Las consecuencias del pecado

“El Señor envió a Natán para que hablara con David. Cuando este profeta se presentó ante David, le dijo:
—Dos hombres vivían en un pueblo. El uno era rico, y el otro pobre. El rico tenía muchísimas ovejas y vacas; en cambio, el pobre no tenía más que una sola ovejita que él mismo había comprado y criado. La ovejita creció con él y con sus hijos: comía de su plato, bebía de su vaso y dormía en su regazo. Era para ese hombre como su propia hija. Pero sucedió que un viajero llegó de visita a casa del hombre rico, y como éste no quería matar ninguna de sus propias ovejas o vacas para darle de comer al huésped, le quitó al hombre pobre su única ovejita.
Tan grande fue el enojo de David contra aquel hombre, que le respondió a Natán:
—¡Tan cierto como que el Señor vive, que quien hizo esto merece la muerte! ¿Cómo pudo hacer algo tan ruin? ¡Ahora pagará cuatro veces el valor de la oveja!
Entonces Natán le dijo a David:
—¡Tú eres ese hombre! Así dice el Señor, Dios de Israel: “Yo te ungí como rey sobre Israel, y te libré del poder de Saúl. Te di el palacio de tu amo, y puse sus mujeres en tus brazos. También te permití gobernar a Israel y a Judá. Y por si esto hubiera sido poco, te habría dado mucho más. ¿Por qué, entonces, despreciaste la palabra del Señor haciendo lo que me desagrada? ¡Asesinaste a Urías el hitita para apoderarte de su esposa! ¡Lo mataste con la espada de los amonitas! Por eso la espada jamás se apartará de tu familia, pues me despreciaste al tomar la esposa de Urías el hitita para hacerla tu mujer.”…
Lo que tú hiciste a escondidas, yo lo haré a plena luz, a la vista de todo Israel.”
—¡He pecado contra el Señor! —reconoció David ante Natán.
—El Señor ha perdonado ya tu pecado, y no morirás —contestó Natán—. Sin embargo, tu hijo sí morirá, pues con tus acciones has ofendido al Señor.
Dicho esto, Natán volvió a su casa”.
2 Samuel 12:1-10.12-15a

 

En el día de hoy queremos hablar acerca de las consecuencias del pecado y también acerca de no querer o reconocer que somos pecadores.
Hoy se nos exhorta a tener la capacidad de reconocer nuestras faltas delante de Dios y la posibilidad de crecer en sabiduría para evitar vivir una vida en desobediencia a Dios con todas las consecuencias que ello implica.
Lo que hoy deseo predicar que, se desprende especialmente del texto del profeta Samuel, es un tanto difícil comunicarlo desde el púlpito. Es difícil porque no queremos ponernos en el lugar de Dios, porque no nos corresponde ni tampoco sabemos sobre esto. Y esto es concretamente, tratar de responder a la pregunta: ¿por qué nos suceden las cosas malas que nos pasan?
Hay muchas personas que, luego de un suceso malo se preguntan, por qué esto me pasa a mí. O personas que sucesivamente experimentan cosas malas en su vida. ¿Por qué? Podríamos responder desde la Biblia por qué nos suceden estas cosas. Y en este día, podremos irnos a nuestros hogares con cierto conocimiento de por qué nos pasan las cosas que nos pasan.
En la Biblia el apóstol nos dice: “No se engañen: de Dios nadie se burla. Cada uno cosecha lo que siembra”. (Gl 6:7)
Esta es la lógica del universo que está también registrado en la Biblia. El principio físico de acción y reacción. O como esas filosofías de la “New Age” que, hoy pululan como “la ley de atracción” que, por otro lado no están muy lejos de lo que la Biblia ya expresa. En palabras simples lo que hacemos en la vida tiene sus consecuencias. Esas consecuencias pueden ser buenas o malas dependiendo directamente de nuestros pensamientos, palabras o acciones.
Es difícil predicar esto, pues no podemos aseverar que, tal o cual cosa que nos sucede es producto de alguna cosa mala que hemos pensado, dicho o hecho. Cuando nos creemos que podemos saber, discernir y juzgar sobre la vida de los demás nos convertimos en soberbios y necios y no nos damos cuenta que erramos y perdemos la humildad que Dios está queriendo de nosotros.
Pero sí es verdad poder decir que, todo aquello que pensamos, decimos y hacemos que no corresponde a lo que Dios nos pide, a partir de su palabra, tendrá sus consecuencias, independientemente que Dios nos ame y constantemente nos perdone.
Una prueba de ello se nos narra en la historia de David.
David en su soberbia, comete un pecado, una mala acción, manda a matar indirectamente a uno de sus generales para quedarse con su mujer. Embriagado de poder, no se da cuenta de la magnitud de su mala acción. Y cree poder ocultarla. Sin embargo Dios le revela esto al profeta Natán y él viene a escarmentarlo. David en su vergüenza y culpa no tiene más que arrepentirse y desesperado clama el perdón de Dios. Natán le asegura que Dios le perdonará, pero también le previene que tendrá que sufrir las consecuencias de ello. La consecuencia en este caso es la muerte de su hijo.
Muchas veces confundimos. Creemos que Dios castiga a David. Dios no puede hacerlo, pues él es un Dios de amor, un Dios perdonador. En todo caso, así como lo expresaba la sabia palabra del apóstol a los Gálatas, nosotros tenemos libre albedrío para pensar, hablar y actuar y en eso somos totalmente responsables de las consecuencias.
Lo mismo sucede en nuestras vidas. Dios está a nuestro lado cuidándonos, protegiéndonos. El quiere que vivamos una vida hacia la perfección y en la abundancia de sus bendiciones, pero está en nosotros cultivar una relación con Dios basada en nuestra humildad hacia él y en su sabiduría. Es difícil poder siquiera afirmarlo, pero es claro que todas las experiencias de nuestras vidas tienen una íntima relación con el tipo de pensamientos, palabras y acciones que tengamos.
Si estos están basados en lo que Dios nos pide, tendremos cada vez menos posibilidades de cosechar cosas que Dios no quiere para nosotros.
Es por eso que, es tan importante estar ligados a Dios, por medio del estudio de la palabra, la oración, la comunión con otros cristianos en nuestra iglesia y una decisión consciente de obedecer a Dios en pensamientos, palabras y acciones.
Se dice que, David, luego de haber reconocido este pecado escribió este conocido salmo 51, del cual queremos leer los siguientes versículos:

“Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio,
y renueva la firmeza de mi espíritu.
No me alejes de tu presencia
ni me quites tu santo Espíritu.
Devuélveme la alegría de tu salvación;
que un espíritu obediente me sostenga.
Así enseñaré a los transgresores tus caminos,
y los pecadores se volverán a ti”. (Sal 51:10-13)

Esa es la oración que estamos invitados a hacer cada uno de nosotros cuando pecamos. Dios nos perdona una y otra vez eso es seguro. El quiere vernos bien, felices, prósperos, bendecidos caminando hacia la vida en plenitud ya desde el mismo momento de nuestro nacimiento espiritual. Pero está en nosotros que tengamos la capacidad de ser humildes a sus mandatos e intentar vivir una vida como a él le place.
Esta historia de David y el profeta Natán es una historia sobre el pecado del ser humano y también sobre la gracia de Dios. Dios perdonó este gran pecado a David, en una forma que, incluso permitió que David fuera uno de los reyes más importantes y personajes más importantes de su pueblo y para Dios. Pero también se nos recuerda que, en aquel momento preciso de su vida, David, plantó la semilla de sus malos actos cuyas consecuencias tuvo que, asumirlas, independientemente del perdón y de la gracia de Dios. Queremos aprender del rey David. Queremos aprender a confesar nuestros pecados a un Dios que sí perdona y queremos tener la sabiduría de saber que el tipo de acciones que hagamos tendrán su consecuencia en la calidad de vida que queramos vivir.
Una vez un hombre le confesó a su pastor que, había cometido un acto deshonesto. Concretamente había robado. Le había robado una importante suma de dinero a un amigo. Entonces luego se arrepintió de ese pecado, pues el pecado no confesado le carcomía interiormente. Y le confesó su pecado al pastor. ¿Y qué le aconsejó aquel pastor? Le dijo: Usted tendría que tratar de remediar ese pecado. Devuelva ese dinero. Si no es posible devuélvalo a sus parientes o a alguien que lo necesite, así como lo tomó, devuelva. Y luego estimado hermano prepárese para asumir las consecuencias de ese pecado, si es que ya no las está sufriendo. ¿Cómo las consecuencias dijo el hombre? ¿Acaso Dios no me perdona, acaso Dios me castigará? No, le dijo el pastor, Dios le perdonó en el mismo momento que usted se arrepintió de su pecado. Dios lo limpió así como dice en la Biblia:
“Vengan, pongamos las cosas en claro —dice el Señor—.¿Son sus pecados como escarlata? ¡Quedarán blancos como la nieve! ¿Son rojos como la púrpura? ¡Quedarán como la lana!” (Is 1:18).
Pero, recuerde que, usted sembró una semilla con su mala acción, y esa semilla germinará y crecerá, quizás luego se secará, pero mientras tanto tendrá que soportar el crecimiento de esa semilla. Esas son las consecuencias del pecado. Y muchas veces lo que vemos crecer en nuestras vidas es la consecuencia de lo que hemos sembrado y que tendremos que aguantarlo.
Cómo saber qué tipo de pensamientos pensar, qué tipo de palabras decir y qué tipo de acciones concretas tenemos que mostrar, a eso todo lo encontramos en la Biblia la palabra de Dios, pero una buena guía sería aquellas palabras de Jesucristo que nos dicen:
“Así que en todo traten ustedes a los demás tal y como quieren que ellos los traten a ustedes. De hecho, esto es la ley y los profetas”. (Mt 7:12).
Pensemos de los demás como nos gustaría que los demás piensen sobre nosotros, pensemos acerca de cómo nos gustaría que nuestra vida realmente sea; hablemos de los demás así como nos gustaría que los demás hablen de nosotros, hablemos palabras de fe y confianza a nosotros mismos y a los demás; y actuemos de la misma manera que nos gustaría que los demás actuaran con nosotros. Y recordar que todo lo que hagamos sea para Dios en primer lugar. Esa es una primera guía, para comenzar a sembrar la buena semilla que dará buena cosecha en nuestras vidas.
Por eso el Señor hoy nos llama a ser sabios y a ser humildes a su palabra y obedecerle. Que nuestro pensamiento sea puro conforme al Espíritu Santo de Dios, nuestras palabras sean de bendición conforme a Dios y que nuestros hechos sean aquellos que, su Hijo Jesucristo nos enseño.
En la vida nos irá cada día mejor y tendremos una cosecha de amor en nosotros, nuestra familia y nuestra iglesia si de veras nos conducimos con humildad hacia su palabra y con sabiduría en nuestros pensamientos palabras y acciones. Amen.

11mo. Domingo después de Trinidad- [Ciclo VI del Leccionario Evangélico Sexenal de textos para la predicación dominical].

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