. No es necesario mantener una animosidad hacia los cristianos de la fe católica, como se hizo en el pasado. Pero lo que sí debemos hacer es afirmar nuestra propia fe en los evangelios. Tenemos que saber en qué y en quién creemos, saber por qué lo creemos, tener la certeza personal de que vivimos del perdón de Dios, y participar con convicción en la congregación de creyentes. Si creemos, sentimos y sabemos esto, y si nos mantenemos unidos a nuestra Iglesia y participamos activamente en su misión, crecerá en nosotros la verdadera y renovada fe en Cristo de la misma manera que Lutero quiso enseñar a la iglesia de su tiempo.
Que el Señor nos pueda dar la fe que, no es otra cosa que un milagro de Dios, pues no todos pueden creer, sólo los que son tocados por el Espíritu Santo; pero también la decisión de creer, pues hay muchos que saben que Dios es real pero no se deciden a confiar su vida a él todavía; Que nos de la valentía de ser creyentes pero también de ser testigos de Jesucristo y de hablar sobre lo que sólo la Biblia dice sobre Cristo con aquellos que todavía no lo conocen; Valentía que delante de Dios se transformará en bendición y dicha para nuestras vidas y nuestras iglesias. Amén.

Dar las gracias

Uno de entre la multitud le pidió:

—Maestro, dile a mi hermano que comparta la herencia conmigo.

—Hombre —replicó Jesús—, ¿quién me nombró a mí juez o árbitro entre ustedes?

»¡Tengan cuidado! —advirtió a la gente—. Absténganse de toda avaricia; la vida de una persona no depende de la abundancia de sus bienes.

Entonces les contó esta parábola:

—El terreno de un hombre rico le produjo una buena cosecha.  Así que se puso a pensar: “¿Qué voy a hacer? No tengo dónde almacenar mi cosecha.”  Por fin dijo: “Ya sé lo que voy a hacer: derribaré mis graneros y construiré otros más grandes, donde pueda almacenar todo mi grano y mis bienes.  Y diré: Alma mía, ya tienes bastantes cosas buenas guardadas para muchos años. Descansa, come, bebe y goza de la vida.”  Pero Dios le dijo: “¡Necio! Esta misma noche te van a reclamar la vida. ¿Y quién se quedará con lo que has acumulado?”

»Así le sucede al que acumula riquezas para sí mismo, en vez de ser rico delante de Dios.

Lucas 12:13-21

Hoy y el próximo fin de semana también, debería ser un día de fiesta.
Podemos probar hacer un desafío a la gratitud
Siempre decimos que tenemos que contar nuestras bendiciones, hagámoslo entonces, en casa. Escribamos una lista de 100 cosas por las cuales estés agradecido. Algunos pueden pensar que son muchas. Si este es el caso, intenta esto entonces:
Escribe el nombre de 10 personas por las cuales estés agradecido.
Escribe el nombre de 10 personas que hayan fallecido por las cuales estés agradecido.
Escribe 10 aptitudes físicas por las cuales estés agradecido.
Escribe 10 posesiones materiales por las cuales estés agradecido.
Escribe 10 cosas sobre la naturaleza por las cuales estés agradecido.
Escribe 10 cosas sobre las cuales en el día de hoy estés agradecido.
Escribe 10 lugares en la tierra sobre los cuales estés agradecido.
Escribe 10 inventos modernos sobre los cuales estés agradecido.
Escribe 10 comidas sobre las cuales estés agradecido.
Escribe 10 cosas del Evangelio sobre las cuales estés agradecido.

Cuando hacemos una lista como esta, descubriremos que una lista de 100 cosas ni siquiera se arrima a arañar la superficie de todas las cosas que Dios nos ha dado.

Y por qué es así, porque cuando comenzamos a agradecer, y no sólo agradecer a la gente, sino a Dios por cada cosa que tenemos comenzamos a valorar nuestras bendiciones. La gente por lo general mira lo que le falta y no lo que tiene. La mayoría de la gente es de la cultura de mirar el medio vaso vacío y no el medio que está lleno. Y al comportarnos de esa manera no estamos agradando a Dios.
Hay muchos que afirman que, no es que son desagradecidos, ellos dicen no querer ser conformistas, quieren lograr la perfección en las cosas, o la excelencia. Pero sabemos que las cosas perfectas no existen. El único perfecto es Dios. Muchas veces no podemos agradecer porque nos han educado con la crítica constante. Nos han dicho esto no se hace de esa manera, más bien se hace así. Y en cada momento cuando hacíamos algo cuando éramos niños se nos criticaba y se nos decía que había que hacerlo mejor que, como lo hacíamos no era suficiente, no estaba bien. Y nos hemos criado con esa mentalidad y lamentablemente también criamos a nuestros hijos de la misma manera y si eso no se corta en algún momento vamos a seguir así, sin saber que, la crítica no conduce a nada. La crítica no conduce a la perfección, la crítica sólo conduce a más crítica y a menos agradecimiento, a menos reconocimiento de todo por lo cual podemos estar agradecidos. La crítica no nos permite ser agradecidos. Tenemos que ser más agradecidos y menos críticos.

Dios quiere que seamos perfectos, pero perfectos en al amor, perfectos en la fe y la confianza en él, perfectos en la obediencia a su palabra, perfectos en cumplir las cosas que él nos pide en su palabra. Y la bendición o el premio de buscar la perfección en las cosas de Dios son las cosas que en realidad estábamos buscando: las bendiciones materiales de esta vida que vienen incluidas con nuestra salvación. Es por eso que se nos dice en Mateo 6:25ss: »Por eso les digo: No se preocupen por su vida, qué comerán o beberán; ni por su cuerpo, cómo se vestirán. ¿No tiene la vida más valor que la comida, y el cuerpo más que la ropa? Fíjense en las aves del cielo: no siembran ni cosechan ni almacenan en graneros; sin embargo, el Padre celestial las alimenta. ¿No valen ustedes mucho más que ellas? ¿Quién de ustedes, por mucho que se preocupe, puede añadir una sola hora al curso de su vida?

»¿Y por qué se preocupan por la ropa? Observen cómo crecen los lirios del campo. No trabajan ni hilan; sin embargo, les digo que ni siquiera Salomón, con todo su esplendor, se vestía como uno de ellos. 30 Si así viste Dios a la hierba que hoy está en el campo y mañana es arrojada al horno, ¿no hará mucho más por ustedes, gente de poca fe? Así que no se preocupen diciendo: “¿Qué comeremos?” o “¿Qué beberemos?” o “¿Con qué nos vestiremos?” Porque los paganos andan tras todas estas cosas, y el Padre celestial sabe que ustedes las necesitan. Más bien, busquen primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas les serán añadidas”.
Esta palabra nos enseñan que quien quiera ser rico en esta vida y vivir una vida llena de bendiciones, primero debe ser rico para con Dios.

Dios es un Dios de amor, él siempre quiere bendecir y quiere que obtengamos la salvación. Pero para ello en primer lugar debemos reconocer que él es Dios. Que es el creador de todo lo que existe y que nos creó también a cada uno de nosotros. La vida que tenemos hoy, si hoy estamos aquí en esta iglesia respirando es porque él lo quiere, no porque el médico lo pueda decidir. La vida del médico también le pertenece a Dios. Dios puede sanar, Dios puede resucitar a los muertos, Dios puede prosperar a los pobres, Dios puede cambiar el clima, Dios puede cambiar las circunstancias externas de cualquier persona, comunidad, iglesia, ciudad, gobierno con el abrir y cerrar de ojos. Cuantos países y gobiernos que parecían eternos e inamovibles desaparecieron de la faz de la tierra y ya no existen más, más la Palabra de Dios continúa: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras jamás pasarán” nos dice Jesús” (Mt 24:35).

En este día en el cual recordamos el día de acción de gracias según la tradición europea y el fin de semana que viene según la tradición de nuestro país, Dios nos quiere hablar a cada uno de nosotros con las palabras del evangelio con una palabra fuerte del mismo Jesús:
“¡Necio! Esta misma noche te van a reclamar la vida. ¿Y quién se quedará con lo que has acumulado?”
¿Quiénes son los necios? La palabra necio significa: Ignorante y que no sabe lo que podía o debía saber; imprudente o falto de razón; terco y porfiado en lo que hace o dice. Claro está todo esto en relación a creer en Dios, a aceptar la Palabra de Dios, a comenzar a poner las cosas de Dios en su primer lugar en la vida. A aceptar que la vida en primer lugar que me permite trabajar, progresar, prosperar, conseguir cosas, construir, hacerme rico o hacer rico a mi familia, la vida que es el comienzo de toda bendición, viene de Dios, él la da y él la quita. Pero no sólo que quita la vida sino que en este caso de la parábola el necio por ser necio no sólo pierde toda su riqueza material, sino también pierde su vida y lo más grave pierde su salvación.
Es una palabra fuerte, la palabra de Jesús, pero es la verdad. Aunque afortunadamente esta palabra de Jesús es sólo para los necios, no es para nosotros hoy aquí. Porque suponemos que los que estamos hoy aquí, sabemos que es Dios quien da la vida y quien es nuestro Señor y Salvador y a él queremos honrar cuando venimos a la iglesia cada domingo y a él queremos obedecer porque de él depende que nosotros tengamos bendiciones en nuestra vida. Cuando nos alejamos, nos separamos de Dios comenzamos a vivir una vida a nuestra manera, pero ya sin la bendición de Dios.

Muchas personas piensan, como dijimos el domingo pasado que, todo lo que tienen lo han conseguido por sus propios esfuerzos y su propia inteligencia, por su propio trabajo duro y por su propio rendimiento. Pero el evangelio del día del hoy nos dice que quien da todo esto es Dios. El que permite que obtengamos todo lo material que tenemos es Dios. El Dios que da la vida. Eso es lo más importante para el día de hoy. Si hoy puedes irte a tu casa sabiendo esto, que Dios es el que te da todo, comenzando por la vida, y el que te dará todo y te lo conservará todo e incluso te lo aumentará todo, lo hará conforme a tu entrega a él. Y no menos importante, luego de esta vida por tu fe, tu confianza y tu entrega a él te dará la salvación eterna; aunque eso no es para todos. No nos confundamos Dios es amor y es bueno. Pero como decimos todos los domingos en la iglesia: “Y vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos” Va a ver un juicio, pero sólo los necios serán hallados culpables en ese juicio. No nosotros, los que decidimos amarle y creer en él, creer que él es nuestro Señor y Dios y Creador de todo lo que existe y nos quiere dar una cosecha abundante de todo ya comenzando en esta vida en la tierra.
Esa es la promesa de cosecha más grande que queremos compartir hoy. Y por eso queremos estar agradecidos. En el momento que empiezas a dar gracias con ese espíritu, todo comienza a cambiar en tu vida. Te sientes cada día mejor cuando comienzas el día agradeciendo y no en cambio quejándote por todo lo que te falta. Tu respiración se tranquiliza, tu ritmo cardíaco se normaliza, tu salud en general, tu vida física comienza a mejorar porque has decidido poner tu confianza, tu vida en Dios, has decidido comenzar a ser sabio e inteligente y a saber que si te haces socio de Dios, todo, es decir todo, comienza a mejorar en tu vida y claro está más allá de ésta.
Antes de irte a la cama hoy, haz el ejercicio de contar las cosas por las cuales estás agradecido y verás que comenzarás a estar mejor. Deja de criticar y quejarte, más bien agradece y veras que el amor de Dios comienza a cubrir tu vida y a cambiar las cosas que parecen no moverse. Jesús quiere bendecirnos, quiere que vivamos bien, alegres, felices, para ello debemos comenzar a ser agradecidos a él por todo lo que tenemos. Que el milagro producido por las gentes agradecidas pueda tocarnos a cada uno de nosotros soy. Amen

El primer lugar para el Maestro


Pedro dijo entonces: «Nosotros hemos dejado nuestras posesiones, y te hemos seguido.»  Y Jesús les dijo: «De cierto les digo, que cualquiera que haya dejado casa, padres, hermanos, mujer, o hijos, por el reino de Dios, 30 recibirá mucho más en este tiempo, y en el tiempo venidero recibirá la vida eterna.»

 

Lucas 18:28-30

 

Vivimos en un mundo que resalta más lo material que lo espiritual. Todo se construye a base de lo material. Hombre y mujer se unen en matrimonio por amor, pero también por poseer esa vida de amor. La mujer quiere tener un buen esposo, el hombre tener una esposa que lo ame. Por lo menos ha sido así por milenios. Ambos ansían tener hijos, y si es un varoncito y una nena mejor. Pero para poder realizar este ideal de amor puro, hay que sortear muchas vallas materiales primero. El esposo como figura masculina tradicional es el que lleva el pan a la casa y para eso debe conseguir un buen trabajo, o quizás hoy en día también la mujer puede lograr un buen trabajo. En America del Sur aún subiste la figura masculina del hombre que trae la comida a la casa. Por tanto muchas mujeres no estudian carreras terciarias o universitarias que, les proporcionarían un mejor empleo pero también les demandaría más años, es por eso que las mujeres se casan más jóvenes. En Europa en cambio y también en Norteamérica, las mujeres son ya más independientes de esta figura tradicional y buscan mejores estudios y mejores empleos, esto hace que se casen más tarde. En síntesis ambos desde la adolescencia comienzan a embarcarse en el viaje de la obtención de los bienes materiales con ese fin. Para tener hijos hay que alimentarlos, hay que tener una casa, hay que mantenerlos, darles educación y por sobre todas las cosas nos gustaría vivir bien sin hacer demasiado sacrificio y poder descansar y disfrutar de la vida y del matrimonio que hemos formado.
Hay un chiste en Argentina acerca de esta temática.

Un norteamericano pasea por el Norte Argentino (en una zona donde se hacen chistes sobre la supuesta holgazaneria de la gente). Ve a un paisano acostado, bajo la sombra de un algarrobo. Desperdigadas, aquí y allá, sus cabras, algunos carneros y sus crías…—Mira —le dice el americano— con todas esas cabras, ¡la plata que podrías hacer! Sacando la leche, fabricando queso y vendiendo al por mayor.

— ¿Y para qué? —contesta el campesino.

— ¡Para acumular capital!

— ¿Y para qué quiero acumular capital? —pregunta el campesino.

— ¡Con ello compras máquinas y levantas instalaciones industriales!

— ¿Y para qué quiero todo eso?

— ¡Hombre, con eso ganarás un dineral y pronto podrás abrir sucursales por todos los pueblos, alrededor!

— ¿Y para qué? —sigue el campesino.

Casi sin poder dar crédito a lo que considera un grado inmenso de insensatez de su interlocutor, el alemán se arma de paciencia y lo ilustra: “Pues con una empresa grande, con muchas sucursales, tendrás ingresos de dinero por muchas partes, ¡y así te convertirás en millonario!

— ¿Y para qué quiero ser millonario? —se obstina el campesino.

— ¡Para descansar! Cuando llegas a ser millonario, ya no tienes que hacer nada. Tendrás muchos que trabajarán para vos, y podrás dedicarte solamente a descansar… ¡A descansar, tranquilo! —se entusiasma el americano.

Y contesta el campesino: “¿Y qué crees que estoy haciendo ahora?”

 

Pero, en todo ese proceso de querer buscar el amor de la pareja y el amor de la familia, nos perdemos en la maraña de los logros materiales. Algunos afortunados lo consiguen, otros deben seguir luchando hasta su jubilación para poder disfrutar de la familia y con sorpresa observan que los hijos ya están grandes y se han marchado del hogar, o hasta alguno de los cónyuges ha fallecido y ahora está solo. Que no se tiene la vitalidad como cuando se era joven y hasta pueden haber aparecido incluso algunas enfermedades imprevistas. Ni que hablar de aquellas parejas que en este proceso, se pelean por agendas extremadamente ocupadas y cargadas, se separan, o se engañan por la falta de atención o de amor entre sí.
Lo cierto es que la vida se nos pasa por ir en búsqueda de lo material y cuando estamos un poco en condiciones de disfrutar de lo material nos damos cuenta que todo lo demás se ha ido desgranando, por no decir caído en pedazos. Y en el proceso no hemos podido disfrutar aquel amor que decíamos perseguir.

Y allí nos llega Jesús que nos dice en el Evangelio de hoy: No se preocupen por su vida, ni por qué comerán o qué beberán; ni con qué cubrirán su cuerpo. ¿Acaso no vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido?… no se preocupen ni se pregunten “¿Qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos?”  Porque la gente anda tras todo esto, pero su Padre celestial sabe que ustedes tienen necesidad de todas estas cosas.  Por lo tanto, busquen primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas les serán añadidas. (Mt 6:25ss)

Esta es siempre una palabra bienvenida. Hay muchos cristianos que realmente le creen a Dios, cuando él habla en su palabra y logran vivir una vida más balanceada entre lo material y lo espiritual.
Y ese es el mensaje para el día de hoy lograr vivir una vida balanceada entre lo espiritual y lo material, una vida en equilibrio.
Cuando comenzamos a poner las cosas materiales en el primer lugar de nuestra vida todo comienza lamentablemente a desmoronarse, pues le falta el cimiento principal que es lo espiritual.
El ser humano se sostiene en primer lugar con la base espiritual, si estamos bien espiritualmente todo lo demás se logra.

Cuando pensamos que sólo las cosas espirituales son lo más importante en esta tierra, entonces descuidamos la vida de los demás y condenamos a los demás que necesitan de lo material, por ejemplo nuestros hijos, o nuestras iglesias o la sociedad en general donde haga falta lo material a vivir una vida sin calidad material.

Dios no se opone a las cosas materiales. De hecho, en esta tierra el nos creo como seres humanos de carne y hueso, no somos sólo espíritu, ni tampoco somos ángeles. Dios nos creo como seres humanos y Jesús nos trae un mensaje de esperanza que de todo lo material que necesitemos para nuestra vida él se va a ocupar, pero para ello la condición es que pongamos la parte espiritual en el primer lugar de nuestras vidas, no en el segundo lugar.
Jesús había dicho unos versículos más atrás a sus discípulos: « ¡Qué difícil es para los ricos entrar en el reino de Dios! Le es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de Dios.» (Vs. 24-25)

Y Pedro le pregunta preocupado:
«Nosotros hemos dejado nuestras posesiones, y te hemos seguido.»  Y Jesús les dijo: «De cierto les digo, que cualquiera que haya dejado casa, padres, hermanos, mujer, o hijos, por el reino de Dios,  recibirá mucho más en este tiempo, y en el tiempo venidero recibirá la vida eterna.»

Dios no está diciendo que debemos abandonar las cosas materiales de este mundo y en ella están incluidos también las personas, los parientes, la familia. Dios está diciendo que el primer lugar lo debe ocupar Jesucristo y su iglesia: la comunión de los santos. De la misma forma que leemos en el primer mandamiento: “No tendrás dioses ajenos delante de mí”. Ex 20:3

Y Jesús lo reformuló: «“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente.”  Éste es el primero y más importante mandamiento.  Y el segundo es semejante al primero: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo.”  De estos dos mandamientos dependen toda la ley y los profetas.»
En primer lugar lo debemos dar a las cosas espirituales, sin por ello descuidar a las personas. Pero el primer lugar lo debe tener Jesucristo y su iglesia, refiriéndonos de cuidar y preservar nuestro ser espiritual. Si de veras somos capaces de poner en primer lugar a Cristo por encima de todo lo demás en nuestras vidas no deberemos preocuparnos por el aspecto material en esta vida en la tierra. Esto significa que todo lo material será suplido también en esta tierra. Es un acto de fe, de confianza en Dios, donde dejamos de preocuparnos y comenzamos a ocuparnos de las cosas de cada día con la confianza en Dios que disipa todo temor, ansiedad y preocupación.
Jesús mismo nos promete hoy: «De cierto les digo, que cualquiera que haya dejado casa, padres, hermanos, mujer, o hijos, por el reino de Dios,  recibirá mucho más en este tiempo, y en el tiempo venidero recibirá la vida eterna.» Amen