Un mundo transformado


“Dentro de muy poco tiempo el Líbano se convertirá en un campo fructífero, y el campo fértil será considerado bosque. Cuando llegue ese día, los sordos oirán las palabras del libro, y los ojos de los ciegos verán en medio de la más densa oscuridad. Aumentará en el Señor la alegría de los humildes, y aun la gente más pobre se alegrará por el Santo de Israel. Porque el violento será aniquilado, y el cínico será consumido; todos los que no duermen por cometer iniquidades serán eliminados; todos los que hacen pecar de palabra a la gente; todos los que tienden trampas a los que defienden una causa ante el tribunal de la ciudad, los que con falsedades pervierten la causa del hombre justo.

Por eso el Señor, el que rescató a Abrahán, dice así a la casa de Jacob:

«Jacob ya no será avergonzado, ni su rostro volverá a palidecer  cuando vea lo que yo voy a hacer en medio de ellos: sus hijos santificarán mi nombre; santificarán al Santo de Jacob, ¡temerán al Dios de Israel!  Entonces los de ánimo extraviado aprenderán a ser inteligentes, y los que hablaban mal de mí recibirán mi enseñanza.»

Isaias 29:17-24

Para aquellas personas que les gusta estar informadas o ‘conectadas’ con los sucesos del mundo existen hoy muchas posibilidades. Tenemos a nuestra disposición la manera más moderna de comunicaciones que el mundo jamás ha conocido. Ni que imaginar lo que vendrá de aquí en más.
Pero a la vez estamos corriendo un grave peligro. El peligro de no tener control sobre esa inmensa corriente de información que nos envuelve cada día. Y muchas veces esa tecnología es aprovechada por los poderosos para influir en las masas y cambiar su manera de pensar, y ver las cosas que en verdad suceden. Es por eso un buen consejo que se dice que no todo lo que vemos y escuchamos por los medios de comunicación es la pura verdad. Sino más bien una verdad relativa, exagerada, manipulada y muchas veces distorsionada. Por eso es bueno aquel viejo consejo de darle más tiempo a nuestra lectura de la Biblia y a la interacción con personas de carne y hueso de nuestra sociedad que a los medios de comunicación y a las redes sociales. Allí podremos ver ‘en verdad’, la verdad de nuestro mundo.
Si dedicamos más tiempo a los medios de comunicación y a las redes sociales que a la lectura de la Palabra de Dios y las necesidades de nuestro prójimo, entonces, como cristianos, no estamos llevando una vida sabia.

En los medios de comunicación todo parece estar mal. Durante un mes seguido he hecho la prueba de analizar las noticias matutinas que llegaban a mí. Me di cuenta que el 90% de ellas eran noticias negativas. Y el 90 % de ellas eran noticias que poco y nada tenían que ver con mi vida concreta de todos los días y con mi comunidad en la cual estoy inserto. Y la mayoría de estas noticias eran vistas desde un punto de vista parcial y dudoso, hasta tendencioso. ¿Es que acaso no pasan cosas malas? Sí, claro que pasan cosas malas. Pero las buenas también suceden y sin embargo no son publicadas y quizás las cosas buenas puedan incluso superar a la cantidad de cosas malas que suceden, en realidad, y no según los medios. Independientemente de esto, lo que descubrí en ese mes es que, cada mañana que iba a los medios de comunicación para “ver qué pasaba en el mundo”, terminaba desanimado, negativo, por no decir triste. Esto con el tiempo afecta no sólo la salud mental de la persona sino también su manera de observar y considerar al mundo, y cercena su fe y confianza en Dios, pues ese parece ser el único y principal “alimento espiritual” que muchas personas reciben a diario.
Y la pregunta puede ser hoy: ¿Pero acaso no hay que atender lo que dicen los medios? Sí, claro que se puede, pero hoy más que nunca hay que ser extremadamente instruido y cauteloso. Cada una de las informaciones que recibimos debe ser tomada con pinzas, y sopesada a partir de las enseñanzas de las Sagradas Escrituras. Y tenemos que tener en cuenta dónde pasamos más tiempo: ¿escuchando las noticias o meditando acerca de la palabra de Dios? ¿Qué es lo que fundamenta nuestro estado de ánimo? ¿De qué depende que estemos mal o bien? ¿Qué es lo que nos da la fuerza para vivir?, ¿cuál es la mayor influencia en nuestro diario vivir, lo que proviene de Dios, de nuestra comunión con Dios o lo que nos “predican” los medios de comunicación? Esta es una pregunta urgente para el cristiano de hoy.

Pero miremos más bien a todo el párrafo de la lectura bíblica para la predicación de este domingo. Si así lo hacemos, vamos a comprobar: aquí se habla en el texto de una poderosa trasformación de nuestra sociedad, más allá de la tergiversación o tendencias de los medios de comunicación. Es sí una realidad que nuestro mundo está impregnado de maldad, aunque también de cosas muy buenas. A partir de la lectura se dice que aquí nada volverá a ser como fue. Pero se trata de un cambio global hacia lo bueno que ningún otro que no sea Dios en persona podrá llevarlo a cabo. El mensaje de esta transformación hacia lo bueno es muy importante. Haremos bien en escucharlo con atención y confiar en él. En especial en estos tiempos de terrorismo, tergiversación de la información guerras, crisis económicas y otras carencias.

El profeta Isaías anuncia este mensaje de salvación en tres fases y con cada uno de ellos se clarifica mejor. Es como cuando uno ajusta los lentes de un larga vista, la agudeza visual cambia: cada vez que graduamos algo se ven más claramente las cosas. Hay tres niveles de agudeza con los cuales Isaías nos muestra la gran transformación de Dios y su salvación por venir.

En primer lugar, Isaías nos pinta un paisaje un tanto nebuloso. El dice: imagínense las montañas del Líbano. Estas son agrestes montañas boscosas llenas de rocas, raíces grandes árboles y matorrales. Nadie puede llegar a pensar de sembrar allí grano o de tener la intención de cosechar frutas. Pero luego de un tiempo todo será diferente: en lugar de tierra rocosa, habrá tierra fértil para labranza, un jardín encantador, un paraíso, más lindo que todo lo que se haya visto. Lo que crece en los jardines aparecerá en la espesura del bosque montañoso. Sí, es que Dios comenzará a actuar. Así como una vez creó el jardín del Edén para Adán y Eva con sus árboles y frutos espectaculares, así transformará Dios a la tierra cubierta de pecado y la sanará y la hará otra vez en tierra fértil de labranza. Eso nos promete Dios; ¡ya podemos alegrarnos de corazón por esto!

Pero podemos reconocer mejor el magnífico cambio de Dios con la imagen del jardín en las frases siguientes, Isaías nos describe aún de forma más vívida lo que Dios hará. No se trata ya más de un vago paisaje, sino se trata en concreto de gente. De repente los sordos oirán, los ciegos verán, los pobres volverán a alegrarse en el Señor, los más necesitados se regocijarán por lo que reciban de Dios. En este contexto está la frase sobre los despiadados y los insolentes que serán exterminados. Hay que observar que: no se trata de que habrá venganza y satisfacción porque se eliminó a los enemigos, sino se trata de que los oprimidos y sufrientes respirarán aliviados.

Con este anuncio de salvación podemos ver el corazón de Dios. Dios sólo tiene en mente lo bueno para nosotros. Dios quiere ayudar a todos los que sufren y promete que las carencias tendrán su fin. Las enfermedades y las imposibilidades terminarán, el sufrimiento y la miseria se transformarán en alegría. Haremos bien si nos sostenemos de estas promesas de salvación de Dios y no contagiarnos de la desesperación sobre todo imperante en nuestro mundo y exacerbada y tergiversada por los medios. Más que nada cuando estás enfermo o desanimado o pobre o triste u oprimido o cargado por lo que sea: ten en cuenta que Dios te anuncia un gran cambio, un giro de 180º para mejor y que él mismo se encargará de ello.

Vale la pena seguir mirando con más detalle. Isaías profetizó:
“En aquel día podrán los sordos oír la lectura del rollo”.
¿A qué ‘rollo’ se refiere? Hay sólo un rollo, o libro que se llama sólo el libro, es decir la Biblia. Allí vemos que, en primer lugar no se trata de una sordera corporal, sino de una sordera espiritual la que Dios quiere sanar. Aquí se trata de que las personas que hasta el momento no hayan atendido a la Biblia, de repente reconozcan las riquezas espirituales de la palabra de Dios que, se encuentra en la Biblia. Así también Dios sana la ceguera espiritual; se amanece con el sol del Evangelio:
“Y los ojos de los ciegos podrán ver desde la oscuridad y la penumbra”.
Y al final para los oprimidos y tristes no se les profetiza sólo un poco de alegría, sino que Isaías les promete:
“Los pobres volverán a alegrarse en el Señor, los más necesitados se regocijarán en el Santo de Israel”
Y todo eso porque el poder de los despiadados y los insolentes se quebrará, eso nos echa luz, sobre quienes se está hablando: no se habla de terroristas del ISIS o incluso cualquier otro despiadado oculto por un manto de democracia, sino de tiranos que no son de carne y sangre. Dios vencerá a Satanás y a todos sus demonios que nos alejan de Dios y nos quieren llevar a la perdición.

Hemos llegado casi al tercer nivel, con la clara imagen de Dios según la profecía de Isaías. Pero aún hay más por visualizar. Isaías se alegra por el mensaje revelado de alegría de Dios:
“el Señor, el redentor de Abraham, dice así…”
Cuando hablamos de redención, es la liberación que ha venido al mundo por medio de Jesucristo. Isaías profetizó que los hijos de sus contemporáneos verán ya los hechos de Dios en su tiempo. Sí, los descendientes de aquel pueblo de Israel experimentaron 700 años después las poderosas predicaciones de Jesús, sus increíbles milagros, como redimió en la cruz a la humanidad del poder del diablo y se irguió como vencedor sobre todo mal en su resurrección. Allí se estableció el nuevo pacto, allá se produjo el gran giro, esta es la magnífica buena nueva y nueva era del reino de Dios. Allí la humanidad pudo llegar al arrepentimiento, allí el Espíritu Santo les permitió creer de corazón, allí reconocieron el amor de Dios, allí fueron conducidos de sus caminos errados y pecaminosos hacia las buenas sendas de Dios, así como profetizó Isaías:
“Santificarán al Santo de Jacob, y temerán al Dios de Israel. Los de espíritu extraviado recibirán entendimiento; y los murmuradores aceptarán ser instruidos”

Estimados hermanos y hermanas en Cristo, ahora vemos más claro: el cambio de Dios ya ha tenido lugar, pues Jesús ha resucitado de entre los muertos y vivimos con él y por medio de él en el reino de Dios. Sabemos que el diablo ya no tiene poder sobre nosotros, y creemos que junto a Dios estamos a salvo y seguros. El nos podrá aún asustar, pero no necesitamos preocuparnos, aunque el mundo a nuestro alrededor se vuelva loco y sea maligno, Dios nos ha redimido y nos dará la vida eterna prometida. Estamos bautizados, y si alguien está bautizado y ha verdaderamente comprendido de qué se trata ese bautismo, es decir si tuvo también la posibilidad una vez en su vida de aceptar a Jesucristo como su Señor y Salvador, –y eso significa convertirse– entonces a partir de allí en su vida ‘ya nada será como antes’- todo se ha bañado con la luz gozosa del evangelio. Aún la muerte no podrá separarnos de la mano de Dios – aunque muramos jóvenes o viejos, de forma violenta o natural. Dios nos conducirá hacia allá, donde al fin también nuestros ojos naturales podrán ver con total agudeza y claridad, el amor que él sí nos tiene. Amén.

12do. Domingo después de Trinidad– [Ciclo III del Leccionario Evangélico Sexenal de textos para la predicación dominical].

Las consecuencias del pecado

“El Señor envió a Natán para que hablara con David. Cuando este profeta se presentó ante David, le dijo:
—Dos hombres vivían en un pueblo. El uno era rico, y el otro pobre. El rico tenía muchísimas ovejas y vacas; en cambio, el pobre no tenía más que una sola ovejita que él mismo había comprado y criado. La ovejita creció con él y con sus hijos: comía de su plato, bebía de su vaso y dormía en su regazo. Era para ese hombre como su propia hija. Pero sucedió que un viajero llegó de visita a casa del hombre rico, y como éste no quería matar ninguna de sus propias ovejas o vacas para darle de comer al huésped, le quitó al hombre pobre su única ovejita.
Tan grande fue el enojo de David contra aquel hombre, que le respondió a Natán:
—¡Tan cierto como que el Señor vive, que quien hizo esto merece la muerte! ¿Cómo pudo hacer algo tan ruin? ¡Ahora pagará cuatro veces el valor de la oveja!
Entonces Natán le dijo a David:
—¡Tú eres ese hombre! Así dice el Señor, Dios de Israel: “Yo te ungí como rey sobre Israel, y te libré del poder de Saúl. Te di el palacio de tu amo, y puse sus mujeres en tus brazos. También te permití gobernar a Israel y a Judá. Y por si esto hubiera sido poco, te habría dado mucho más. ¿Por qué, entonces, despreciaste la palabra del Señor haciendo lo que me desagrada? ¡Asesinaste a Urías el hitita para apoderarte de su esposa! ¡Lo mataste con la espada de los amonitas! Por eso la espada jamás se apartará de tu familia, pues me despreciaste al tomar la esposa de Urías el hitita para hacerla tu mujer.”…
Lo que tú hiciste a escondidas, yo lo haré a plena luz, a la vista de todo Israel.”
—¡He pecado contra el Señor! —reconoció David ante Natán.
—El Señor ha perdonado ya tu pecado, y no morirás —contestó Natán—. Sin embargo, tu hijo sí morirá, pues con tus acciones has ofendido al Señor.
Dicho esto, Natán volvió a su casa”.
2 Samuel 12:1-10.12-15a

 

En el día de hoy queremos hablar acerca de las consecuencias del pecado y también acerca de no querer o reconocer que somos pecadores.
Hoy se nos exhorta a tener la capacidad de reconocer nuestras faltas delante de Dios y la posibilidad de crecer en sabiduría para evitar vivir una vida en desobediencia a Dios con todas las consecuencias que ello implica.
Lo que hoy deseo predicar que, se desprende especialmente del texto del profeta Samuel, es un tanto difícil comunicarlo desde el púlpito. Es difícil porque no queremos ponernos en el lugar de Dios, porque no nos corresponde ni tampoco sabemos sobre esto. Y esto es concretamente, tratar de responder a la pregunta: ¿por qué nos suceden las cosas malas que nos pasan?
Hay muchas personas que, luego de un suceso malo se preguntan, por qué esto me pasa a mí. O personas que sucesivamente experimentan cosas malas en su vida. ¿Por qué? Podríamos responder desde la Biblia por qué nos suceden estas cosas. Y en este día, podremos irnos a nuestros hogares con cierto conocimiento de por qué nos pasan las cosas que nos pasan.
En la Biblia el apóstol nos dice: “No se engañen: de Dios nadie se burla. Cada uno cosecha lo que siembra”. (Gl 6:7)
Esta es la lógica del universo que está también registrado en la Biblia. El principio físico de acción y reacción. O como esas filosofías de la “New Age” que, hoy pululan como “la ley de atracción” que, por otro lado no están muy lejos de lo que la Biblia ya expresa. En palabras simples lo que hacemos en la vida tiene sus consecuencias. Esas consecuencias pueden ser buenas o malas dependiendo directamente de nuestros pensamientos, palabras o acciones.
Es difícil predicar esto, pues no podemos aseverar que, tal o cual cosa que nos sucede es producto de alguna cosa mala que hemos pensado, dicho o hecho. Cuando nos creemos que podemos saber, discernir y juzgar sobre la vida de los demás nos convertimos en soberbios y necios y no nos damos cuenta que erramos y perdemos la humildad que Dios está queriendo de nosotros.
Pero sí es verdad poder decir que, todo aquello que pensamos, decimos y hacemos que no corresponde a lo que Dios nos pide, a partir de su palabra, tendrá sus consecuencias, independientemente que Dios nos ame y constantemente nos perdone.
Una prueba de ello se nos narra en la historia de David.
David en su soberbia, comete un pecado, una mala acción, manda a matar indirectamente a uno de sus generales para quedarse con su mujer. Embriagado de poder, no se da cuenta de la magnitud de su mala acción. Y cree poder ocultarla. Sin embargo Dios le revela esto al profeta Natán y él viene a escarmentarlo. David en su vergüenza y culpa no tiene más que arrepentirse y desesperado clama el perdón de Dios. Natán le asegura que Dios le perdonará, pero también le previene que tendrá que sufrir las consecuencias de ello. La consecuencia en este caso es la muerte de su hijo.
Muchas veces confundimos. Creemos que Dios castiga a David. Dios no puede hacerlo, pues él es un Dios de amor, un Dios perdonador. En todo caso, así como lo expresaba la sabia palabra del apóstol a los Gálatas, nosotros tenemos libre albedrío para pensar, hablar y actuar y en eso somos totalmente responsables de las consecuencias.
Lo mismo sucede en nuestras vidas. Dios está a nuestro lado cuidándonos, protegiéndonos. El quiere que vivamos una vida hacia la perfección y en la abundancia de sus bendiciones, pero está en nosotros cultivar una relación con Dios basada en nuestra humildad hacia él y en su sabiduría. Es difícil poder siquiera afirmarlo, pero es claro que todas las experiencias de nuestras vidas tienen una íntima relación con el tipo de pensamientos, palabras y acciones que tengamos.
Si estos están basados en lo que Dios nos pide, tendremos cada vez menos posibilidades de cosechar cosas que Dios no quiere para nosotros.
Es por eso que, es tan importante estar ligados a Dios, por medio del estudio de la palabra, la oración, la comunión con otros cristianos en nuestra iglesia y una decisión consciente de obedecer a Dios en pensamientos, palabras y acciones.
Se dice que, David, luego de haber reconocido este pecado escribió este conocido salmo 51, del cual queremos leer los siguientes versículos:

“Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio,
y renueva la firmeza de mi espíritu.
No me alejes de tu presencia
ni me quites tu santo Espíritu.
Devuélveme la alegría de tu salvación;
que un espíritu obediente me sostenga.
Así enseñaré a los transgresores tus caminos,
y los pecadores se volverán a ti”. (Sal 51:10-13)

Esa es la oración que estamos invitados a hacer cada uno de nosotros cuando pecamos. Dios nos perdona una y otra vez eso es seguro. El quiere vernos bien, felices, prósperos, bendecidos caminando hacia la vida en plenitud ya desde el mismo momento de nuestro nacimiento espiritual. Pero está en nosotros que tengamos la capacidad de ser humildes a sus mandatos e intentar vivir una vida como a él le place.
Esta historia de David y el profeta Natán es una historia sobre el pecado del ser humano y también sobre la gracia de Dios. Dios perdonó este gran pecado a David, en una forma que, incluso permitió que David fuera uno de los reyes más importantes y personajes más importantes de su pueblo y para Dios. Pero también se nos recuerda que, en aquel momento preciso de su vida, David, plantó la semilla de sus malos actos cuyas consecuencias tuvo que, asumirlas, independientemente del perdón y de la gracia de Dios. Queremos aprender del rey David. Queremos aprender a confesar nuestros pecados a un Dios que sí perdona y queremos tener la sabiduría de saber que el tipo de acciones que hagamos tendrán su consecuencia en la calidad de vida que queramos vivir.
Una vez un hombre le confesó a su pastor que, había cometido un acto deshonesto. Concretamente había robado. Le había robado una importante suma de dinero a un amigo. Entonces luego se arrepintió de ese pecado, pues el pecado no confesado le carcomía interiormente. Y le confesó su pecado al pastor. ¿Y qué le aconsejó aquel pastor? Le dijo: Usted tendría que tratar de remediar ese pecado. Devuelva ese dinero. Si no es posible devuélvalo a sus parientes o a alguien que lo necesite, así como lo tomó, devuelva. Y luego estimado hermano prepárese para asumir las consecuencias de ese pecado, si es que ya no las está sufriendo. ¿Cómo las consecuencias dijo el hombre? ¿Acaso Dios no me perdona, acaso Dios me castigará? No, le dijo el pastor, Dios le perdonó en el mismo momento que usted se arrepintió de su pecado. Dios lo limpió así como dice en la Biblia:
“Vengan, pongamos las cosas en claro —dice el Señor—.¿Son sus pecados como escarlata? ¡Quedarán blancos como la nieve! ¿Son rojos como la púrpura? ¡Quedarán como la lana!” (Is 1:18).
Pero, recuerde que, usted sembró una semilla con su mala acción, y esa semilla germinará y crecerá, quizás luego se secará, pero mientras tanto tendrá que soportar el crecimiento de esa semilla. Esas son las consecuencias del pecado. Y muchas veces lo que vemos crecer en nuestras vidas es la consecuencia de lo que hemos sembrado y que tendremos que aguantarlo.
Cómo saber qué tipo de pensamientos pensar, qué tipo de palabras decir y qué tipo de acciones concretas tenemos que mostrar, a eso todo lo encontramos en la Biblia la palabra de Dios, pero una buena guía sería aquellas palabras de Jesucristo que nos dicen:
“Así que en todo traten ustedes a los demás tal y como quieren que ellos los traten a ustedes. De hecho, esto es la ley y los profetas”. (Mt 7:12).
Pensemos de los demás como nos gustaría que los demás piensen sobre nosotros, pensemos acerca de cómo nos gustaría que nuestra vida realmente sea; hablemos de los demás así como nos gustaría que los demás hablen de nosotros, hablemos palabras de fe y confianza a nosotros mismos y a los demás; y actuemos de la misma manera que nos gustaría que los demás actuaran con nosotros. Y recordar que todo lo que hagamos sea para Dios en primer lugar. Esa es una primera guía, para comenzar a sembrar la buena semilla que dará buena cosecha en nuestras vidas.
Por eso el Señor hoy nos llama a ser sabios y a ser humildes a su palabra y obedecerle. Que nuestro pensamiento sea puro conforme al Espíritu Santo de Dios, nuestras palabras sean de bendición conforme a Dios y que nuestros hechos sean aquellos que, su Hijo Jesucristo nos enseño.
En la vida nos irá cada día mejor y tendremos una cosecha de amor en nosotros, nuestra familia y nuestra iglesia si de veras nos conducimos con humildad hacia su palabra y con sabiduría en nuestros pensamientos palabras y acciones. Amen.

11mo. Domingo después de Trinidad- [Ciclo VI del Leccionario Evangélico Sexenal de textos para la predicación dominical].

¿Cómo elegir una versión bíblica que sea apropiada para ti?

A menos que ya leas el hebreo bíblico, el arameo y el griego, necesitarás una traducción bíblica. Podrías sí, aprender estas lenguas, pero alguien ya ha hecho ese trabajo por ti. Escoge sabiamente, para poder disfrutar durante toda una vida una relación con las Escrituras.
1. Examínate a ti mismo y tus motivaciones
Piensa acerca de quién eres y por qué quieres explorar la Biblia. ¿Necesitas una Biblia simple o una versión más compuesta? Esta Biblia será para uso devocional o para el estudio en profundidad? ¿Necesitarás una con montones de imágenes y letras pequeñas?

2. Considera una Biblia impresa en un lenguaje que realmente hables
Por ejemplo, si vos no hacéis uso de palabras como vosotros o escudriñad, indagad, pues una versión distinta!

3. Busca una versión actual, no una versión parafraseada
Una paráfrasis es una reformulación de la Biblia, una interpretación de una versión. Es como hacer una fotocopia de una fotocopia; la resolución y la claridad comienza a disminuir. Mira en la página de la portada o prefacio si dice algo así como: “traducida de los idiomas originales”.

4. Determina el nivel de la versión en cuanto a la fidelidad de las palabras originales
Mira las notas al pie que ofrezcan traducciones alternativas o que señalen dónde los textos bíblicos son difíciles y el significado incierto. Los traductores a menudo tienen que tomar decisiones difíciles; las buenas traducciones te dan muchas pistas.

5. Lee un pasaje familiar
¿Puedes entender lo que estás leyendo? ¿Te ayuda a escuchar la palabra de Dios de nuevo? Considera un pasaje que sea otro que Juan 3:16.