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La familia espiritual


“En eso llegaron la madre y los hermanos de Jesús. Se quedaron afuera y enviaron a alguien a llamarlo, pues había mucha gente sentada alrededor de él.
—Mira, tu madre y tus hermanos están afuera y te buscan —le dijeron.
—¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? —replicó Jesús.
Luego echó una mirada a los que estaban sentados alrededor de él y añadió:

—Aquí tienen a mi madre y a mis hermanos. Cualquiera que hace la voluntad de Dios es mi hermano, mi hermana y mi madre”.

 

Marcos 3:31-35

No creo que, Jesús haya querido darle la espalda a su familia. El amaba a sus hermanos carnales tanto como a todas las personas y también honraba a su madre. Seguramente que después de haberse expresado así, acerca del parentesco en el reino de los cielos ante la multitud de oyentes, se dirigió a la entrada de la casa, donde se encontraban su madre y sus hermanos que querían hablarle. Pero de esto nada ha informado el evangelista Marcos, pues no era de interés comunitario. Hasta nuestros días, son por el contrario son de gran significado las palabras dichas por Jesús: “Cualquiera que hace la voluntad de Dios es mi hermano, mi hermana y mi madre”

¿Y qué significa „hacer la voluntad de Dios“? En otra ocasión Jesús predicó: “—Esta es la obra de Dios: que crean en aquel a quien él envió” (Jn 6:29). Hacer la voluntad de Dios significa, creer en Jesús y seguirlo. Quien haga esto, entonces es un discípulo de Jesús, en otras palabras: un cristiano. Simón Pedro pertenecía a los seguidores de Jesús, así como Juan y Santiago, también María y Marta. Usted y yo, tú y yo, pertenecemos también junto con todos los cristianos a aquellos que creen y siguen a Jesús. Y de esta forma, Jesús es nuestro hermano y por eso somos también entre nosotros hermanos y hermanas. Todos los cristianos forman junto a Jesús una gran familia. Esta familia se llama “cristiandad” e “Iglesia” y “comunidad de Jesucristo” o como lo afirma nuestro Credo: “comunión de los santos”. Quien haga la voluntad de Dios, quien crea en Jesús y le siga, ese es su hermano y su hermana y pertenecen a la familia de Dios. Cuando tomamos esto en serio, entonces se pueden deducir un montón de cosas para nuestra comunión cristiana en la congregación cristiana. Quisiera mencionar algunas.

Uno pertenece a una familia sin condiciones, sin tener que hacer nada, pues ha nacido dentro de esa familia. De la misma forma sucede con la congregación cristiana: nacimos en ella, a través del nuevo nacimiento, por medio del bautismo y la instrucción cristiana correspondiente y perseverante que, nos permitió conocer el real significado de nuestro bautismo. Hay que agradecer sólo a la Gracia de Dios que, podamos pertenecer a esta familia y de esa forma ser aceptados en el Reino de Dios. Para hacer posible este regalo, nuestro hermano Jesucristo se sacrificó llegando a morir. Qué bueno es que, no hayamos tenido que pelear o trabajar por un lugar en el cielo y que aquí en la tierra no se trata de un demostrar buenas obras o producirlas para la salvación; ¡de la misma forma que sucede en una verdadera familia! También nos damos cuenta que la fe cristiana no es para nada una cosa privada que, cada uno practica sólo con Dios en la intimidad de su corazón. Ser cristianos y tener fe son por el contrario un asunto comunitario, siempre relacionados con una congregación visible y con la iglesia universal. Cuando Jesús designa a alguien como su hermano, éste no debe negar a los otros como hermanos y hermanas y no debe tampoco retirarse de la comunión con ellos.

En una buena familia, cada uno está a disposición del otro. La madre cuida del bebé, el padre se ocupa de trabajos en la casa, los hijos mayores se encargan de la limpieza; los hijos adultos se ocupan de los padres ancianos y débiles. También sucede lo mismo en una congregación cristiana: Cada uno está a disposición del otro, cada uno se ocupa de los otros. Quien puede ayudar, mira y se informa de dónde se le puede necesitar. Quien necesita ayuda, lo expresa sin vergüenza, pues en una familia se puede confortar a todos los que pidan ayuda. Yo también quiero estar como su hermano en la fe allí con ustedes y dar mi tiempo y mis dones, en cualquier situación donde se me necesite. Y yo lo digo aquí: No sean tímidos en llamarme, cuando necesiten un consejo o ayuda pastoral.

Hacia afuera la familia se muestra como una unidad; esto se muestra especialmente por medio de un apellido en común y una única dirección. Aunque los miembros de la familia son diferentes entre sí: cada uno tiene una personalidad única. Es por eso sorprendente que, haya hermanos de temperamento y caracteres diferentes. Y es lógico que estén también las diferencias en edad y sexo. Tampoco tienen todos los miembros de la familia las mismas tareas y las mismas responsabilidades; por el contrario la familia vive y obra en una variedad multicolor. Lo mismo sucede en la congregación cristiana. Nosotros cristianos somos uno en el Señor, un cuerpo con la cabeza que es Cristo. Al pertenecer a esta unidad, en primer lugar, será bien irrelevante quiénes somos o qué somos: hombre o mujer, joven o viejo, negro o blanco, gordo o flaco, poco o muy inteligente, extravertido o tranquilo. Esto tampoco significa que, la fe quita todas estas diferencias y nos hace a todos iguales. Somos sí uno, pero no somos iguales y esto está muy bien. A la multicolor variedad de Dios le corresponde también que cada persona tenga su propia personalidad con sus dones y habilidades especiales y también con sus debilidades y necesidades especiales, así como sus cualidades humanas especiales. A partir de esto, notamos que, tampoco todos hacen las mismas cosas en la congregación cristiana, sino que Dios le muestra a cada uno su propio lugar.

En toda familia hay conflictos y también peleas. Y en la congregación cristiana no es tampoco diferente, por lo menos será así hasta tanto se llegue al cielo. Por tanto no tenemos que asustarnos cuando en la congregación haya tensiones o discusiones. Sería irrealista pensar que todos los miembros de la congregación deberían tratarse con simpatía y que todos tengan que tener una relación íntima y cordial entre sí. No, también en la iglesia y en la congregación hay enojo y peleas y por cierto que no pocas. Lo importante es que, jamás olvidemos que: somos una familia, somos hermanos y hermanas. Entre los hermanos no puede haber engaño, la amabilidad hipócrita no tiene lugar en la congregación. Cuando se vive juntos, pronto se descubren las fallas de cada uno. Allí es donde debe comenzar a sentirse el amor fraternal. Si siempre fuéramos todos de una misma opinión, y si fuéramos siempre simpáticos unos con otros entonces el amor a los hermanos sería un juego de niños. Pero porque somos distintos y porque hay opiniones diversas y hay también tensiones, es por eso el amor fraternal más bien un desafío que un juego de niños. Y en especial ante tensiones y dificultades es que hay que cuidar de éste. Se lo debe cuidar cuando se habla en público sobre los conflictos, cuando se buscan soluciones, cuando se hacen compromisos y ante todo pedirse siempre perdón unos a otros. El perdón es el secreto para el éxito en una congregación. Sólo cuando se está dispuesto a la reconciliación, la familia podrá prosperar y permanecer junta.

 

En cierto sentido una familia es mundo chico, sin embargo no es una burbuja, ni un mundo encapsulado. Hay siempre muchas relaciones con el mundo externo. No se es sólo madre, padre, hermanos o hermanas, sino también, vecino, patrón, alumno y ciudadano. Se sale de la casa y a la vez se reciben visitas. Puede pasar también que familias numerosas sean anfitrionas, siempre que haya una atmósfera serena y armoniosa.
Esto es también lo que anhelamos de una congregación cristiana. No sólo nos interesan las tareas sociales de la congregación y los beneficios especiales. Ya en la misma forma de ser de nuestra congregación, debiera advertirse como una especie de rayo de luz que se irradia hacia afuera de forma que las visitas que vengan se sientan bien con nosotros. Y esto no es sólo porque queremos ser bien vistos ante la sociedad y porque queremos mostrarnos como una buena iglesia; no, tenemos un encargo, la misión que nos encarga nuestro Señor y hermano Jesucristo. Queremos ser sal de la tierra y luz del mundo. Tenemos que llevar el amor de Dios en palabras y en hechos hacia afuera, ésta es nuestra misión, nuestro testimonio. Queremos que esta familia de Dios crezca y que los de afuera no se pierdan, sino que al igual que nosotros hallen la vida eterna.

Pues a diferencia de todas las familias del mundo, la familia de Dios perdurará por siempre. Por eso es tan importante, pertenecer a la familia de Dios. Y es por eso que, cuando los miembros de su familia querían hablar con él, él dijo primero: “Cualquiera que hace la voluntad de Dios es mi hermano, mi hermana y mi madre” y luego sí, seguramente se ocupó de su madre y sus hermanos carnales.
Amén.

13º Domingo después de Trinidad/Ciclo III 2017