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Sanado en todo sentido

“Un hombre que tenía lepra se le acercó, y de rodillas le suplicó:
—Si quieres, puedes limpiarme.
Movido a compasión, Jesús extendió la mano y tocó al hombre, diciéndole:

—Sí quiero. ¡Queda limpio!
Al instante se le quitó la lepra y quedó sano. Jesús lo despidió en seguida con una fuerte advertencia:
—Mira, no se lo digas a nadie; sólo ve, preséntate al sacerdote y lleva por tu purificación lo que ordenó Moisés, para que sirva de testimonio.
Pero él salió y comenzó a hablar sin reserva, divulgando lo sucedido. Como resultado, Jesús ya no podía entrar en ningún pueblo abiertamente, sino que se quedaba afuera, en lugares solitarios. Aun así, gente de todas partes seguía acudiendo a él”.

 

Marcos 1:40-45

Cuando las personas se acercan a Jesús, muchas, muchas veces lo hacen por sus propias debilidades y enfermedades, no obstante allí comienza una nueva relación entre Dios y el ser humano. Cuando le entregamos a Jesús nuestro pecado por medio del arrepentimiento él nos renueva esa relación. Y la falta de fe y confianza en Dios también es un pecado. Tengo un versículo de cabecera sobre el cual medito mucho que dice: Sólo con fe se puede agradar a Dios (Heb 11:6). Si no tenemos fe, no estamos poniendo contento a Dios.
Queremos hoy salir renovados, para eso debemos llegar a Dios y dejarle nuestros pecados y el pecado de la falta de confianza, para que él nos perdone, y remueva esa carga. Sólo así podremos luego seguirlo y vivir en esa vida abundante de la cual habla también el evangelio.
Jesús quiere transformarnos a partir de nuestra fe. Pueden suceder incluso milagros de sanidad en nuestra vida. Pero el milagro más importante, es que podamos arrepentirnos de nuestros pecados, creer en Jesucristo como nuestro Señor y Salvador y comenzar a seguirlo a él.

Qué bueno puede ser vivir una vida junto al amparo y la bendición de Dios. No una vida excluida de la bendición de Dios, tan excluida como la vida que llevaba aquel leproso. Este leproso comienza, podemos decirlo así, a vivir otra vez. Sabemos que los leprosos, no sólo eran enfermos, sino que estaban excluidos de la sociedad y aparte de considerarlos enfermos, el aislamiento no era sólo para protegerse de los contagios, sino porque se pensaba que estaban enfermos porque habían pecado; estaban impuros en cuerpo y espíritu. Jesús viene a liberarlo; para ello lo primero que hace es sanarlo, liberarlo de esa exclusión.
Sólo al sentir que Dios nos acepta, nos perdona, nos limpia, nos sana, nos hace puros, no necesariamente en cuerpo, sino sobre todo en espíritu, podremos aceptar a los demás, amar a los demás y tener la capacidad para no excluir a nuestro prójimo.
Algo acerca de la curación por fe:
Hace tiempo tuve la oportunidad de escuchar una reflexión sobre la sanidad en la iglesia. El predicador, tenía una perspectiva acerca del poder sanador de la fe un tanto deprimente. Lamentablemente, no sabemos por qué, no tenía confianza en absoluto. Tenía más fe en el destino infortunado de la enfermedad que, en la posibilidad de milagros en la iglesia. Su predicación deprimió a todos. Y allí me puse a pensar: Es cierto, no podemos manejar a Dios ni a su voluntad. Casi seguro habrá casos donde sea hasta ‘quizás’ voluntad de Dios la no curación de una persona.
Pero hubo algo que no me dejaba tranquilo: ¿Qué es mejor, predicar sobre la desesperanza y el destino desventurado o debemos darle más lugar al poder de Dios en la iglesia? El poder milagroso de Dios comienza a actuar en las iglesias donde la fe es verbalizada, pronunciada, puesta en la boca, cultivada y vivida por cada uno de los creyentes y en especial por los que tienen la responsabilidad de predicar. El poder de Dios se invoca por medio de la fe, no la desesperanza. El poder de Dios se lo percibe en la iglesia cuando se da lugar a la oración por los enfermos en la iglesia (Sgo 5:14s), cuando se comparten testimonios públicos de fe, cuando hay perdón y reconciliación entre los miembros, etc.
Muchas veces me pregunto a qué le estamos dando más lugar en nuestras comunidades y si de veras nos comprometemos con la manera de vivir de los primeros cristianos de la iglesia.

Ya bien conocemos lo que no podemos hacer, conocemos nuestras limitaciones, pero no por ello vamos a cercenar más nuestra fe. Debemos tener la valentía de cambiar nuestra vida y nuestra congregación haciendo y “diciendo” las cosas que Dios le pide a su iglesia.

Por la fe del leproso, Jesús se conmovió: “Si quiere puedes limpiarme”. Y el v. 41 dice así: “Movido a compasión, Jesús extendió la mano y tocó al hombre, diciéndole: —Sí quiero. ¡Queda limpio!”

Este es un versículo extraordinario por varias razones. En primer lugar: Vemos la compasión de Cristo. El siente de veras por lo que nosotros estamos pasando. Y a él de veras le importa.

Y notemos que Jesús se acercó y lo tocó al hombre. Estuvo dispuesto a hacer lo que de acuerdo a la religión era impuro para que el leproso pudiera ser purificado. Esto es un anticipo de lo que pasaría en la cruz. Cuando Jesús murió por nuestros pecados, el llevó consigo toda nuestra impureza. De forma que, podamos ser limpiados por su sangre.

Otra cosa que vemos es que, Jesús no necesitaba tocar al hombre para sanarlo, Podría haberlo sanado a distancia. Pero Jesús extiende su mano y toca a este hombre como una expresión palpable de su compasión. Recordemos: este hombre no había sido tocado por muchos años. Porque sí tocabas a un leproso, eras separado de tu familia. Y eras considerado impuro por la religión por una semana.
Pero Jesús no iba a dejar que la ley religiosa le impida mostrarle a este hombre la abundancia de su amor. Con cuatro simple palabras y un toque de su mano, Jesús salvó a este hombre en la mejor forma que un hombre puede ser salvado. Lo sanó desde el punto de vista físico, espiritual y emocional.

Estimados hermanos en Cristo, este pasaje no tiene la intención de enseñarnos que siempre la voluntad de Dios sanar toda enfermedad. La intención es enseñarnos que, Jesús está dispuesto a hacer lo que sea para limpiarnos delante del Dios todopoderoso. La palabra de Señor para nosotros es que: “Estoy dispuesto a engalanar tu vida una vez más. Soy capaz de salvarte en la mejor forma que una persona pueda ser salvada. Estoy dispuesto a hacer actos de justicia tremendos en tu vida”

Eso es lo que Jesús hace por nosotros. Y noten en el versículo 42 que se nos dice que: “Al instante se le quitó la lepra y quedó sano”. Cuando Cristo toca nuestras vidas, hay efectos inmediatos. Nuestros pecados son limpiados y lavados. Somos adoptados en la familia de Dios. El Espíritu Santo viene sobre nosotros. Todas estas cosas son el resultado instantáneo de la intervención de Cristo en nuestras vidas.

Luego en el versículo 43, Jesús le dice al hombre: “Lo despidió en seguida con una fuerte advertencia: —Mira, no se lo digas a nadie; sólo ve, preséntate al sacerdote y lleva por tu purificación lo que ordenó Moisés, para que sirva de testimonio”. En otras palabras, cuando el sacerdote vea por qué estás allí, se va a dar bien cuenta que, tú eres un hombre cumplidor de la ley judía. Pero también se va a dar cuenta que, Dios ha hecho algo espectacular en tu vida. No vas a necesitar contarle al sacerdote sobre esto, porque él lo va a ver con sus propios ojos.
Pero hay otras razones por las cuales Jesús le dijo a él que cerrara la boca. Número Uno: Jesús no estaba interesado en llegar a convertirse en un curandero famoso. Hay predicadores que disfrutan su fama asociada con sus ministerios. Pero a Jesús no le gustaba esto.
Número dos: Jesús no quiere impresionar a la gente para que crea. El sabe que la fe verdadera tiene lugar, cuando la gente está convencida de su enseñanza. No sólo por el espectáculo de ver a alguien ser sanado. Romanos 10:17 dice “Así que la fe viene como resultado de oír el mensaje, y el mensaje que se oye es la palabra de Cristo”.

Se suponía que el leproso se quedaría callado. Pero estaba tan contento por lo que había sucedido con él que no pudo mantener su boca cerrada. Vemos en el versículo 45 que, el salió y comenzó a hablar libremente.

Cuando somos transformados por la intervención directa y salvadora de Jesucristo, no es fácil mantenerlo oculto. Todos quieren contar que se sienten como nuevas personas.

Dios estaba dispuesto a hacer algunas cosas maravillosas en la vida de aquel leproso judío. Y debemos saber que con nosotros también Dios está dispuesto a hacer cosas grandes en nuestras vidas y en nuestra iglesia. Todo lo que tenemos que hacer es acercarnos humildes a Cristo como aquel leproso lo hizo. Y decir: “Señor, si tu quieres, puedes purificarme. Puedes hermosear mi vida. Puedes hacer que valga la pena vivir mi vida. Puedes hacer cosas maravillosas a través de mi”. Sigamos el ejemplo del leproso. Y vayamos a Jesús en oración hoy mismo.