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Volver a los Evangelios

Sermón para el día de la Reforma 500 años
 Mateo 10:26-33
»Así que, no los teman, porque no hay nada encubierto que no haya de ser manifestado, ni nada oculto que no haya de saberse.  Lo que les digo en las tinieblas, díganlo en la luz; y lo que oyen al oído, proclámenlo desde las azoteas.  No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Más bien, teman a aquel que puede destruir alma y cuerpo en el infierno.  ¿Acaso no se venden dos pajarillos por unas cuantas monedas? Aun así, ni uno de ellos cae a tierra sin que el Padre de ustedes lo permita,  pues aun los cabellos de ustedes están todos contados.  Así que no teman, pues ustedes valen más que muchos pajarillos.  A cualquiera que me confiese delante de los hombres, yo también lo confesaré delante de mi Padre que está en los cielos.  Y a cualquiera que me niegue delante de los hombres, yo también lo negaré delante de mi Padre que está en los cielos.


A cualquiera que me confiese delante de los hombres, yo también lo confesaré delante de mi Padre que está en los cielos. Y a cualquiera que me niegue delante de los hombres, yo también lo negaré delante de mi Padre que está en los cielos.
¡Qué versículo desafiante, especialmente pensando en nuestros días, donde hay tantos mártires en el mundo que aún siguen predicando al Dios vivo de la Biblia, y donde también hay tantas iglesias que diluyen el mensaje de la palabra de Dios, la Biblia!
Lutero supo muy bien qué quería decir esta palabra para hoy. Lo descubrió cuando pudo leer la Biblia por primera vez. Y sintió que todas las verdades claras y sencillas de la Biblia tenía que comunicarlas a su comunidad. La valentía de Lutero consistió en liberar el poder de la verdad clara y sencilla de la Biblia para y que sea entendible para toda la gente. Esta Palabra llegó a transformar el mundo en aquella época.
Y esa palabra también nos desafía hoy a seguir proclamando la única verdad de la Biblia de una forma clara, sencilla, directa pero desafiante. En la historia de la iglesia cristiana cada vez que hubo un movimiento de avivamiento y de fuerte presencia del Espíritu Santo fue cuando los creyentes volvieron a re-leer y a creer en la palabra de Dios, la Biblia, como verdadera Palabra de Dios por encima de los conocimientos del mundo.
Y eso está pasando lamentablemente en nuestra sociedad hoy en día donde muchos creyentes llegan a diluir el mensaje de la Biblia para adaptarlos a los caprichos de la sociedad de turno. Y Lutero se caracterizó precisamente en guiarse según las Sagradas Escrituras y no las enseñanzas del mundo de su época.
Cada uno de nosotros como creyentes y cada una de nuestras iglesias recibirá la bendición de Dios y recibirá la unción de Dios en tanto vuelva una y otra vez a poner la sola autoridad de las Sagradas Escrituras y así confesar a Jesucristo delante de los hombres.
Lutero, al comenzar a leer la Biblia, al volver a las fuentes del Evangelio, se sintió aliviado, reconfortado y amado por Dios y libre de los requerimientos que la iglesia decía que había que cumplimentar para “ganarse el cielo”. Se dio cuenta que las verdaderas buenas obras son las que brotan de un corazón agradecido producto de la fe en Jesucristo. Así como él dijo: “La fe en Cristo es el comienzo de todas las buenas obras”. Son obras de amor al prójimo y no una competencia hacia la salvación. Los sacrificios impuestos por las religiones y todas las exigencias (ayunos, celibato, renuncias, sacrificios personales, procesiones) no conducen a nada. Por el contrario, por una parte producen jactancia porque quien los practica se cree ya mejor que los demás y por otra parte llevan a la desesperación porque nadie puede llegar a cumplimentar todo a la perfección.
Es por eso que uno de los re-descubrimientos más grandes que hizo Lutero fue al leer la Biblia y comprobar la verdad hasta ese momento oculta de la misma y entonces así él resumió en cinco aspectos fundamentales que no tenemos que perder de vista para nuestra salvación:
Sólo por la fe
En la época de Lutero, la gente se acercaba a la iglesia por miedo a ir al infierno. La gente corría detrás de hacer todo lo posible para asegurar el perdón ya en esta tierra.
Es muy probable que en nuestros días poca gente corra detrás del perdón y se interese muy poco por la vida más allá de la muerte, pero casi todos corren detrás de ser reconocidos y valorados en la sociedad en que viven.
Lo que Lutero redescubrió fue que el reconocimiento y el valor en esta vida lo podemos recibir en un instante y de forma gratuita de parte de Dios. Ningún estudio o carrera, ningún sacrificio, ninguna vida de riquezas materiales, ningún esfuerzo de la voluntad nos podrá hacer perfectos. Ningún cumplimiento estricto de la religión nos asegura la vida eterna. Ninguna obra de bien en la sociedad o voluntariados o sacrificio nos acercará más a Dios o nos perdonará nuestros pecados. Sólo por la fe podemos acercarnos a Dios, obtener su perdón y vivir como cristianos. ¿Qué es la fe? No es una simple aceptación de alguna doctrina, sino una confianza profunda en Dios y nuestra decisión de entregar nuestra vida a EL. Es la confianza en que por la muerte sacrificial de Cristo mi culpa por mi pecado ya ha sido pagada y que Dios me transforma en una nueva. Es saber que soy indigno, pero que Dios me regala dignidad. Es confiar en que Dios me ama y me invita a su reino. La religión es muchas veces sólo un paquete de tradiciones heredadas y de ceremonias y ritos del pasado, pero la fe es una experiencia del perdón del pecado y de una vida nueva en comunidad. Es sabernos aceptados por Dios, e invitados a vivir en comunión con otras personas. Dios nos ama, Dios nos perdona por la obra de Cristo, Dios cambia nuestra vida. Dios nos coloca en una iglesia. Dios crea con nosotros y con los otros creyentes en Jesucristo una familia nueva que vive de manera distinta y hasta muy a menudo opuesta a la manera de vivir de la sociedad. Con los cristianos, Dios crea una alternativa al mundo, un mundo diferente, como decimos ‘santo”.
¿De dónde proviene la fe? Por la predicación y la enseñanza de la Palabra de Dios, aceptada precisamente con fe, en medio de una congregación en la que todos los discípulos se apoyan uno al otro.
“Sabemos que el hombre no es justificado por las obras de la ley sino por la fe de Jesucristo” (Gal 2:16)
Sólo por la Gracia
Quiere decir que Dios perdona al pecador gratuitamente y por misericordia, y no porque deba de hacer cosas. Hace quinientos años la gente no sabía cómo ganarse la bendición de Dios. Cuanto mayor era el sacrificio, tanto mayor se creía que sería la obra. Algunos hasta se auto flagelaban en extremo. La Reforma insistió en que Dios regala la salvación. Dios no tiene que recompensar nada a nadie. Lo que hace, lo hace sólo porque quiere. Así es el amor verdadero; no se vende ni se compra, sino que se regala, se acepta y se vive. Pero hay que resaltar algo muy importante que hay sólo una condición para que Dios nos regale esa salvación y esa condición es arrepentirnos de nuestros pecados y decidir comenzar a creer en Jesucristo como Señor y Salvador nuestro y decidir comenzar a comprometer nuestra vida a Dios por fe, ese el primer paso. La condición es por tanto la fe.
Ciertamente la gracia de Dios los ha salvado por medio de la fe. Ésta no nació de ustedes, sino que es un don de Dios (Ef 2:8)

Sólo la Palabra, las Sagradas Escrituras o la Biblia
¿De dónde provenían todas aquellas reglas y las enseñanzas sobre los castigos del purgatorio, las indulgencias, los sacrificios personales, la necesidad de obras buenas? ¿De dónde salió la el negocio del perdón de Dios? ¿De dónde salió el negocio con la gracia de Dios? ¿Fue acaso de la Biblia? Por supuesto que no.
Durante muchos siglos había crecido en la iglesia innumerables enseñanzas humanas, especulaciones, tradiciones populares, decisiones de la institución iglesia, creencias y costumbres. Esa selva había tapado el mensaje bíblico. La Reforma volvió a sostener que solamente la Biblia es la fuente y norma para la fe y la vida cristiana. Por ello rechazó todo lo que no se encontraba en la Biblia. Entre esas creencias rechazadas se hallan las obras que otorgan méritos, las indulgencias, el purgatorio. Sólo así pudo volver a enfatizarse la obra de Cristo. La Reforma colocó la predicación entendible, clara, sencilla y directa en el centro de la adoración y promovió la Biblia entre todos los creyentes. Todos los que creen en Cristo deben conocer la Palabra de Dios, alimentar con ella su fe y conducir su vida a partir de ésta. Sin la lectura de la Biblia es imposible la fe cristiana.
“Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia” (2 Tim 3:16)

Sólo por medio de Cristo
Durante la Edad Media se había formado la aceptación de un gran número de mediadores entre Dios y los seres humanos: vírgenes, santos y patronos de todo tipo, los sacerdotes mismos, las obras de sacrificio de los fieles, las indulgencias, las reliquias (sobre todo, huesos y otros restos de santos). Una vez redescubierto el valor incomparable de la obra de Cristo, la Reforma insistió en que solamente Cristo él es mediador y salvador de los que creen. La salvación es sólo su obra. Toda otra ayuda o intermediación es innecesaria y además contraria a la Biblia.
La reforma redescubrió que cada creyente puede y debe tener una relación viva con su Señor. Esa relación se mantiene a través de la oración, el estudio de la Biblia y la participación activa en la congregación.
Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, que es Jesucristo hombre (1 Tim 2:5)
Y el quinto aspecto:
Sólo a Dios sea la gloria
Todo lo que somos y hagamos lo hacemos para honrar a Dios y porque él nos lo permite.
Muchas de las prácticas equivocadas de aquella época ya han quedado en gran parte superadas. No es necesario mantener una animosidad hacia los cristianos de la fe católica, como se hizo en el pasado. Pero lo que sí debemos hacer es afirmar nuestra propia fe en los evangelios. Tenemos que saber en qué y en quién creemos, saber por qué lo creemos, tener la certeza personal de que vivimos del perdón de Dios, y participar con convicción en la congregación de creyentes. Si creemos, sentimos y sabemos esto, y si nos mantenemos unidos a nuestra Iglesia y participamos activamente en su misión, crecerá en nosotros la verdadera y renovada fe en Cristo de la misma manera que Lutero quiso enseñar a la iglesia de su tiempo.
Que el Señor nos pueda dar la fe que, no es otra cosa que un milagro de Dios, pues no todos pueden creer, sólo los que son tocados por el Espíritu Santo; pero también la decisión de creer, pues hay muchos que saben que Dios es real pero no se deciden a confiar su vida a él todavía; Que nos de la valentía de ser creyentes pero también de ser testigos de Jesucristo y de hablar sobre lo que sólo la Biblia dice sobre Cristo con aquellos que todavía no lo conocen; Valentía que delante de Dios se transformará en bendición y dicha para nuestras vidas y nuestras iglesias. Amén.

Dar las gracias

Uno de entre la multitud le pidió:

—Maestro, dile a mi hermano que comparta la herencia conmigo.

—Hombre —replicó Jesús—, ¿quién me nombró a mí juez o árbitro entre ustedes?

»¡Tengan cuidado! —advirtió a la gente—. Absténganse de toda avaricia; la vida de una persona no depende de la abundancia de sus bienes.

Entonces les contó esta parábola:

—El terreno de un hombre rico le produjo una buena cosecha.  Así que se puso a pensar: “¿Qué voy a hacer? No tengo dónde almacenar mi cosecha.”  Por fin dijo: “Ya sé lo que voy a hacer: derribaré mis graneros y construiré otros más grandes, donde pueda almacenar todo mi grano y mis bienes.  Y diré: Alma mía, ya tienes bastantes cosas buenas guardadas para muchos años. Descansa, come, bebe y goza de la vida.”  Pero Dios le dijo: “¡Necio! Esta misma noche te van a reclamar la vida. ¿Y quién se quedará con lo que has acumulado?”

»Así le sucede al que acumula riquezas para sí mismo, en vez de ser rico delante de Dios.

Lucas 12:13-21

Hoy y el próximo fin de semana también, debería ser un día de fiesta.
Podemos probar hacer un desafío a la gratitud
Siempre decimos que tenemos que contar nuestras bendiciones, hagámoslo entonces, en casa. Escribamos una lista de 100 cosas por las cuales estés agradecido. Algunos pueden pensar que son muchas. Si este es el caso, intenta esto entonces:
Escribe el nombre de 10 personas por las cuales estés agradecido.
Escribe el nombre de 10 personas que hayan fallecido por las cuales estés agradecido.
Escribe 10 aptitudes físicas por las cuales estés agradecido.
Escribe 10 posesiones materiales por las cuales estés agradecido.
Escribe 10 cosas sobre la naturaleza por las cuales estés agradecido.
Escribe 10 cosas sobre las cuales en el día de hoy estés agradecido.
Escribe 10 lugares en la tierra sobre los cuales estés agradecido.
Escribe 10 inventos modernos sobre los cuales estés agradecido.
Escribe 10 comidas sobre las cuales estés agradecido.
Escribe 10 cosas del Evangelio sobre las cuales estés agradecido.

Cuando hacemos una lista como esta, descubriremos que una lista de 100 cosas ni siquiera se arrima a arañar la superficie de todas las cosas que Dios nos ha dado.

Y por qué es así, porque cuando comenzamos a agradecer, y no sólo agradecer a la gente, sino a Dios por cada cosa que tenemos comenzamos a valorar nuestras bendiciones. La gente por lo general mira lo que le falta y no lo que tiene. La mayoría de la gente es de la cultura de mirar el medio vaso vacío y no el medio que está lleno. Y al comportarnos de esa manera no estamos agradando a Dios.
Hay muchos que afirman que, no es que son desagradecidos, ellos dicen no querer ser conformistas, quieren lograr la perfección en las cosas, o la excelencia. Pero sabemos que las cosas perfectas no existen. El único perfecto es Dios. Muchas veces no podemos agradecer porque nos han educado con la crítica constante. Nos han dicho esto no se hace de esa manera, más bien se hace así. Y en cada momento cuando hacíamos algo cuando éramos niños se nos criticaba y se nos decía que había que hacerlo mejor que, como lo hacíamos no era suficiente, no estaba bien. Y nos hemos criado con esa mentalidad y lamentablemente también criamos a nuestros hijos de la misma manera y si eso no se corta en algún momento vamos a seguir así, sin saber que, la crítica no conduce a nada. La crítica no conduce a la perfección, la crítica sólo conduce a más crítica y a menos agradecimiento, a menos reconocimiento de todo por lo cual podemos estar agradecidos. La crítica no nos permite ser agradecidos. Tenemos que ser más agradecidos y menos críticos.

Dios quiere que seamos perfectos, pero perfectos en al amor, perfectos en la fe y la confianza en él, perfectos en la obediencia a su palabra, perfectos en cumplir las cosas que él nos pide en su palabra. Y la bendición o el premio de buscar la perfección en las cosas de Dios son las cosas que en realidad estábamos buscando: las bendiciones materiales de esta vida que vienen incluidas con nuestra salvación. Es por eso que se nos dice en Mateo 6:25ss: »Por eso les digo: No se preocupen por su vida, qué comerán o beberán; ni por su cuerpo, cómo se vestirán. ¿No tiene la vida más valor que la comida, y el cuerpo más que la ropa? Fíjense en las aves del cielo: no siembran ni cosechan ni almacenan en graneros; sin embargo, el Padre celestial las alimenta. ¿No valen ustedes mucho más que ellas? ¿Quién de ustedes, por mucho que se preocupe, puede añadir una sola hora al curso de su vida?

»¿Y por qué se preocupan por la ropa? Observen cómo crecen los lirios del campo. No trabajan ni hilan; sin embargo, les digo que ni siquiera Salomón, con todo su esplendor, se vestía como uno de ellos. 30 Si así viste Dios a la hierba que hoy está en el campo y mañana es arrojada al horno, ¿no hará mucho más por ustedes, gente de poca fe? Así que no se preocupen diciendo: “¿Qué comeremos?” o “¿Qué beberemos?” o “¿Con qué nos vestiremos?” Porque los paganos andan tras todas estas cosas, y el Padre celestial sabe que ustedes las necesitan. Más bien, busquen primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas les serán añadidas”.
Esta palabra nos enseñan que quien quiera ser rico en esta vida y vivir una vida llena de bendiciones, primero debe ser rico para con Dios.

Dios es un Dios de amor, él siempre quiere bendecir y quiere que obtengamos la salvación. Pero para ello en primer lugar debemos reconocer que él es Dios. Que es el creador de todo lo que existe y que nos creó también a cada uno de nosotros. La vida que tenemos hoy, si hoy estamos aquí en esta iglesia respirando es porque él lo quiere, no porque el médico lo pueda decidir. La vida del médico también le pertenece a Dios. Dios puede sanar, Dios puede resucitar a los muertos, Dios puede prosperar a los pobres, Dios puede cambiar el clima, Dios puede cambiar las circunstancias externas de cualquier persona, comunidad, iglesia, ciudad, gobierno con el abrir y cerrar de ojos. Cuantos países y gobiernos que parecían eternos e inamovibles desaparecieron de la faz de la tierra y ya no existen más, más la Palabra de Dios continúa: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras jamás pasarán” nos dice Jesús” (Mt 24:35).

En este día en el cual recordamos el día de acción de gracias según la tradición europea y el fin de semana que viene según la tradición de nuestro país, Dios nos quiere hablar a cada uno de nosotros con las palabras del evangelio con una palabra fuerte del mismo Jesús:
“¡Necio! Esta misma noche te van a reclamar la vida. ¿Y quién se quedará con lo que has acumulado?”
¿Quiénes son los necios? La palabra necio significa: Ignorante y que no sabe lo que podía o debía saber; imprudente o falto de razón; terco y porfiado en lo que hace o dice. Claro está todo esto en relación a creer en Dios, a aceptar la Palabra de Dios, a comenzar a poner las cosas de Dios en su primer lugar en la vida. A aceptar que la vida en primer lugar que me permite trabajar, progresar, prosperar, conseguir cosas, construir, hacerme rico o hacer rico a mi familia, la vida que es el comienzo de toda bendición, viene de Dios, él la da y él la quita. Pero no sólo que quita la vida sino que en este caso de la parábola el necio por ser necio no sólo pierde toda su riqueza material, sino también pierde su vida y lo más grave pierde su salvación.
Es una palabra fuerte, la palabra de Jesús, pero es la verdad. Aunque afortunadamente esta palabra de Jesús es sólo para los necios, no es para nosotros hoy aquí. Porque suponemos que los que estamos hoy aquí, sabemos que es Dios quien da la vida y quien es nuestro Señor y Salvador y a él queremos honrar cuando venimos a la iglesia cada domingo y a él queremos obedecer porque de él depende que nosotros tengamos bendiciones en nuestra vida. Cuando nos alejamos, nos separamos de Dios comenzamos a vivir una vida a nuestra manera, pero ya sin la bendición de Dios.

Muchas personas piensan, como dijimos el domingo pasado que, todo lo que tienen lo han conseguido por sus propios esfuerzos y su propia inteligencia, por su propio trabajo duro y por su propio rendimiento. Pero el evangelio del día del hoy nos dice que quien da todo esto es Dios. El que permite que obtengamos todo lo material que tenemos es Dios. El Dios que da la vida. Eso es lo más importante para el día de hoy. Si hoy puedes irte a tu casa sabiendo esto, que Dios es el que te da todo, comenzando por la vida, y el que te dará todo y te lo conservará todo e incluso te lo aumentará todo, lo hará conforme a tu entrega a él. Y no menos importante, luego de esta vida por tu fe, tu confianza y tu entrega a él te dará la salvación eterna; aunque eso no es para todos. No nos confundamos Dios es amor y es bueno. Pero como decimos todos los domingos en la iglesia: “Y vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos” Va a ver un juicio, pero sólo los necios serán hallados culpables en ese juicio. No nosotros, los que decidimos amarle y creer en él, creer que él es nuestro Señor y Dios y Creador de todo lo que existe y nos quiere dar una cosecha abundante de todo ya comenzando en esta vida en la tierra.
Esa es la promesa de cosecha más grande que queremos compartir hoy. Y por eso queremos estar agradecidos. En el momento que empiezas a dar gracias con ese espíritu, todo comienza a cambiar en tu vida. Te sientes cada día mejor cuando comienzas el día agradeciendo y no en cambio quejándote por todo lo que te falta. Tu respiración se tranquiliza, tu ritmo cardíaco se normaliza, tu salud en general, tu vida física comienza a mejorar porque has decidido poner tu confianza, tu vida en Dios, has decidido comenzar a ser sabio e inteligente y a saber que si te haces socio de Dios, todo, es decir todo, comienza a mejorar en tu vida y claro está más allá de ésta.
Antes de irte a la cama hoy, haz el ejercicio de contar las cosas por las cuales estás agradecido y verás que comenzarás a estar mejor. Deja de criticar y quejarte, más bien agradece y veras que el amor de Dios comienza a cubrir tu vida y a cambiar las cosas que parecen no moverse. Jesús quiere bendecirnos, quiere que vivamos bien, alegres, felices, para ello debemos comenzar a ser agradecidos a él por todo lo que tenemos. Que el milagro producido por las gentes agradecidas pueda tocarnos a cada uno de nosotros soy. Amen

El primer lugar para el Maestro


Pedro dijo entonces: «Nosotros hemos dejado nuestras posesiones, y te hemos seguido.»  Y Jesús les dijo: «De cierto les digo, que cualquiera que haya dejado casa, padres, hermanos, mujer, o hijos, por el reino de Dios, 30 recibirá mucho más en este tiempo, y en el tiempo venidero recibirá la vida eterna.»

 

Lucas 18:28-30

 

Vivimos en un mundo que resalta más lo material que lo espiritual. Todo se construye a base de lo material. Hombre y mujer se unen en matrimonio por amor, pero también por poseer esa vida de amor. La mujer quiere tener un buen esposo, el hombre tener una esposa que lo ame. Por lo menos ha sido así por milenios. Ambos ansían tener hijos, y si es un varoncito y una nena mejor. Pero para poder realizar este ideal de amor puro, hay que sortear muchas vallas materiales primero. El esposo como figura masculina tradicional es el que lleva el pan a la casa y para eso debe conseguir un buen trabajo, o quizás hoy en día también la mujer puede lograr un buen trabajo. En America del Sur aún subiste la figura masculina del hombre que trae la comida a la casa. Por tanto muchas mujeres no estudian carreras terciarias o universitarias que, les proporcionarían un mejor empleo pero también les demandaría más años, es por eso que las mujeres se casan más jóvenes. En Europa en cambio y también en Norteamérica, las mujeres son ya más independientes de esta figura tradicional y buscan mejores estudios y mejores empleos, esto hace que se casen más tarde. En síntesis ambos desde la adolescencia comienzan a embarcarse en el viaje de la obtención de los bienes materiales con ese fin. Para tener hijos hay que alimentarlos, hay que tener una casa, hay que mantenerlos, darles educación y por sobre todas las cosas nos gustaría vivir bien sin hacer demasiado sacrificio y poder descansar y disfrutar de la vida y del matrimonio que hemos formado.
Hay un chiste en Argentina acerca de esta temática.

Un norteamericano pasea por el Norte Argentino (en una zona donde se hacen chistes sobre la supuesta holgazaneria de la gente). Ve a un paisano acostado, bajo la sombra de un algarrobo. Desperdigadas, aquí y allá, sus cabras, algunos carneros y sus crías…—Mira —le dice el americano— con todas esas cabras, ¡la plata que podrías hacer! Sacando la leche, fabricando queso y vendiendo al por mayor.

— ¿Y para qué? —contesta el campesino.

— ¡Para acumular capital!

— ¿Y para qué quiero acumular capital? —pregunta el campesino.

— ¡Con ello compras máquinas y levantas instalaciones industriales!

— ¿Y para qué quiero todo eso?

— ¡Hombre, con eso ganarás un dineral y pronto podrás abrir sucursales por todos los pueblos, alrededor!

— ¿Y para qué? —sigue el campesino.

Casi sin poder dar crédito a lo que considera un grado inmenso de insensatez de su interlocutor, el alemán se arma de paciencia y lo ilustra: “Pues con una empresa grande, con muchas sucursales, tendrás ingresos de dinero por muchas partes, ¡y así te convertirás en millonario!

— ¿Y para qué quiero ser millonario? —se obstina el campesino.

— ¡Para descansar! Cuando llegas a ser millonario, ya no tienes que hacer nada. Tendrás muchos que trabajarán para vos, y podrás dedicarte solamente a descansar… ¡A descansar, tranquilo! —se entusiasma el americano.

Y contesta el campesino: “¿Y qué crees que estoy haciendo ahora?”

 

Pero, en todo ese proceso de querer buscar el amor de la pareja y el amor de la familia, nos perdemos en la maraña de los logros materiales. Algunos afortunados lo consiguen, otros deben seguir luchando hasta su jubilación para poder disfrutar de la familia y con sorpresa observan que los hijos ya están grandes y se han marchado del hogar, o hasta alguno de los cónyuges ha fallecido y ahora está solo. Que no se tiene la vitalidad como cuando se era joven y hasta pueden haber aparecido incluso algunas enfermedades imprevistas. Ni que hablar de aquellas parejas que en este proceso, se pelean por agendas extremadamente ocupadas y cargadas, se separan, o se engañan por la falta de atención o de amor entre sí.
Lo cierto es que la vida se nos pasa por ir en búsqueda de lo material y cuando estamos un poco en condiciones de disfrutar de lo material nos damos cuenta que todo lo demás se ha ido desgranando, por no decir caído en pedazos. Y en el proceso no hemos podido disfrutar aquel amor que decíamos perseguir.

Y allí nos llega Jesús que nos dice en el Evangelio de hoy: No se preocupen por su vida, ni por qué comerán o qué beberán; ni con qué cubrirán su cuerpo. ¿Acaso no vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido?… no se preocupen ni se pregunten “¿Qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos?”  Porque la gente anda tras todo esto, pero su Padre celestial sabe que ustedes tienen necesidad de todas estas cosas.  Por lo tanto, busquen primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas les serán añadidas. (Mt 6:25ss)

Esta es siempre una palabra bienvenida. Hay muchos cristianos que realmente le creen a Dios, cuando él habla en su palabra y logran vivir una vida más balanceada entre lo material y lo espiritual.
Y ese es el mensaje para el día de hoy lograr vivir una vida balanceada entre lo espiritual y lo material, una vida en equilibrio.
Cuando comenzamos a poner las cosas materiales en el primer lugar de nuestra vida todo comienza lamentablemente a desmoronarse, pues le falta el cimiento principal que es lo espiritual.
El ser humano se sostiene en primer lugar con la base espiritual, si estamos bien espiritualmente todo lo demás se logra.

Cuando pensamos que sólo las cosas espirituales son lo más importante en esta tierra, entonces descuidamos la vida de los demás y condenamos a los demás que necesitan de lo material, por ejemplo nuestros hijos, o nuestras iglesias o la sociedad en general donde haga falta lo material a vivir una vida sin calidad material.

Dios no se opone a las cosas materiales. De hecho, en esta tierra el nos creo como seres humanos de carne y hueso, no somos sólo espíritu, ni tampoco somos ángeles. Dios nos creo como seres humanos y Jesús nos trae un mensaje de esperanza que de todo lo material que necesitemos para nuestra vida él se va a ocupar, pero para ello la condición es que pongamos la parte espiritual en el primer lugar de nuestras vidas, no en el segundo lugar.
Jesús había dicho unos versículos más atrás a sus discípulos: « ¡Qué difícil es para los ricos entrar en el reino de Dios! Le es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de Dios.» (Vs. 24-25)

Y Pedro le pregunta preocupado:
«Nosotros hemos dejado nuestras posesiones, y te hemos seguido.»  Y Jesús les dijo: «De cierto les digo, que cualquiera que haya dejado casa, padres, hermanos, mujer, o hijos, por el reino de Dios,  recibirá mucho más en este tiempo, y en el tiempo venidero recibirá la vida eterna.»

Dios no está diciendo que debemos abandonar las cosas materiales de este mundo y en ella están incluidos también las personas, los parientes, la familia. Dios está diciendo que el primer lugar lo debe ocupar Jesucristo y su iglesia: la comunión de los santos. De la misma forma que leemos en el primer mandamiento: “No tendrás dioses ajenos delante de mí”. Ex 20:3

Y Jesús lo reformuló: «“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente.”  Éste es el primero y más importante mandamiento.  Y el segundo es semejante al primero: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo.”  De estos dos mandamientos dependen toda la ley y los profetas.»
En primer lugar lo debemos dar a las cosas espirituales, sin por ello descuidar a las personas. Pero el primer lugar lo debe tener Jesucristo y su iglesia, refiriéndonos de cuidar y preservar nuestro ser espiritual. Si de veras somos capaces de poner en primer lugar a Cristo por encima de todo lo demás en nuestras vidas no deberemos preocuparnos por el aspecto material en esta vida en la tierra. Esto significa que todo lo material será suplido también en esta tierra. Es un acto de fe, de confianza en Dios, donde dejamos de preocuparnos y comenzamos a ocuparnos de las cosas de cada día con la confianza en Dios que disipa todo temor, ansiedad y preocupación.
Jesús mismo nos promete hoy: «De cierto les digo, que cualquiera que haya dejado casa, padres, hermanos, mujer, o hijos, por el reino de Dios,  recibirá mucho más en este tiempo, y en el tiempo venidero recibirá la vida eterna.» Amen

Sanado en todo sentido

“Un hombre que tenía lepra se le acercó, y de rodillas le suplicó:
—Si quieres, puedes limpiarme.
Movido a compasión, Jesús extendió la mano y tocó al hombre, diciéndole:

—Sí quiero. ¡Queda limpio!
Al instante se le quitó la lepra y quedó sano. Jesús lo despidió en seguida con una fuerte advertencia:
—Mira, no se lo digas a nadie; sólo ve, preséntate al sacerdote y lleva por tu purificación lo que ordenó Moisés, para que sirva de testimonio.
Pero él salió y comenzó a hablar sin reserva, divulgando lo sucedido. Como resultado, Jesús ya no podía entrar en ningún pueblo abiertamente, sino que se quedaba afuera, en lugares solitarios. Aun así, gente de todas partes seguía acudiendo a él”.

 

Marcos 1:40-45

Cuando las personas se acercan a Jesús, muchas, muchas veces lo hacen por sus propias debilidades y enfermedades, no obstante allí comienza una nueva relación entre Dios y el ser humano. Cuando le entregamos a Jesús nuestro pecado por medio del arrepentimiento él nos renueva esa relación. Y la falta de fe y confianza en Dios también es un pecado. Tengo un versículo de cabecera sobre el cual medito mucho que dice: Sólo con fe se puede agradar a Dios (Heb 11:6). Si no tenemos fe, no estamos poniendo contento a Dios.
Queremos hoy salir renovados, para eso debemos llegar a Dios y dejarle nuestros pecados y el pecado de la falta de confianza, para que él nos perdone, y remueva esa carga. Sólo así podremos luego seguirlo y vivir en esa vida abundante de la cual habla también el evangelio.
Jesús quiere transformarnos a partir de nuestra fe. Pueden suceder incluso milagros de sanidad en nuestra vida. Pero el milagro más importante, es que podamos arrepentirnos de nuestros pecados, creer en Jesucristo como nuestro Señor y Salvador y comenzar a seguirlo a él.

Qué bueno puede ser vivir una vida junto al amparo y la bendición de Dios. No una vida excluida de la bendición de Dios, tan excluida como la vida que llevaba aquel leproso. Este leproso comienza, podemos decirlo así, a vivir otra vez. Sabemos que los leprosos, no sólo eran enfermos, sino que estaban excluidos de la sociedad y aparte de considerarlos enfermos, el aislamiento no era sólo para protegerse de los contagios, sino porque se pensaba que estaban enfermos porque habían pecado; estaban impuros en cuerpo y espíritu. Jesús viene a liberarlo; para ello lo primero que hace es sanarlo, liberarlo de esa exclusión.
Sólo al sentir que Dios nos acepta, nos perdona, nos limpia, nos sana, nos hace puros, no necesariamente en cuerpo, sino sobre todo en espíritu, podremos aceptar a los demás, amar a los demás y tener la capacidad para no excluir a nuestro prójimo.
Algo acerca de la curación por fe:
Hace tiempo tuve la oportunidad de escuchar una reflexión sobre la sanidad en la iglesia. El predicador, tenía una perspectiva acerca del poder sanador de la fe un tanto deprimente. Lamentablemente, no sabemos por qué, no tenía confianza en absoluto. Tenía más fe en el destino infortunado de la enfermedad que, en la posibilidad de milagros en la iglesia. Su predicación deprimió a todos. Y allí me puse a pensar: Es cierto, no podemos manejar a Dios ni a su voluntad. Casi seguro habrá casos donde sea hasta ‘quizás’ voluntad de Dios la no curación de una persona.
Pero hubo algo que no me dejaba tranquilo: ¿Qué es mejor, predicar sobre la desesperanza y el destino desventurado o debemos darle más lugar al poder de Dios en la iglesia? El poder milagroso de Dios comienza a actuar en las iglesias donde la fe es verbalizada, pronunciada, puesta en la boca, cultivada y vivida por cada uno de los creyentes y en especial por los que tienen la responsabilidad de predicar. El poder de Dios se invoca por medio de la fe, no la desesperanza. El poder de Dios se lo percibe en la iglesia cuando se da lugar a la oración por los enfermos en la iglesia (Sgo 5:14s), cuando se comparten testimonios públicos de fe, cuando hay perdón y reconciliación entre los miembros, etc.
Muchas veces me pregunto a qué le estamos dando más lugar en nuestras comunidades y si de veras nos comprometemos con la manera de vivir de los primeros cristianos de la iglesia.

Ya bien conocemos lo que no podemos hacer, conocemos nuestras limitaciones, pero no por ello vamos a cercenar más nuestra fe. Debemos tener la valentía de cambiar nuestra vida y nuestra congregación haciendo y “diciendo” las cosas que Dios le pide a su iglesia.

Por la fe del leproso, Jesús se conmovió: “Si quiere puedes limpiarme”. Y el v. 41 dice así: “Movido a compasión, Jesús extendió la mano y tocó al hombre, diciéndole: —Sí quiero. ¡Queda limpio!”

Este es un versículo extraordinario por varias razones. En primer lugar: Vemos la compasión de Cristo. El siente de veras por lo que nosotros estamos pasando. Y a él de veras le importa.

Y notemos que Jesús se acercó y lo tocó al hombre. Estuvo dispuesto a hacer lo que de acuerdo a la religión era impuro para que el leproso pudiera ser purificado. Esto es un anticipo de lo que pasaría en la cruz. Cuando Jesús murió por nuestros pecados, el llevó consigo toda nuestra impureza. De forma que, podamos ser limpiados por su sangre.

Otra cosa que vemos es que, Jesús no necesitaba tocar al hombre para sanarlo, Podría haberlo sanado a distancia. Pero Jesús extiende su mano y toca a este hombre como una expresión palpable de su compasión. Recordemos: este hombre no había sido tocado por muchos años. Porque sí tocabas a un leproso, eras separado de tu familia. Y eras considerado impuro por la religión por una semana.
Pero Jesús no iba a dejar que la ley religiosa le impida mostrarle a este hombre la abundancia de su amor. Con cuatro simple palabras y un toque de su mano, Jesús salvó a este hombre en la mejor forma que un hombre puede ser salvado. Lo sanó desde el punto de vista físico, espiritual y emocional.

Estimados hermanos en Cristo, este pasaje no tiene la intención de enseñarnos que siempre la voluntad de Dios sanar toda enfermedad. La intención es enseñarnos que, Jesús está dispuesto a hacer lo que sea para limpiarnos delante del Dios todopoderoso. La palabra de Señor para nosotros es que: “Estoy dispuesto a engalanar tu vida una vez más. Soy capaz de salvarte en la mejor forma que una persona pueda ser salvada. Estoy dispuesto a hacer actos de justicia tremendos en tu vida”

Eso es lo que Jesús hace por nosotros. Y noten en el versículo 42 que se nos dice que: “Al instante se le quitó la lepra y quedó sano”. Cuando Cristo toca nuestras vidas, hay efectos inmediatos. Nuestros pecados son limpiados y lavados. Somos adoptados en la familia de Dios. El Espíritu Santo viene sobre nosotros. Todas estas cosas son el resultado instantáneo de la intervención de Cristo en nuestras vidas.

Luego en el versículo 43, Jesús le dice al hombre: “Lo despidió en seguida con una fuerte advertencia: —Mira, no se lo digas a nadie; sólo ve, preséntate al sacerdote y lleva por tu purificación lo que ordenó Moisés, para que sirva de testimonio”. En otras palabras, cuando el sacerdote vea por qué estás allí, se va a dar bien cuenta que, tú eres un hombre cumplidor de la ley judía. Pero también se va a dar cuenta que, Dios ha hecho algo espectacular en tu vida. No vas a necesitar contarle al sacerdote sobre esto, porque él lo va a ver con sus propios ojos.
Pero hay otras razones por las cuales Jesús le dijo a él que cerrara la boca. Número Uno: Jesús no estaba interesado en llegar a convertirse en un curandero famoso. Hay predicadores que disfrutan su fama asociada con sus ministerios. Pero a Jesús no le gustaba esto.
Número dos: Jesús no quiere impresionar a la gente para que crea. El sabe que la fe verdadera tiene lugar, cuando la gente está convencida de su enseñanza. No sólo por el espectáculo de ver a alguien ser sanado. Romanos 10:17 dice “Así que la fe viene como resultado de oír el mensaje, y el mensaje que se oye es la palabra de Cristo”.

Se suponía que el leproso se quedaría callado. Pero estaba tan contento por lo que había sucedido con él que no pudo mantener su boca cerrada. Vemos en el versículo 45 que, el salió y comenzó a hablar libremente.

Cuando somos transformados por la intervención directa y salvadora de Jesucristo, no es fácil mantenerlo oculto. Todos quieren contar que se sienten como nuevas personas.

Dios estaba dispuesto a hacer algunas cosas maravillosas en la vida de aquel leproso judío. Y debemos saber que con nosotros también Dios está dispuesto a hacer cosas grandes en nuestras vidas y en nuestra iglesia. Todo lo que tenemos que hacer es acercarnos humildes a Cristo como aquel leproso lo hizo. Y decir: “Señor, si tu quieres, puedes purificarme. Puedes hermosear mi vida. Puedes hacer que valga la pena vivir mi vida. Puedes hacer cosas maravillosas a través de mi”. Sigamos el ejemplo del leproso. Y vayamos a Jesús en oración hoy mismo.

 

La familia espiritual


“En eso llegaron la madre y los hermanos de Jesús. Se quedaron afuera y enviaron a alguien a llamarlo, pues había mucha gente sentada alrededor de él.
—Mira, tu madre y tus hermanos están afuera y te buscan —le dijeron.
—¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? —replicó Jesús.
Luego echó una mirada a los que estaban sentados alrededor de él y añadió:

—Aquí tienen a mi madre y a mis hermanos. Cualquiera que hace la voluntad de Dios es mi hermano, mi hermana y mi madre”.

 

Marcos 3:31-35

No creo que, Jesús haya querido darle la espalda a su familia. El amaba a sus hermanos carnales tanto como a todas las personas y también honraba a su madre. Seguramente que después de haberse expresado así, acerca del parentesco en el reino de los cielos ante la multitud de oyentes, se dirigió a la entrada de la casa, donde se encontraban su madre y sus hermanos que querían hablarle. Pero de esto nada ha informado el evangelista Marcos, pues no era de interés comunitario. Hasta nuestros días, son por el contrario son de gran significado las palabras dichas por Jesús: “Cualquiera que hace la voluntad de Dios es mi hermano, mi hermana y mi madre”

¿Y qué significa „hacer la voluntad de Dios“? En otra ocasión Jesús predicó: “—Esta es la obra de Dios: que crean en aquel a quien él envió” (Jn 6:29). Hacer la voluntad de Dios significa, creer en Jesús y seguirlo. Quien haga esto, entonces es un discípulo de Jesús, en otras palabras: un cristiano. Simón Pedro pertenecía a los seguidores de Jesús, así como Juan y Santiago, también María y Marta. Usted y yo, tú y yo, pertenecemos también junto con todos los cristianos a aquellos que creen y siguen a Jesús. Y de esta forma, Jesús es nuestro hermano y por eso somos también entre nosotros hermanos y hermanas. Todos los cristianos forman junto a Jesús una gran familia. Esta familia se llama “cristiandad” e “Iglesia” y “comunidad de Jesucristo” o como lo afirma nuestro Credo: “comunión de los santos”. Quien haga la voluntad de Dios, quien crea en Jesús y le siga, ese es su hermano y su hermana y pertenecen a la familia de Dios. Cuando tomamos esto en serio, entonces se pueden deducir un montón de cosas para nuestra comunión cristiana en la congregación cristiana. Quisiera mencionar algunas.

Uno pertenece a una familia sin condiciones, sin tener que hacer nada, pues ha nacido dentro de esa familia. De la misma forma sucede con la congregación cristiana: nacimos en ella, a través del nuevo nacimiento, por medio del bautismo y la instrucción cristiana correspondiente y perseverante que, nos permitió conocer el real significado de nuestro bautismo. Hay que agradecer sólo a la Gracia de Dios que, podamos pertenecer a esta familia y de esa forma ser aceptados en el Reino de Dios. Para hacer posible este regalo, nuestro hermano Jesucristo se sacrificó llegando a morir. Qué bueno es que, no hayamos tenido que pelear o trabajar por un lugar en el cielo y que aquí en la tierra no se trata de un demostrar buenas obras o producirlas para la salvación; ¡de la misma forma que sucede en una verdadera familia! También nos damos cuenta que la fe cristiana no es para nada una cosa privada que, cada uno practica sólo con Dios en la intimidad de su corazón. Ser cristianos y tener fe son por el contrario un asunto comunitario, siempre relacionados con una congregación visible y con la iglesia universal. Cuando Jesús designa a alguien como su hermano, éste no debe negar a los otros como hermanos y hermanas y no debe tampoco retirarse de la comunión con ellos.

En una buena familia, cada uno está a disposición del otro. La madre cuida del bebé, el padre se ocupa de trabajos en la casa, los hijos mayores se encargan de la limpieza; los hijos adultos se ocupan de los padres ancianos y débiles. También sucede lo mismo en una congregación cristiana: Cada uno está a disposición del otro, cada uno se ocupa de los otros. Quien puede ayudar, mira y se informa de dónde se le puede necesitar. Quien necesita ayuda, lo expresa sin vergüenza, pues en una familia se puede confortar a todos los que pidan ayuda. Yo también quiero estar como su hermano en la fe allí con ustedes y dar mi tiempo y mis dones, en cualquier situación donde se me necesite. Y yo lo digo aquí: No sean tímidos en llamarme, cuando necesiten un consejo o ayuda pastoral.

Hacia afuera la familia se muestra como una unidad; esto se muestra especialmente por medio de un apellido en común y una única dirección. Aunque los miembros de la familia son diferentes entre sí: cada uno tiene una personalidad única. Es por eso sorprendente que, haya hermanos de temperamento y caracteres diferentes. Y es lógico que estén también las diferencias en edad y sexo. Tampoco tienen todos los miembros de la familia las mismas tareas y las mismas responsabilidades; por el contrario la familia vive y obra en una variedad multicolor. Lo mismo sucede en la congregación cristiana. Nosotros cristianos somos uno en el Señor, un cuerpo con la cabeza que es Cristo. Al pertenecer a esta unidad, en primer lugar, será bien irrelevante quiénes somos o qué somos: hombre o mujer, joven o viejo, negro o blanco, gordo o flaco, poco o muy inteligente, extravertido o tranquilo. Esto tampoco significa que, la fe quita todas estas diferencias y nos hace a todos iguales. Somos sí uno, pero no somos iguales y esto está muy bien. A la multicolor variedad de Dios le corresponde también que cada persona tenga su propia personalidad con sus dones y habilidades especiales y también con sus debilidades y necesidades especiales, así como sus cualidades humanas especiales. A partir de esto, notamos que, tampoco todos hacen las mismas cosas en la congregación cristiana, sino que Dios le muestra a cada uno su propio lugar.

En toda familia hay conflictos y también peleas. Y en la congregación cristiana no es tampoco diferente, por lo menos será así hasta tanto se llegue al cielo. Por tanto no tenemos que asustarnos cuando en la congregación haya tensiones o discusiones. Sería irrealista pensar que todos los miembros de la congregación deberían tratarse con simpatía y que todos tengan que tener una relación íntima y cordial entre sí. No, también en la iglesia y en la congregación hay enojo y peleas y por cierto que no pocas. Lo importante es que, jamás olvidemos que: somos una familia, somos hermanos y hermanas. Entre los hermanos no puede haber engaño, la amabilidad hipócrita no tiene lugar en la congregación. Cuando se vive juntos, pronto se descubren las fallas de cada uno. Allí es donde debe comenzar a sentirse el amor fraternal. Si siempre fuéramos todos de una misma opinión, y si fuéramos siempre simpáticos unos con otros entonces el amor a los hermanos sería un juego de niños. Pero porque somos distintos y porque hay opiniones diversas y hay también tensiones, es por eso el amor fraternal más bien un desafío que un juego de niños. Y en especial ante tensiones y dificultades es que hay que cuidar de éste. Se lo debe cuidar cuando se habla en público sobre los conflictos, cuando se buscan soluciones, cuando se hacen compromisos y ante todo pedirse siempre perdón unos a otros. El perdón es el secreto para el éxito en una congregación. Sólo cuando se está dispuesto a la reconciliación, la familia podrá prosperar y permanecer junta.

 

En cierto sentido una familia es mundo chico, sin embargo no es una burbuja, ni un mundo encapsulado. Hay siempre muchas relaciones con el mundo externo. No se es sólo madre, padre, hermanos o hermanas, sino también, vecino, patrón, alumno y ciudadano. Se sale de la casa y a la vez se reciben visitas. Puede pasar también que familias numerosas sean anfitrionas, siempre que haya una atmósfera serena y armoniosa.
Esto es también lo que anhelamos de una congregación cristiana. No sólo nos interesan las tareas sociales de la congregación y los beneficios especiales. Ya en la misma forma de ser de nuestra congregación, debiera advertirse como una especie de rayo de luz que se irradia hacia afuera de forma que las visitas que vengan se sientan bien con nosotros. Y esto no es sólo porque queremos ser bien vistos ante la sociedad y porque queremos mostrarnos como una buena iglesia; no, tenemos un encargo, la misión que nos encarga nuestro Señor y hermano Jesucristo. Queremos ser sal de la tierra y luz del mundo. Tenemos que llevar el amor de Dios en palabras y en hechos hacia afuera, ésta es nuestra misión, nuestro testimonio. Queremos que esta familia de Dios crezca y que los de afuera no se pierdan, sino que al igual que nosotros hallen la vida eterna.

Pues a diferencia de todas las familias del mundo, la familia de Dios perdurará por siempre. Por eso es tan importante, pertenecer a la familia de Dios. Y es por eso que, cuando los miembros de su familia querían hablar con él, él dijo primero: “Cualquiera que hace la voluntad de Dios es mi hermano, mi hermana y mi madre” y luego sí, seguramente se ocupó de su madre y sus hermanos carnales.
Amén.

13º Domingo después de Trinidad/Ciclo III 2017

Un mundo transformado


“Dentro de muy poco tiempo el Líbano se convertirá en un campo fructífero, y el campo fértil será considerado bosque. Cuando llegue ese día, los sordos oirán las palabras del libro, y los ojos de los ciegos verán en medio de la más densa oscuridad. Aumentará en el Señor la alegría de los humildes, y aun la gente más pobre se alegrará por el Santo de Israel. Porque el violento será aniquilado, y el cínico será consumido; todos los que no duermen por cometer iniquidades serán eliminados; todos los que hacen pecar de palabra a la gente; todos los que tienden trampas a los que defienden una causa ante el tribunal de la ciudad, los que con falsedades pervierten la causa del hombre justo.

Por eso el Señor, el que rescató a Abrahán, dice así a la casa de Jacob:

«Jacob ya no será avergonzado, ni su rostro volverá a palidecer  cuando vea lo que yo voy a hacer en medio de ellos: sus hijos santificarán mi nombre; santificarán al Santo de Jacob, ¡temerán al Dios de Israel!  Entonces los de ánimo extraviado aprenderán a ser inteligentes, y los que hablaban mal de mí recibirán mi enseñanza.»

Isaias 29:17-24

Para aquellas personas que les gusta estar informadas o ‘conectadas’ con los sucesos del mundo existen hoy muchas posibilidades. Tenemos a nuestra disposición la manera más moderna de comunicaciones que el mundo jamás ha conocido. Ni que imaginar lo que vendrá de aquí en más.
Pero a la vez estamos corriendo un grave peligro. El peligro de no tener control sobre esa inmensa corriente de información que nos envuelve cada día. Y muchas veces esa tecnología es aprovechada por los poderosos para influir en las masas y cambiar su manera de pensar, y ver las cosas que en verdad suceden. Es por eso un buen consejo que se dice que no todo lo que vemos y escuchamos por los medios de comunicación es la pura verdad. Sino más bien una verdad relativa, exagerada, manipulada y muchas veces distorsionada. Por eso es bueno aquel viejo consejo de darle más tiempo a nuestra lectura de la Biblia y a la interacción con personas de carne y hueso de nuestra sociedad que a los medios de comunicación y a las redes sociales. Allí podremos ver ‘en verdad’, la verdad de nuestro mundo.
Si dedicamos más tiempo a los medios de comunicación y a las redes sociales que a la lectura de la Palabra de Dios y las necesidades de nuestro prójimo, entonces, como cristianos, no estamos llevando una vida sabia.

En los medios de comunicación todo parece estar mal. Durante un mes seguido he hecho la prueba de analizar las noticias matutinas que llegaban a mí. Me di cuenta que el 90% de ellas eran noticias negativas. Y el 90 % de ellas eran noticias que poco y nada tenían que ver con mi vida concreta de todos los días y con mi comunidad en la cual estoy inserto. Y la mayoría de estas noticias eran vistas desde un punto de vista parcial y dudoso, hasta tendencioso. ¿Es que acaso no pasan cosas malas? Sí, claro que pasan cosas malas. Pero las buenas también suceden y sin embargo no son publicadas y quizás las cosas buenas puedan incluso superar a la cantidad de cosas malas que suceden, en realidad, y no según los medios. Independientemente de esto, lo que descubrí en ese mes es que, cada mañana que iba a los medios de comunicación para “ver qué pasaba en el mundo”, terminaba desanimado, negativo, por no decir triste. Esto con el tiempo afecta no sólo la salud mental de la persona sino también su manera de observar y considerar al mundo, y cercena su fe y confianza en Dios, pues ese parece ser el único y principal “alimento espiritual” que muchas personas reciben a diario.
Y la pregunta puede ser hoy: ¿Pero acaso no hay que atender lo que dicen los medios? Sí, claro que se puede, pero hoy más que nunca hay que ser extremadamente instruido y cauteloso. Cada una de las informaciones que recibimos debe ser tomada con pinzas, y sopesada a partir de las enseñanzas de las Sagradas Escrituras. Y tenemos que tener en cuenta dónde pasamos más tiempo: ¿escuchando las noticias o meditando acerca de la palabra de Dios? ¿Qué es lo que fundamenta nuestro estado de ánimo? ¿De qué depende que estemos mal o bien? ¿Qué es lo que nos da la fuerza para vivir?, ¿cuál es la mayor influencia en nuestro diario vivir, lo que proviene de Dios, de nuestra comunión con Dios o lo que nos “predican” los medios de comunicación? Esta es una pregunta urgente para el cristiano de hoy.

Pero miremos más bien a todo el párrafo de la lectura bíblica para la predicación de este domingo. Si así lo hacemos, vamos a comprobar: aquí se habla en el texto de una poderosa trasformación de nuestra sociedad, más allá de la tergiversación o tendencias de los medios de comunicación. Es sí una realidad que nuestro mundo está impregnado de maldad, aunque también de cosas muy buenas. A partir de la lectura se dice que aquí nada volverá a ser como fue. Pero se trata de un cambio global hacia lo bueno que ningún otro que no sea Dios en persona podrá llevarlo a cabo. El mensaje de esta transformación hacia lo bueno es muy importante. Haremos bien en escucharlo con atención y confiar en él. En especial en estos tiempos de terrorismo, tergiversación de la información guerras, crisis económicas y otras carencias.

El profeta Isaías anuncia este mensaje de salvación en tres fases y con cada uno de ellos se clarifica mejor. Es como cuando uno ajusta los lentes de un larga vista, la agudeza visual cambia: cada vez que graduamos algo se ven más claramente las cosas. Hay tres niveles de agudeza con los cuales Isaías nos muestra la gran transformación de Dios y su salvación por venir.

En primer lugar, Isaías nos pinta un paisaje un tanto nebuloso. El dice: imagínense las montañas del Líbano. Estas son agrestes montañas boscosas llenas de rocas, raíces grandes árboles y matorrales. Nadie puede llegar a pensar de sembrar allí grano o de tener la intención de cosechar frutas. Pero luego de un tiempo todo será diferente: en lugar de tierra rocosa, habrá tierra fértil para labranza, un jardín encantador, un paraíso, más lindo que todo lo que se haya visto. Lo que crece en los jardines aparecerá en la espesura del bosque montañoso. Sí, es que Dios comenzará a actuar. Así como una vez creó el jardín del Edén para Adán y Eva con sus árboles y frutos espectaculares, así transformará Dios a la tierra cubierta de pecado y la sanará y la hará otra vez en tierra fértil de labranza. Eso nos promete Dios; ¡ya podemos alegrarnos de corazón por esto!

Pero podemos reconocer mejor el magnífico cambio de Dios con la imagen del jardín en las frases siguientes, Isaías nos describe aún de forma más vívida lo que Dios hará. No se trata ya más de un vago paisaje, sino se trata en concreto de gente. De repente los sordos oirán, los ciegos verán, los pobres volverán a alegrarse en el Señor, los más necesitados se regocijarán por lo que reciban de Dios. En este contexto está la frase sobre los despiadados y los insolentes que serán exterminados. Hay que observar que: no se trata de que habrá venganza y satisfacción porque se eliminó a los enemigos, sino se trata de que los oprimidos y sufrientes respirarán aliviados.

Con este anuncio de salvación podemos ver el corazón de Dios. Dios sólo tiene en mente lo bueno para nosotros. Dios quiere ayudar a todos los que sufren y promete que las carencias tendrán su fin. Las enfermedades y las imposibilidades terminarán, el sufrimiento y la miseria se transformarán en alegría. Haremos bien si nos sostenemos de estas promesas de salvación de Dios y no contagiarnos de la desesperación sobre todo imperante en nuestro mundo y exacerbada y tergiversada por los medios. Más que nada cuando estás enfermo o desanimado o pobre o triste u oprimido o cargado por lo que sea: ten en cuenta que Dios te anuncia un gran cambio, un giro de 180º para mejor y que él mismo se encargará de ello.

Vale la pena seguir mirando con más detalle. Isaías profetizó:
“En aquel día podrán los sordos oír la lectura del rollo”.
¿A qué ‘rollo’ se refiere? Hay sólo un rollo, o libro que se llama sólo el libro, es decir la Biblia. Allí vemos que, en primer lugar no se trata de una sordera corporal, sino de una sordera espiritual la que Dios quiere sanar. Aquí se trata de que las personas que hasta el momento no hayan atendido a la Biblia, de repente reconozcan las riquezas espirituales de la palabra de Dios que, se encuentra en la Biblia. Así también Dios sana la ceguera espiritual; se amanece con el sol del Evangelio:
“Y los ojos de los ciegos podrán ver desde la oscuridad y la penumbra”.
Y al final para los oprimidos y tristes no se les profetiza sólo un poco de alegría, sino que Isaías les promete:
“Los pobres volverán a alegrarse en el Señor, los más necesitados se regocijarán en el Santo de Israel”
Y todo eso porque el poder de los despiadados y los insolentes se quebrará, eso nos echa luz, sobre quienes se está hablando: no se habla de terroristas del ISIS o incluso cualquier otro despiadado oculto por un manto de democracia, sino de tiranos que no son de carne y sangre. Dios vencerá a Satanás y a todos sus demonios que nos alejan de Dios y nos quieren llevar a la perdición.

Hemos llegado casi al tercer nivel, con la clara imagen de Dios según la profecía de Isaías. Pero aún hay más por visualizar. Isaías se alegra por el mensaje revelado de alegría de Dios:
“el Señor, el redentor de Abraham, dice así…”
Cuando hablamos de redención, es la liberación que ha venido al mundo por medio de Jesucristo. Isaías profetizó que los hijos de sus contemporáneos verán ya los hechos de Dios en su tiempo. Sí, los descendientes de aquel pueblo de Israel experimentaron 700 años después las poderosas predicaciones de Jesús, sus increíbles milagros, como redimió en la cruz a la humanidad del poder del diablo y se irguió como vencedor sobre todo mal en su resurrección. Allí se estableció el nuevo pacto, allá se produjo el gran giro, esta es la magnífica buena nueva y nueva era del reino de Dios. Allí la humanidad pudo llegar al arrepentimiento, allí el Espíritu Santo les permitió creer de corazón, allí reconocieron el amor de Dios, allí fueron conducidos de sus caminos errados y pecaminosos hacia las buenas sendas de Dios, así como profetizó Isaías:
“Santificarán al Santo de Jacob, y temerán al Dios de Israel. Los de espíritu extraviado recibirán entendimiento; y los murmuradores aceptarán ser instruidos”

Estimados hermanos y hermanas en Cristo, ahora vemos más claro: el cambio de Dios ya ha tenido lugar, pues Jesús ha resucitado de entre los muertos y vivimos con él y por medio de él en el reino de Dios. Sabemos que el diablo ya no tiene poder sobre nosotros, y creemos que junto a Dios estamos a salvo y seguros. El nos podrá aún asustar, pero no necesitamos preocuparnos, aunque el mundo a nuestro alrededor se vuelva loco y sea maligno, Dios nos ha redimido y nos dará la vida eterna prometida. Estamos bautizados, y si alguien está bautizado y ha verdaderamente comprendido de qué se trata ese bautismo, es decir si tuvo también la posibilidad una vez en su vida de aceptar a Jesucristo como su Señor y Salvador, –y eso significa convertirse– entonces a partir de allí en su vida ‘ya nada será como antes’- todo se ha bañado con la luz gozosa del evangelio. Aún la muerte no podrá separarnos de la mano de Dios – aunque muramos jóvenes o viejos, de forma violenta o natural. Dios nos conducirá hacia allá, donde al fin también nuestros ojos naturales podrán ver con total agudeza y claridad, el amor que él sí nos tiene. Amén.

12do. Domingo después de Trinidad– [Ciclo III del Leccionario Evangélico Sexenal de textos para la predicación dominical].

Las consecuencias del pecado

“El Señor envió a Natán para que hablara con David. Cuando este profeta se presentó ante David, le dijo:
—Dos hombres vivían en un pueblo. El uno era rico, y el otro pobre. El rico tenía muchísimas ovejas y vacas; en cambio, el pobre no tenía más que una sola ovejita que él mismo había comprado y criado. La ovejita creció con él y con sus hijos: comía de su plato, bebía de su vaso y dormía en su regazo. Era para ese hombre como su propia hija. Pero sucedió que un viajero llegó de visita a casa del hombre rico, y como éste no quería matar ninguna de sus propias ovejas o vacas para darle de comer al huésped, le quitó al hombre pobre su única ovejita.
Tan grande fue el enojo de David contra aquel hombre, que le respondió a Natán:
—¡Tan cierto como que el Señor vive, que quien hizo esto merece la muerte! ¿Cómo pudo hacer algo tan ruin? ¡Ahora pagará cuatro veces el valor de la oveja!
Entonces Natán le dijo a David:
—¡Tú eres ese hombre! Así dice el Señor, Dios de Israel: “Yo te ungí como rey sobre Israel, y te libré del poder de Saúl. Te di el palacio de tu amo, y puse sus mujeres en tus brazos. También te permití gobernar a Israel y a Judá. Y por si esto hubiera sido poco, te habría dado mucho más. ¿Por qué, entonces, despreciaste la palabra del Señor haciendo lo que me desagrada? ¡Asesinaste a Urías el hitita para apoderarte de su esposa! ¡Lo mataste con la espada de los amonitas! Por eso la espada jamás se apartará de tu familia, pues me despreciaste al tomar la esposa de Urías el hitita para hacerla tu mujer.”…
Lo que tú hiciste a escondidas, yo lo haré a plena luz, a la vista de todo Israel.”
—¡He pecado contra el Señor! —reconoció David ante Natán.
—El Señor ha perdonado ya tu pecado, y no morirás —contestó Natán—. Sin embargo, tu hijo sí morirá, pues con tus acciones has ofendido al Señor.
Dicho esto, Natán volvió a su casa”.
2 Samuel 12:1-10.12-15a

 

En el día de hoy queremos hablar acerca de las consecuencias del pecado y también acerca de no querer o reconocer que somos pecadores.
Hoy se nos exhorta a tener la capacidad de reconocer nuestras faltas delante de Dios y la posibilidad de crecer en sabiduría para evitar vivir una vida en desobediencia a Dios con todas las consecuencias que ello implica.
Lo que hoy deseo predicar que, se desprende especialmente del texto del profeta Samuel, es un tanto difícil comunicarlo desde el púlpito. Es difícil porque no queremos ponernos en el lugar de Dios, porque no nos corresponde ni tampoco sabemos sobre esto. Y esto es concretamente, tratar de responder a la pregunta: ¿por qué nos suceden las cosas malas que nos pasan?
Hay muchas personas que, luego de un suceso malo se preguntan, por qué esto me pasa a mí. O personas que sucesivamente experimentan cosas malas en su vida. ¿Por qué? Podríamos responder desde la Biblia por qué nos suceden estas cosas. Y en este día, podremos irnos a nuestros hogares con cierto conocimiento de por qué nos pasan las cosas que nos pasan.
En la Biblia el apóstol nos dice: “No se engañen: de Dios nadie se burla. Cada uno cosecha lo que siembra”. (Gl 6:7)
Esta es la lógica del universo que está también registrado en la Biblia. El principio físico de acción y reacción. O como esas filosofías de la “New Age” que, hoy pululan como “la ley de atracción” que, por otro lado no están muy lejos de lo que la Biblia ya expresa. En palabras simples lo que hacemos en la vida tiene sus consecuencias. Esas consecuencias pueden ser buenas o malas dependiendo directamente de nuestros pensamientos, palabras o acciones.
Es difícil predicar esto, pues no podemos aseverar que, tal o cual cosa que nos sucede es producto de alguna cosa mala que hemos pensado, dicho o hecho. Cuando nos creemos que podemos saber, discernir y juzgar sobre la vida de los demás nos convertimos en soberbios y necios y no nos damos cuenta que erramos y perdemos la humildad que Dios está queriendo de nosotros.
Pero sí es verdad poder decir que, todo aquello que pensamos, decimos y hacemos que no corresponde a lo que Dios nos pide, a partir de su palabra, tendrá sus consecuencias, independientemente que Dios nos ame y constantemente nos perdone.
Una prueba de ello se nos narra en la historia de David.
David en su soberbia, comete un pecado, una mala acción, manda a matar indirectamente a uno de sus generales para quedarse con su mujer. Embriagado de poder, no se da cuenta de la magnitud de su mala acción. Y cree poder ocultarla. Sin embargo Dios le revela esto al profeta Natán y él viene a escarmentarlo. David en su vergüenza y culpa no tiene más que arrepentirse y desesperado clama el perdón de Dios. Natán le asegura que Dios le perdonará, pero también le previene que tendrá que sufrir las consecuencias de ello. La consecuencia en este caso es la muerte de su hijo.
Muchas veces confundimos. Creemos que Dios castiga a David. Dios no puede hacerlo, pues él es un Dios de amor, un Dios perdonador. En todo caso, así como lo expresaba la sabia palabra del apóstol a los Gálatas, nosotros tenemos libre albedrío para pensar, hablar y actuar y en eso somos totalmente responsables de las consecuencias.
Lo mismo sucede en nuestras vidas. Dios está a nuestro lado cuidándonos, protegiéndonos. El quiere que vivamos una vida hacia la perfección y en la abundancia de sus bendiciones, pero está en nosotros cultivar una relación con Dios basada en nuestra humildad hacia él y en su sabiduría. Es difícil poder siquiera afirmarlo, pero es claro que todas las experiencias de nuestras vidas tienen una íntima relación con el tipo de pensamientos, palabras y acciones que tengamos.
Si estos están basados en lo que Dios nos pide, tendremos cada vez menos posibilidades de cosechar cosas que Dios no quiere para nosotros.
Es por eso que, es tan importante estar ligados a Dios, por medio del estudio de la palabra, la oración, la comunión con otros cristianos en nuestra iglesia y una decisión consciente de obedecer a Dios en pensamientos, palabras y acciones.
Se dice que, David, luego de haber reconocido este pecado escribió este conocido salmo 51, del cual queremos leer los siguientes versículos:

“Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio,
y renueva la firmeza de mi espíritu.
No me alejes de tu presencia
ni me quites tu santo Espíritu.
Devuélveme la alegría de tu salvación;
que un espíritu obediente me sostenga.
Así enseñaré a los transgresores tus caminos,
y los pecadores se volverán a ti”. (Sal 51:10-13)

Esa es la oración que estamos invitados a hacer cada uno de nosotros cuando pecamos. Dios nos perdona una y otra vez eso es seguro. El quiere vernos bien, felices, prósperos, bendecidos caminando hacia la vida en plenitud ya desde el mismo momento de nuestro nacimiento espiritual. Pero está en nosotros que tengamos la capacidad de ser humildes a sus mandatos e intentar vivir una vida como a él le place.
Esta historia de David y el profeta Natán es una historia sobre el pecado del ser humano y también sobre la gracia de Dios. Dios perdonó este gran pecado a David, en una forma que, incluso permitió que David fuera uno de los reyes más importantes y personajes más importantes de su pueblo y para Dios. Pero también se nos recuerda que, en aquel momento preciso de su vida, David, plantó la semilla de sus malos actos cuyas consecuencias tuvo que, asumirlas, independientemente del perdón y de la gracia de Dios. Queremos aprender del rey David. Queremos aprender a confesar nuestros pecados a un Dios que sí perdona y queremos tener la sabiduría de saber que el tipo de acciones que hagamos tendrán su consecuencia en la calidad de vida que queramos vivir.
Una vez un hombre le confesó a su pastor que, había cometido un acto deshonesto. Concretamente había robado. Le había robado una importante suma de dinero a un amigo. Entonces luego se arrepintió de ese pecado, pues el pecado no confesado le carcomía interiormente. Y le confesó su pecado al pastor. ¿Y qué le aconsejó aquel pastor? Le dijo: Usted tendría que tratar de remediar ese pecado. Devuelva ese dinero. Si no es posible devuélvalo a sus parientes o a alguien que lo necesite, así como lo tomó, devuelva. Y luego estimado hermano prepárese para asumir las consecuencias de ese pecado, si es que ya no las está sufriendo. ¿Cómo las consecuencias dijo el hombre? ¿Acaso Dios no me perdona, acaso Dios me castigará? No, le dijo el pastor, Dios le perdonó en el mismo momento que usted se arrepintió de su pecado. Dios lo limpió así como dice en la Biblia:
“Vengan, pongamos las cosas en claro —dice el Señor—.¿Son sus pecados como escarlata? ¡Quedarán blancos como la nieve! ¿Son rojos como la púrpura? ¡Quedarán como la lana!” (Is 1:18).
Pero, recuerde que, usted sembró una semilla con su mala acción, y esa semilla germinará y crecerá, quizás luego se secará, pero mientras tanto tendrá que soportar el crecimiento de esa semilla. Esas son las consecuencias del pecado. Y muchas veces lo que vemos crecer en nuestras vidas es la consecuencia de lo que hemos sembrado y que tendremos que aguantarlo.
Cómo saber qué tipo de pensamientos pensar, qué tipo de palabras decir y qué tipo de acciones concretas tenemos que mostrar, a eso todo lo encontramos en la Biblia la palabra de Dios, pero una buena guía sería aquellas palabras de Jesucristo que nos dicen:
“Así que en todo traten ustedes a los demás tal y como quieren que ellos los traten a ustedes. De hecho, esto es la ley y los profetas”. (Mt 7:12).
Pensemos de los demás como nos gustaría que los demás piensen sobre nosotros, pensemos acerca de cómo nos gustaría que nuestra vida realmente sea; hablemos de los demás así como nos gustaría que los demás hablen de nosotros, hablemos palabras de fe y confianza a nosotros mismos y a los demás; y actuemos de la misma manera que nos gustaría que los demás actuaran con nosotros. Y recordar que todo lo que hagamos sea para Dios en primer lugar. Esa es una primera guía, para comenzar a sembrar la buena semilla que dará buena cosecha en nuestras vidas.
Por eso el Señor hoy nos llama a ser sabios y a ser humildes a su palabra y obedecerle. Que nuestro pensamiento sea puro conforme al Espíritu Santo de Dios, nuestras palabras sean de bendición conforme a Dios y que nuestros hechos sean aquellos que, su Hijo Jesucristo nos enseño.
En la vida nos irá cada día mejor y tendremos una cosecha de amor en nosotros, nuestra familia y nuestra iglesia si de veras nos conducimos con humildad hacia su palabra y con sabiduría en nuestros pensamientos palabras y acciones. Amen.

11mo. Domingo después de Trinidad- [Ciclo VI del Leccionario Evangélico Sexenal de textos para la predicación dominical].