Dios da su Espíritu a quienes le obedecen

Domingo de Pentecostés

Había una vez un incrédulo, muy inteligente por cierto que, quería tener todas las explicaciones acerca de la posible existencia de Dios. Y le hacía preguntas a un pastor: ¿Dónde está Dios, ante la miseria, ante el hambre del mundo, ante los niños masacrados mutilados y utilizados para la prostitución o el trabajo infantil? ¿Por qué existe el sufrimiento, por qué existen las enfermedades, las guerras? Me puede explicar dónde está Dios delante de todo esto. Y así seguía haciendo una pregunta tras otra. Este pastor, le dijo, -Bueno déjeme explicarle. El hombre le dijo: -No, usted no puede explicar nada, porque no tiene las respuestas, porque Dios no existe, Dios es un invento a Dios nadie lo ve. -Yo le puedo explicar, pero primero le quiero hacer una pregunta. -No, no quiero ninguna pregunta, responda a mi pregunta. -Pero déjeme hacerle sólo una pregunta, ¿me permite? -Bueno, está bien, sólo una pregunta. – ¿Si yo le respondo con claridad y para su conformidad a sus demandas sobre la existencia de Dios ahora mismo, y usted quedaría satisfecho con las respuestas, usted consideraría creer en Dios y hacerse cristiano? ¿Y qué le contestó el hombre? – ¡No, para nada!
¡Bueno, —respondió el pastor—, vamos mejor a tomar un café, y no perdamos nuestro tiempo!

La condición para tener, la compañía, la protección y el amor de Dios que en síntesis para nosotros es que Dios decida habitar entre nosotros, es que obedezcamos su palabra. Si decimos que amamos a Dios, entonces debemos demostrárselo obedeciendo su Palabra, que está puesta por escrito en el libro que llamamos la Biblia. Sin obediencia a Dios el Espíritu se contrista y por lo tanto la presencia se retira de las iglesias con las consecuencias que todos conocemos.

No puede haber mejores palabras de Jesús para este día del Evangelio de Juan:
«El que me ama, obedecerá mi palabra; y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y con él nos quedaremos a vivir. (Jn 14:23)

Una de las primeras cosas que hay que hacer para obedecer la Palabra de Dios es querer creer en ella. Eso se llama fe. Es demostrar que yo creo en Dios y quiero creer en Dios. ¿Por qué digo creo en Dios y también digo ‘quiero’ creer en Dios?
La fe es un don de Dios, es decir un regalo. Si podemos creer, ya tenemos que dar gracias a Dios porque eso sucede por medio del Espíritu Santo de Dios. Para la mayoría de nosotros que hoy estamos en la iglesia, por lo visto no es un problema decir yo creo en Dios, aunque nuestra fe no sea quizás tan grande. ¿Pero saben ustedes cuántas personas hay allá afuera que no creen? ¿Saben ustedes cuántas personas hay que no tienen el más mínimo deseo de creer en Dios? Y quizás muchas de ellas mueran sin haber creído en Dios. Por ello nosotros tenemos que estar agradecidos. Tenemos que estar agradecidos que hemos sido educados en familias de fe que, mal o bien nos han acercado a la iglesia y nos han puesto ante nuestros ojos la posibilidad de creer en Jesucristo.

Leamos la historia del día de Pentecostés:
Hechos 2:1-21
Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar. 2 De repente, vino del cielo un ruido como el de una violenta ráfaga de viento y llenó toda la casa donde estaban reunidos. 3 Se les aparecieron entonces unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos. 4 Todos fueron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en diferentes lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse.

5 Estaban de visita en Jerusalén judíos piadosos, procedentes de todas las naciones de la tierra. 6 Al oír aquel bullicio, se agolparon y quedaron todos pasmados porque cada uno los escuchaba hablar en su propio idioma. 7 Desconcertados y maravillados, decían: «¿No son galileos todos estos que están hablando? 8 ¿Cómo es que cada uno de nosotros los oye hablar en su lengua materna? 9 Partos, medos y elamitas; habitantes de Mesopotamia, de Judea y de Capadocia, del Ponto y de Asia, 10 de Frigia y de Panfilia, de Egipto y de las regiones de Libia cercanas a Cirene; visitantes llegados de Roma; 11 judíos y prosélitos; cretenses y árabes: ¡todos por igual los oímos proclamar en nuestra propia lengua las maravillas de Dios!»

12 Desconcertados y perplejos, se preguntaban: «¿Qué quiere decir esto?» 13 Otros se burlaban y decían: «Lo que pasa es que están borrachos».

Pedro se dirige a la multitud
14 Entonces Pedro, con los once, se puso de pie y dijo a voz en cuello: «Compatriotas judíos y todos ustedes que están en Jerusalén, déjenme explicarles lo que sucede; presten atención a lo que les voy a decir. 15 Estos no están borrachos, como suponen ustedes. ¡Apenas son las nueve de la mañana![a] 16 En realidad lo que pasa es lo que anunció el profeta Joel:

17 »“Sucederá que en los últimos días —dice Dios—,
derramaré mi Espíritu sobre todo el género humano.
Los hijos y las hijas de ustedes profetizarán,
tendrán visiones los jóvenes
y sueños los ancianos.
18 En esos días derramaré mi Espíritu
aun sobre mis siervos y mis siervas,
y profetizarán.
19 Arriba en el cielo y abajo en la tierra mostraré prodigios:
sangre, fuego y nubes de humo.
20 El sol se convertirá en tinieblas
y la luna en sangre
antes que llegue el día del Señor,
día grande y esplendoroso.
21 Y todo el que invoque el nombre del Señor
será salvo”. (NVI)

La fe viene por el Espíritu Santo y el Espíritu es otorgado por medio de la obediencia a la Palabra de Dios. La iglesia primitiva recibió el Espíritu no porque conocieran al dedillo las Escrituras sino porque tenían la decisión de obedecer a la Palabra. Queremos pedir en esta ocasión que recordamos la primera unción del Espíritu Santo sobre la iglesia cristiana como una excusa para pedir una y otra vez por el Espíritu Santo, que ese Espíritu nos de obediencia por nuestra entrega a Dios, que nos fortalezca la fe y que siga querer viviendo en las denominaciones que llamamos iglesias cristianas.

La fe además de ser una bendición de Dios, implica una gran responsabilidad. Implica que debemos mantener esa fe, pues de lo contrario esa fe se marchita, se extingue y desaparece. Y las consecuencias de la pérdida de la fe, no son sólo el alejamiento de Dios sino también el alejamiento de todas aquellas cosas buenas que ansiamos en la vida, en una palabra, la bendición de Dios y el peligro de que esa fe pueda llegar a extinguirse por completo con la pérdida de la salvación más allá de esta vida.

‘Sin fe es imposible agradar a Dios’, dice Hebreos 11, y lo reformulamos de modo positivo: Sólo con fe se puede agradar a Dios. De la única manera en que podemos poner contento a Dios, de la única manera en que podemos amar a Dios es por medio de nuestra fe en él. Fe que se impone y va más allá de toda circunstancia externa. Fe que confía, fe que lucha, fe que supera, fe que afirma que Dios existe y se revela ahora y aquí en mi vida por medio de su palabra, la Biblia.

Es nuestra oración que, Dios pueda habitar en nuestras iglesias, por medio de su Santo Espíritu. Pero la única condición para ello es amar a Dios, obedeciendo su palabra y cuidando de la vida de fe; es decir manteniendo esa fe por medio de nuestra comunión fiel con el mismo Dios. Que Dios pueda llenar nuestras vidas y su presencia esté en con nosotros. Amén.

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