Soy bueno por la fe que tengo en Cristo

Sin embargo, al reconocer que nadie es justificado por las obras que demanda la ley sino por la fe en Jesucristo, también nosotros hemos puesto nuestra fe en Cristo Jesús, para ser justificados por la fe en él y no por las obras de la ley; porque por éstas nadie será justificado.

»Ahora bien, cuando buscamos ser justificados por Cristo, se hace evidente que nosotros mismos somos pecadores. ¿Quiere esto decir que Cristo está al servicio del pecado? ¡De ninguna manera! Si uno vuelve a edificar lo que antes había destruido, se hace transgresor.  Yo, por mi parte, mediante la ley he muerto a la ley, a fin de vivir para Dios.  He sido crucificado con Cristo, y ya no vivo yo sino que Cristo vive en mí. Lo que ahora vivo en el cuerpo, lo vivo por la fe en el Hijo de Dios, quien me amó y dio su vida por mí.  No desecho la gracia de Dios. Si la justicia se obtuviera mediante la ley, Cristo habría muerto en vano.»
Gálatas 2:16‑21

Vivimos en una sociedad de rendimientos o de productividad. Ya desde niños se nos pide que produzcamos: Hay que comer todo lo que está en el plato, hay que agradecer cuando se recibe un regalo, hay que atarse bien los cordones de los zapatos. Al alumno se lo juzgará con calificaciones conforme a sus exámenes. Lo mismo sucede al estudiar para un oficio, en los exámenes que tengamos que pasar contará sólo el rendimiento que hayamos alcanzado. En el trabajo, el empleado será tan importante como lo sea su rendimiento y para los cuentapropistas, su existencia financiera dependerá también de su productividad. Aún en el área del hogar, puede suceder que, se exija también rendimiento, en el matrimonio y en la familia y puede hasta suceder que, se ame al otro por lo que llegue a rendir y no por como sea como persona. Hay expectativas tanto de la esposa como del esposo, de los padres y de los hijos, de los suegros y de los yernos. Hay muchos que hasta piensan así: Si el otro hace lo que yo espero de él, todo va a estar bien; si no lo hace, me decepcionará y se lo haré notar.

Puesto que toda nuestra vida está impregnada del principio del rendimiento, se nos hace difícil creer que, Dios no tenga en cuenta también nuestro propio rendimiento. Y este principio no es ningún invento nuevo, lo mismo sucedía en los primeros siglos de nuestra era. Por ejemplo en siglo I después de Cristo, pasaba lo mismo con los creyentes de la región de Galacia, hacia quienes Pablo dirige su epístola. El motivo por el cual Pablo escribe esta carta, es por las malas noticias provenientes de Galacia. Pablo no podía creer lo que escuchaba. Había gente que le decía a esta congregación de los Gálatas que si querían ser salvos tendrían que cumplir con ciertas leyes de los judíos. Y los gálatas no eran judíos de nacimiento sino paganos. Muchos de los gálatas estaban a punto de creerle a esta gente. Era siempre más fácil creer que, Dios requiera cierto sacrificio de ellos, para que pueda aceptarlos que, pensar que él los aceptaría sin ningún tipo de méritos. Pablo debe haberse sentido bastante molesto, al recibir estas noticias, e hizo uso de todo su fervor para explicarles a los gálatas el evangelio de Jesucristo. Y así fue la manera en la cual él aportó a la edificación de esta congregación. No se cansaba de anunciar que, había que liberarse de esa presión del rendimiento delante de Dios que, por otro lado los gálatas también conocían de sus dioses paganos. No se cansaba de resaltar que, no es por medio de las obras de la ley, sino que, ¡sólo serían considerados justos por la fe que tenían en Jesucristo! ¿Lo habrán entendido o será que lo habían olvidado?
Creo que, puedo entender bien a Pablo. Cuando preparo mis predicaciones, a veces pienso: ¡pero, si estas cosas tanto la congregación como yo las conocemos bien! Sabemos bien que sólo vamos a llegar a ser buenos delante de Jesucristo por medio de nuestra fe; ¿es que tengo que volver a repetir este tema?, no será que se cansarán? Sin embargo, compruebo por medio de las conversaciones que, hay miembros de la iglesia que todavía no han entendido cabalmente lo que el evangelio dice. Siguen pensando que, se van a ganar un lugar en el cielo portándose bien en esta vida, es decir esforzándose en producir. Y una vez más compruebo que, ese principio de rendimiento sigue arraigado profundamente.

Cuando Pablo recibe estas noticias amargas desde Galacia, se pone a escribir su epístola y se las envía a los gálatas. Hay una parte que me interesaría especialmente resaltar, comienza así: “…al reconocer que nadie es justificado por las obras que demanda la ley…” Las obras de la ley son aquella forma de rendimiento con las cuales el ser humano quiere alcanzar el favor de Dios. “Justificado”, significa en el lenguaje de la Biblia, “inocente”, como el que es hallado inocente en un juicio, es decir libre de condena. Podríamos ligeramente traducirlo como ‘bueno’. Lo que está queriendo decir Pablo con esto es que, nadie podrá vivir su vida en una forma que verdaderamente agradará a Dios. El dice: “al reconocer”, es decir que no tenemos duda ya, y de esto da fe la Biblia. Y toda persona que tome con seriedad los mandatos de Dios y sea lo suficientemente autocrítica, va a poder constatar que, Dios nunca va a poder estar conforme con mi rendimiento, ni tampoco con el rendimiento de los demás.

Y puesto que es así, hay sólo un camino hacia la salvación que es el que la palabra de Dios dice: el camino de la fe hacia Jesús. Pablo escribe: “Al reconocer que nadie es justificado por las obras que demanda la ley sino por la fe en Jesucristo, también nosotros hemos puesto nuestra fe en Cristo Jesús, para ser justificados por la fe en él y no por las obras de la ley”. ¡Qué paciente que es Pablo con lo gálatas! En todo momento está repitiendo lo más importante: no por medio de las obras de la ley, sino por medio de la fe. Y agrega: “también nosotros hemos puesto nuestra fe”, y con ello él piensa en los cristianos de origen judío que, habían crecido con las leyes judías. Hasta los judíos, dice Pablo, reconocieron que, toda la obediencia que yo puedo tener a la ley y toda mi piedad son “estiércol”, así se expresa en otra epístola (Flp 3:8) Es por eso que, el único camino para lograr pararme delante de Dios e ir al cielo es Jesucristo. Al final del versículo lo resalta: “Porque por éstas [las obras] nadie será justificado”. Literalmente se lo machaca a los gálatas y así también lo hace con los que aún lo necesitan saber.

En el versículo 18 dice Pablo: “Si uno vuelve a edificar lo que antes había destruido, se hace transgresor”. Piensa lo que sucedería si los gálatas volverían a sus antiguas creencias y muestra lo tonto que eso sería. Y dice: yo había abandonado ese concepto de la justificación por las obras. Como judío que era, intenté por medio de mi piedad ser reconocido delante de Dios. Pero imagínense, volvería a aquello que antes abandoné. Me hubiera dado la cabeza contra la pared. Yo diría que, lo que creía como cristiano era falso, lo que creía como judío era correcto. Nada más y nada menos llegaría a rotular mi cristianismo como algo pecaminoso; llegaría a convertirme en un infractor.

Lo que Pablo escribe es una especie de suposición, como si él quisiera justificarse como los gálatas por medio de las obras de la ley, y demuestra que, así la cosa no funciona. Para él la fe cristiana significa que: “Yo, por mi parte, mediante la ley he muerto a la ley, a fin de vivir para Dios”. Pablo había estudiado bien la ley y se dio cuenta que, es imposible llegar a cumplirla; nunca podría por medio de la ley mostrarme justo delante de Dios. Por eso casi enloqueció queriendo justificarse por medio de ésta y por eso comenzó a andar por el otro camino, el único camino que, conduce a una vida con Dios: el camino de la fe en Cristo. A través del estudio de la ley llegó a abandonar la posibilidad de justificación por esta misma. Es por eso que dice “morir” a la ley. Y ese morir, lo ve en estrecha relación con la cruz de Cristo. Así dice: “He sido crucificado con Cristo”, y piensa en su bautismo. Y acerca de su bautismo escribe en otra epístola: “Mediante el bautismo fuimos sepultados con él en su muerte, a fin de que, así como Cristo resucitó por el poder del Padre, también nosotros llevemos una vida nueva” (Ro 6:4).

Esta vida nueva es cuando dice: “He sido crucificado con Cristo, y ya no vivo yo sino que Cristo vive en mí. Lo que ahora vivo en el cuerpo, lo vivo por la fe en el Hijo de Dios, quien me amó y dio su vida por mí”.
¡Cristo vive en mí, eso es la fe! Cuando Dios me mira, no me está viendo sólo a mí sino que, está viendo también a su Hijo Jesucristo quien, desde el momento del bautismo vive en mí. Y dice: “Tú estás justificado, estoy contento contigo”. Pero, no porque yo soy bueno, sino porque Jesús es bueno y ha dado su vida por mí. Tener fe significa que, yo pertenezco a Jesús y Jesús pertenece a mí. Vivo en él y él vive en mí. Tener fe es tener comunión de vida con Jesucristo, por eso es que leo la Biblia, por eso es que quiero pertenecer a una congregación, por eso es que voy a la iglesia, por eso es que recibo la Santa Cena: para poder vivir esta comunión con mi Señor y no para que la gente me vea como alguien piadoso porque sino volveré a caer en ese círculo vicioso de pensar en rendimientos que, no salvan. Pablo escribe: “Lo que ahora vivo en el cuerpo, lo vivo por la fe en el Hijo de Dios, quien me amó y dio su vida por mí”

En el último versículo Pablo resume lo importante: “No desecho la gracia de Dios. Si la justicia se obtuviera mediante la ley, Cristo habría muerto en vano”. Con esto quiere decir: ‘Sí, queridos gálatas, entiendan de una vez por todas que lo que ustedes hacen cuando quieren ser justificados por las obras es: tirar por la borda la Gracia de Dios. La gracia de Dios es su última oportunidad para la vida. Porque sino Jesucristo habría muerto en vano por ustedes y todos sus hechos y palabras serían de balde, tranquilamente podrían volver a adorar a sus dioses paganos o directamente no necesitarían creer en más nada’.

Estimada comunidad: dejémonos interpelar a fondo por las urgentes palabras del apóstol Pablo. Mantengámonos en la verdadera fe en Jesucristo. No nos hagamos ilusiones de que Dios nos llevará al cielo por las obras que hagamos o que nos dicen que hay que hacer. Quien deposite sus esperanzas en cosas tales, echa por tierra la gracia de Dios. Para quien tenga tales esperanzas, Cristo ha muerto en vano. Quien tenga tales esperanzas no comprendió aún de qué se trata el evangelio y de qué se trata la iglesia. En resumen: quien tenga tales esperanzas, no cree en Jesucristo. Acerquémonos por tanto el Único, mantengámonos en él, el fiel salvador Jesucristo, permanezcamos en una fe estrecha junto a él, pongamos nuestra esperanza en él, vivamos con él y muramos con él. Amén.

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